Lo que está por llegar

Nostálgica, como la noche, se muestra enero. Mes expectante que pese al frío arropa los pensamientos de quienes buscamos el camino a “los días del gozo”. Las palabras van oliendo a incienso, y el incienso nos lo imaginamos en cada esquina. Paseamos bajo la lluvia a la luz de la luna. Y la noche, queriéndose saciar de melancolía, nos retrae a aquellas semanas en la que vivíamos en un vergel de absoluta solemnidad.

En las plazuelas, los naranjos se hacen más presentes. Y a lo lejos, detrás de una vieja tapia, suena ‘Jesús de las Penas’. El olor a cera suscita el corazón y el incienso viaja de San Vicente al Salvador. Se sacan de los armarios los largos abrigos, y de un cajón, tú, expectante, miras un trozo de tela mientras los nervios avecinan lo que está por llegar.

Aunque más que lo que está por llegar, buscamos lo que está siempre. Escondido en la calle que habita en nuestro recuerdo. Porque a partir de ahora, buscaremos esa dimensión, el recuerdo de una calle estrecha donde se fundían las rosas con la cal y un olor con un beso. Imaginaremos al doblar la esquina, la tarde en la que un palio nos sedujo en la explosión del azahar. Y miraremos a los ojos de una madre, intentando ver el resplandeciente brillo con los que miraba a su hijo la primera vez que lo vistió de nazareno.

Intentaremos buscar tantos recuerdos hasta que sólo podamos vivir en ellos. Porque en la memoria de aquellos días se encuentra la consecución de la felicidad. No nos daremos cuenta que los días que estamos viviendo son los románticos momentos que evocaremos en un futuro no muy lejano. Prepárense, porque estamos a punto de llegar a la vida. Eso es lo que está por llegar, la vida. El tiempo que nos despierta de nuestros hastiados días para volver a dormirnos y alcanzar el ilusionado sueño que tiene el compás de los latidos de María.