La Congregación del Santo Sepulcro de Jaén ha emitido un comunicado oficial en el que su hermano mayor, Alfonso Maldonado confirma la firma del acuerdo por el cual los Hermanos Castillo recuperarán el esplendor del paso de misterio del Santísimo Cristo del Calvario.
«Ha sido demasiado el tiempo durante el cual un Misterio de un valor artístico incalculable ha realizado su desfile procesional sobre un magnífico paso que no mostraba su calidad como consecuencia de un procedimiento de restauración que no llegó a finalizarse por motivos económicos», sentenciaba Maldonado. Y es que los trabajos de restauración fueron iniciados por Manuel Verdugo en 2007 sobre el paso de estilo barroco, creado por Antonio Canales Rubio en 1966.
«Con este acuerdo se pretende recuperar y poner en valor los elementos de madera tallados por el famoso artesano Canales destacando detalles que durante los últimos veinte años han pasado desapercibidos», prosigue Maldonado cuya junta de gobierno ha depositado su confianza en el taller de los Hermanos Castillo para elevar a la máxima expresión la solemnidad de una escena que es santo y seña de la Semana Santa jiennense.
El diálogo de amor y sufrimiento que describe el Calvario de Jaén
El grupo escultórico, que bebe de la escuela andaluza del siglo XVIII, es una auténtica joya de la imaginería religiosa. Atribuido a la maestría de Sebastián de Solís, el conjunto nos sumerge en el dramático instante de la Crucifixión, un instante de dolor sublime y redención eterna.
En el corazón de este retablo itinerante, encontramos a Jesucristo Crucificado, muerto en la cruz, con su figura clavada por tres clavos, una silueta que evoca ecos de la fuerza expresiva de Juan de Juni. A sus flancos, los dos ladrones, Dimas y Gestas, completan la visión de un Gólgota desolador.
Pero la Pasión no se vive sola. Al pie de la cruz, el dolor se personifica en María Santísima de los Dolores, cuya mirada, aunque contenida, transmite la pena inmensurable de una madre que contempla el sacrificio de su Hijo. A su lado, San Juan Evangelista, el discípulo amado, comparte el sufrimiento, testigo fiel de los últimos alientos del Maestro.
Cada Viernes Santo, este Monte Calvario, adornado con cientos de lirios morados, se convierte en un recordatorio visual y espiritual de la cima del sacrificio cristiano.
El Santísimo Cristo del Calvario es una obra que atrapa la mirada. Con 1.43 metros de altura, su mascarilla revela un tratamiento exquisito: rasgos suaves, matices sutiles y una ligera inclinación de la cabeza hacia la derecha. Sus ojos, tallados y pintados con bellas pestañas postizas, apenas dejan escapar cuatro lágrimas de cristal, dos por cada mejilla, una contención del dolor que lo hace aún más desgarrador. La boca entreabierta, mostrando los dientes tallados, añade un realismo punzante a la imagen de la muerte.
Un detalle particular de su historia son sus manos, que no son las originales. En 1974, fueron «trasplantadas» de una imagen de la Magdalena, también propiedad de la Congregación, en un intento de armonizar la delicadeza del rostro con el resto de la talla. El paño de pureza, que ondea hacia la izquierda, y las heridas de la lanzada y otras cinco marcas sangrantes, discretamente acentuadas, completan una iconografía que busca la sobriedad en el sufrimiento.
Esta venerada talla ha sido objeto de diversas restauraciones a lo largo de su historia, siendo la última, en 2015, a cargo de María José López de la Casa, garantizando su perdurabilidad para futuras generaciones.





