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Leandro nos ha devuelto a la Estrella

Quien pasee por Triana y se acerque a la Capilla de la Estrella durante el fin de semana, se va llevar una grata sorpresa.

La Dolorosa del Domingo de Ramos ha vuelto a las estampas de los años 70, a las postales, a la alegría, a la naturalidad perfecta y al sabor clásico que hacía ya casi un lustro que no se intuía en la Señora.

Su nuevo vestidor desde hace apenas un mes, Leandro González, ha obrado esta meritoria hazaña, asombrando a cuantos nos levantábamos en la mañana de ayer viendo a la Virgen de nuestra niñez.

Leandro ha recuperado a la Estrella de siempre para Sevilla, con su frente rizada de encaje, el pollero ancho, un conjunto impecable de manto azul y saya blanca, ambos bordados, y su emblemática estética con la toca de sobremanto.

Este prodigioso cambio del afamado profesional del noble Arte de Vestir a la Madre de Dios se suma a anteriores ejemplos de excelentes atavíos en Dolorosas de la talla de la Virgen del Mayor Dolor y Traspaso de Dos Hermanas, María Santísima de los Dolores de la Puebla del Río, la Virgen de la Estrella que es Patrona de Palomares del Río, la Virgen de las Penas de Cádiz o la de las Maravillas en Sevilla capital.

Y es que Leandro González llega a la Semana Santa sevillana de la mano de la Estrella, pero su trayectoria en el oficio es ya extensa y meritoria, consagrándose por su gran dominio de la técnica, el gusto y la naturalidad que desprende su trabajo.

La Junta de Gobierno de la Estrella ha acertado de lleno en la elección del joven vestidor, como se puede apreciar en el impecable empaque con el que se presenta a Triana y Sevilla la portentosa Imagen, llamada porpularmente «La Valiente» por ser la única Dolorosa que salió a la calle en la Semana Santa de 1932.

89 años después, son las manos que la visten las que demuestran esa valentía y arrojo, engrandeciendo sobremanera la talla en cada detalle, en cada pliegue y en cada elemento de joyería que luce.

Por ello se confirma, como en otros tantos casos, la importancia que tiene el correcto atavío, que ayuda de forma crucial a culminar la labor del imaginero.

Y eso mismo ocurre con la Estrella. Siglos después de ser gubiada, la Virgen es completada una vez más con un extraordinario cambio llevado a cabo por el artista Leandro González, su flamante vestidor. Ahora, más que nunca, vemos a la Estrella sublime.

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