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Córdoba

Las joyas de la orfebrería cordobesa

Muchos son los ámbitos artísticos que confluyen para dar a nuestra Semana Santa el aspecto del que afortunadamente goza, enriqueciéndola y haciendo que la puesta en la calle de las hermandades sea cada vez más completa para alcanzar su máximo esplendor. Como sabemos, ese fin solo es posible gracias a la destreza de imagineros, diseñadores, bordadores y, cómo no, orfebres, algunos de los cuales han hecho posible la existencia de auténticas e históricas joyas de las que las cofradías se sienten enormemente orgullosas y se encargan personalmente de conservar, dándoles los mejores cuidados posibles.

Dicho trabajo ha ido, con frecuencia, mucho más allá de coronas, cruces, respiradores y hermosas candelerías, pues incluso se podría decir que, de algún modo, el propio Gremio de Plateros ha logrado a través de sus obras acompañar a las imágenes más devocionales y queridas por el pueblo cordobés.

Citar y, en definitiva, hacer un estudio – aunque fuese superficial – de los trabajos más notables de orfebrería en la Semana Santa de Córdoba sería una ardua labor que, en esta ocasión en particular, nos exige centrarnos tan solo en algunas de ellas, símbolos inequívocos de las corporaciones a las que pertenecen.

La hoy discreta Hermandad del Nazareno, como hemos podido conocer, es una de las más antiguas de la ciudad califal, dando lugar a una extensa trayectoria llena de idas y venidas, extinguida y reorganizada en varias ocasiones – en cierto momento, por la más selecta nobleza cordobesa – lo cual, a su vez, ha permitido que la cofradía del Jueves Santo cuente con valiosas piezas fechadas en el siglo XVIII. Sin embargo, hay una, especialmente representativa que merece una mención especial y esa no es otra que la espléndida peana que porta al impasible Nazareno.

Lo cierto es que, la inconfundible obra de arte realizada por Cristóbal Sánchez Soto – uno de los mejores plateros de Córdoba y también autor de la urna de los Santos Mártires de San Pedro – fue donada para la Santísima Virgen, de acuerdo con lo relatado por una inscripción por parte de Gonzalo Manuel de Lando y Lazos en la fecha del 18 de marzo de 1780.

En la excepcional peana cabe destacar los seis medallones cincelados primorosamente con distintos episodios de la Pasión, tales como la Oración en el Huerto, el Prendimiento, Cristo con la cruz a cuestas, la Crucifixión y el Descendimiento.

Fotografía Patio Cordobés 1972

También al primer paso de la cofradía corresponde la igualmente bella cruz del Nazareno, de factura más reciente – realizada en el siglo XIX –, contrastada por Martos en 1859 y punzada por el platero Francisco Parias, cuyo nombre no ha sido tradicionalmente muy reconocido, aunque es de justicia reconocer que su obra no deja dudas acerca de sus fantásticas capacidades.

Por su parte, la Hermandad de la Virgen de los Dolores no podía sino ser también la cuna de destacables preseas, entre las que nos detendremos en tan solo tres de ellas, siendo la primera la fácilmente identificable cruz de guía. Esta, realizada nada menos que en ébano, marfil, cristal de roca, plata y oro, se exhibió en la Exposición Nacional de Artes Decorativas en 1949, llegando a hacerse con el primer premio.

Tanto el proyecto como la dirección fue una responsabilidad que recayó sobre Rafael Peidro Dueñas, que hasta poco antes de 1977 había ido profesor de la Escuela de Artes Aplicadas. En cambio, los marfiles son mérito de otro profesor perteneciente a la misma escuela, Victoriano Chicote Recio y el trabajo de la madera correspondió al tallista Ricardo Castillo, facilitando la elaboración de la llamativa cruz de guía de la hermandad de San Jacinto.

De obligada mención es, asimismo, la corona de la Señora de Córdoba, también debida a Rafael Peidro. Fue ejecutada con plata dorada y pedrería, con trabajos de cincelado y repujado. Su altura alcanza los 50 centímetros y el ancho – incluido el resplandor – llega hasta los 78 centímetros.

El aro de la sublime corona posee magistrales relieves en referencia a los siete Dolores así como el escudo de la ciudad elaborado en esmaltes y el de la célebre hermandad en un brillante. Además, cuenta con fabulosos relieves y valiosa pedrería en las diademas y nimbo y su realización fue posible gracias a los donativos obtenidos para tal fin en el año 1941.

Volvería a contar la cofradía, nuevamente, con el talento de Peidro al confiarle la hechura de la vara de hermano mayor – también expuesto, junto con la cruz, en la muestra de orfebrería cordobesa celebrada en 1973 –, posiblemente una de las más valiosas y artísticas de toda España. El cañón, realizado en seis tramos de plata cincelada, finaliza en un elaborado capitel de orden compuesto coronado por un templete que debe su diseño a la inspiración basada en la cúpula de la capilla del Instituto Luis de Góngora. A todo ello, hay que añadir los frentes con los relieves de San Acisclo, Santa Victoria, San Rafael y la Fuensanta.

Fotografía Patio Cordobés 1974

Finalmente, hemos de centrar nuestra atención en la Hermandad de Nuestra Señora de las Angustias, seno de otras ricas piezas de platería, entre las que es necesario mencionar aquellas en las que se aprecia la mano de Manuel Mora Valle, profesor de la Escuela de Artes Aplicadas. Décadas atrás, cuanto se bordaba o labraba en plata y madera en la añeja corporación se debía a los meritorios diseños de Mora, de los que salió la cruz, los faroles e incluso la gran corona de la Santísima Virgen, también con relieves de veneradas imágenes cordobesas.

No obstante, la factura fue confiada a otros insignes orfebres como el ya citado Rafael Peidro, responsable de la estimada corona, quien contó con la ayuda del renombrado Francisco Díaz Roncero – artífice de los faroles y de una gran parte de las piezas de plata de la corporación – y Emilio Armenta.

Otras de nuestras más clásicas cofradías tienen, asimismo, obras de gran valor como es el caso de la Hermandad de la Caridad, cuya cruz de guía, por su lado, fue realizada en plata calada en el taller de los hermanos Aumente. También imposible resulta no fijar la atención en los característicos relieves de escenas cinceladas que tanto enriquecen el paso del crucificado de San Francisco, inspirados en los relieves del coro – de Duque Cornejo – de la incomparable Catedral de Córdoba.

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