Los artesanos | La dictadura del filtro frente a la honestidad del taller

​Como artesanos que dedicamos nuestras jornadas al barniz y al oro, observamos con una mezcla de curiosidad y desencanto cómo se ha transformado el juicio del cofrade.

​En los últimos años, el criterio artístico, que antaño se formaba tras años de observar, aprender y entender el oficio, ha sido sustituido por la inmediatez del scroll y la dictadura del filtro.

​Es sorprendente ver cómo hoy en día cualquiera se siente legitimado para sentenciar una restauración, un montaje de priostía o una ejecución artística tras una rápida ojeada en redes sociales. El cofrade actual ha desarrollado un ojo crítico basado en la estética de la pantalla: una imagen sobreiluminada, un encuadre preciso y un poco de saturación bastan para elevar a los altares —o para condenar al ostracismo— el trabajo de años.

​Pero en el taller, la realidad es otra. En el taller, el oro no se mide por cómo brilla ante una cámara, sino por la finura de su aplicación y su capacidad de resistir el paso del tiempo. El barniz no se valora por el «acabado de espejo» que tanto gusta en Instagram, sino por la nobleza de la protección que ofrece a la madera. La artesanía es, por definición, un proceso lento, lleno de errores invisibles y de correcciones que el público nunca verá, pero que son las que realmente sostienen la calidad de la obra.

​El peligro de este «criterio de pantalla» es que termina condicionando a quienes tienen la responsabilidad de contratar. Si una junta de gobierno teme más el juicio de los comentarios en Twitter que el dictamen de un experto, estamos condenados a la mediocridad. Estamos fomentando que los talleres se preocupen más por parecer buenos en una fotografía que por ser excelentes en su ejecución material.

​Quizás es hora de recordar que la verdadera maestría no se puede juzgar a golpe de like. La próxima vez que alguien se sienta en disposición de criticar desde la barrera, debería preguntarse: ¿estoy juzgando el trabajo de una vida, o simplemente estoy opinando sobre lo que me ha vendido el filtro de una red social? Mientras el ruido digital siga dictando qué es «bello» y qué no, nosotros seguiremos prefiriendo el silencio de nuestro taller. Porque, al final, el tiempo es el único juez que no necesita filtros para distinguir la artesanía real de la que solo existe en la pantalla.