Los gremios y los hospitales en las hermandades cordobesas

Muchos son los testimonios en los que se han visto reflejados los diversos estudios y esfuerzos enfocados a conocer la vida de nuestras hermandades en el pasado. Gracias a la esmerada conservación de documentos y a los desvelos de todos aquellos que, a lo largo del tiempo, se han ido preocupando de investigar y dar a conocer nuestra historia cofrade hemos podido tomar consciencia de cuánto han cambiado las cofradías cordobesas, no solo en lo referente a su estética y su riqueza patrimonial – evolución más evidente al estar también más expuesta – sino a los principios y reglas de estas amén de sus formaciones, considerablemente distintas a lo que conocemos hoy en día.

El los orígenes de la Córdoba Cofrade vendrían marcados por la conquista de Córdoba por parte de San Fernando en el año 1236, hecho que supuso para la ciudad califal una notable serie de modificaciones estructurales, espirituales y también sociales que irían definiendo el carácter de nuestra capital a lo largo de las edades Medía y Moderna. Tras el auge urbano que se produjo durante la conquista de Granada – en la que Córdoba hizo las veces de centro de operaciones y corte de los Reyes Católicos – y después del descubrimiento de América, Córdoba se sumiría en una profunda crisis general en la que permanecería hundida hasta los últimos años del siglo XVII. En este contexto, la sociedad se ve abocada a una decadencia muy amplia que va desde lo estamental hasta lo espiritual. De este modo, las clases se ven claramente delimitadas y cerradas, se perfila el sistema gremial y la corrupción de las instituciones políticas se encuentran a la orden del día, reflejándose en la acusada pobreza del pueblo llano.

La vida religiosa de Córdoba se establece entonces en torno a dos aspectos muy concretos: la Iglesia – que incluye el Cabildo Catedralicio, los clérigos beneficiados de las parroquias además de frailes y monjas asentados en los conventos – y las cofradías que, en sus estructuras – ya fueran sacramentales, militares, de Ánimas, penitenciales, gremiales, hospitalarias o de caridad – se alzaban como auténticos ejemplos de la espiritualidad cordobesas de siglos pretéritos.

Ese sentimiento conjunto se evidencia aún más al conocer que en la Córdoba del período comprendido entre los siglos XIII y XV existen en la ciudad aproximadamente unas 54 cofradías, aun cuando esta solo tenía 40.000 habitantes, lo que significa que, según los cálculos, casi toda la población se halla vinculada a una hermandad. A su vez, este hecho se traduce en la inmensa importancia del sentir religioso, señalado por la labor hospitalaria y caritativa y la vida cultual de las corporaciones constituidas en aquellos tiempos.

Una vez ubicados en la sociedad de esos siglos, debemos destacar, sin lugar a dudas, el papel de las hermandades gremiales y hospitalarias, ya que son estas las primeras en surgir, como hemos podido conocer por los datos obtenidos por la hermandad-hospital de Santa Eulalia y San Juan de los pellejeros en los años 1262 y 1267 respectivamente. Esto pone de manifiesto una realidad en la que la sociedad cordobesa requiere de un apoyo y guía tanto espiritual como material.

Las cofradías gremiales, por su parte, aparecen con motivo de la necesidad de ayuda recíproca entre aquellas personas que desempeñaban el mismo oficio. En un principio, estaban pensadas para desarrollar una función benéfico-cultual que, con el paso de los años, fue convirtiéndose en el órgano rector, guardián, portavoz y representante de sus miembros, primordialmente en asuntos de índole laboral. Algunas de ellas contaban con un hospital que, generalmente, eran las que gozaban de una situación más privilegiada, circunstancia que como cabe suponer no se repetía en los casos más humildes.

Entre las corporaciones no hospitalarias cabe señalar la ya mencionada de San Lucas de los pellejeros; la de Santa Catalina, asociada a los barberos y practicantes; la de la Concepción, de notarios y escribanos; la de San Eloy y Santa Brígida, de los herreros; la de Nuestra Señora de la Estrella, de especieros; la Pasión, establecida en la Iglesia de Campo Madre de Dios, vinculada a los hortelanos; la de Jesús del Huerto, de labradores; Nuestra Señora de las Nieves, de los procuradores; San Cosme y San Damián, de los médicos, todas ellas seguidas de un largo etcétera.

Aquellas cuyo día a día era más desahogado y contaban con una hospitalidad representaban a los gremios más numerosos, unidos y fuertes, como los de calceteros, del Hospital de Santa María Magdalena, conocido popularmente como “la Lámpara”; los tejedores de paños, de San Bartolomé y Santa María Magdalena; los asteros, del Hospital de la Calle Mucho Trigo; los lineros, del Hospital de Nuestra Señora de las Nieves y Santo Domingo de Silos; los cordeleros, de San Antonio Abad; los sederos, de Nuestra Señora de los Desamparados y San Lucas; los zapateros, de Santa Quitería, San Crispín y San Crispiano; los plateros, de San Eloy…

Las reglas esenciales en el terreno benéfico-religioso de las hermandades gremiales quedaban sintetizadas en el culto a un santo patrón titular, la celebración del día de su fiesta como fiesta de regla, misas solemnes, octavas y procesiones con imágenes titulares por las calles de la feligresía. Además, también tenían cabida las reuniones en una casa gremial el día del patrón en cuestión para preparar una comida de hermandad, la reglamentación de la elección de priostes, mayordomos y albaceas, a lo que había que sumar la ayuda a cofrades enfermos, rosarios y misas por el alma de los difuntos y apoyo a huérfanos y viudas. Como se ha explicado en anteriores ocasiones, cuando la cofradía poseía un hospital, era lo habitual que tanto los enfermos como los huérfanos fuesen trasladados y atendidos en dichas instalaciones.

Asimismo, se puede igualmente deducir de lo dicho que las hermandades hospitalarias contaban con una estructura interna más compleja que las gremiales. Los hospitales fueron creándose de distintas formas, por ejemplo tras una fundación piadosa procedente de un matrimonio sin descendencia o mediante una cláusula testamentaria. Podían tratarse, una vez erigidos, de fundaciones eclesiásticas o establecimientos que, en definitiva eran dirigidos y gestionados por la Iglesia, siendo, no obstante, el resultado de la suma de pequeños capitales de un grupo de personas que querían tener garantizado un cuidado y tratamiento en caso de enfermedad y, si fuera necesario, un entierro considerado decente, con las pertinentes misas y rosarios elevados por la salvación de su alma.

Sin embargo, de entre todas las informaciones obtenidas acerca del día a día y el trabajo de las descritas instituciones, es obligado dedicar nuestra atención al asentamiento de las bases de un estilo de vida cultual que se ha ido perpetuando en el tiempo hasta llegar a las generaciones cofrades más jóvenes, sin estar ésta sometida a notorias alteraciones con respecto al modo en que fueron concebidas en otros tiempos.

La sociedad, por su lado, sí ha cambiado enormemente de tal modo que los antiguos gremios y estamentos se convirtieron hace tiempo en clases sociales mucho más abiertas y el pueblo puede ser ahora receptor de ayudas sociales de tipos muy diferentes. Así y todo, las maneras en que actualmente se manifiesta la devoción y se lleva a la práctica la preparación y realización de los cultos aún conserva tintes de siglos pasados, aunque hay que reconocer que el aspecto exterior, sobre todo, es el que con más frecuencia se ha visto modificado.

Con todo lo relatado en las líneas anteriores y la documentación encontrada, sí que, al fin y al cabo, nos es posible afirmar con rotundidad que las hermandades hospitalarias y gremiales establecieron las bases de una forma de veneración y de culto popular que iría dejando su particular sello a través de los siglos.