Los rostros que Sevilla nunca olvidó: los cambios de dolorosa en la Hermandad de Pasión

En el marco de la Sevilla del siglo XVI, donde la religiosidad popular articulaba la vida urbana, la futura Hermandad de Pasión emergió en el convento de la Merced bajo la advocación de los Martirios y Sangre de Nuestro Señor Jesucristo. A partir de 1531, esta denominación fue sustituida por la de Sagrada Pasión de Nuestro Señor Jesucristo, consolidando una identidad espiritual que marcaría su trayectoria posterior.

Los primeros cofrades utilizaban túnicas blancas con el rostro cubierto y portaban sobre el pecho el hábito mercedario. En sus procesiones figuraban un Nazareno auxiliado por un Cirineo, así como la Virgen acompañada de San Juan Evangelista, imagen mariana bendecida bajo la advocación de la Merced debido al estrecho vínculo conventual.

En 1579, la corporación adquirió por 200 ducados la capilla del claustro, adquisición que preludió un periodo de notable esplendor culminado en la década de 1610 con la incorporación del Cristo de Pasión, creación magistral de Juan Martínez Montañés.

Crisis, pérdidas y reubicaciones a lo largo del siglo XIX

La transición hacia el siglo XIX supuso un profundo quebranto para la corporación. La epidemia de 1800 y la invasión francesa de 1810 propiciaron la pérdida de pasos, alhajas y documentación. Solo las imágenes lograron salvarse gracias a la intervención de los religiosos mercedarios, quienes las llevaron a San Julián.

El retorno al convento de la Merced se produjo en 1819, encontrándose el templo en estado ruinoso. A partir de 1840, la iglesia fue convertida en museo de pinturas, lo que obligó a una reorganización en San Vicente. Desde allí, la hermandad optó por procesionar desde la iglesia de San Miguel, situada en la Plaza del Duque, hasta que su demolición en 1868 determinó el traslado definitivo a la iglesia del Salvador.

La primera sustitución mariana y su compleja historia material

En medio de estos desplazamientos institucionales aconteció uno de los episodios más relevantes de la corporación: en 1842 se decidió reemplazar la primitiva Virgen de la Merced, una dolorosa fechada en 1612 y atribuida a Juan García, miembro del círculo montañesino.

La nueva imagen, financiada por varios hermanos y realizada a inicios del siglo XIX, permaneció en el anonimato. El historiador José Bermejo la adjudicó a Pedro Duque Cornejo, aunque sin apoyatura documental o estilística, posiblemente con el fin de reforzar su prestigio.

Esta talla recibió intervenciones sucesivas: Gabriel de Astorga en 1872, Emilio Pizarro en 1879, Gumersindo Jiménez Astorga en 1889; ya en el siglo XX, Antonio Infante Reina en 1921, José Ordóñez Rodríguez en 1929 —responsable de las nuevas manos— y finalmente Sebastián Santos Rojas en 1949, autor de una restauración determinante.

El reemplazo definitivo en 1966 y el destino de la imagen anterior

El 6 de enero de 1966, la Junta de Gobierno incluyó en un Cabildo General Extraordinario la propuesta de sustituir la antigua Dolorosa. La votación reflejó una aceptación unánime, figurando en el acta como aprobada “por entusiasta aclamación”.

La imagen reemplazada pasó al Convento de Madres Mercedarias de San José, en la calle Levíes, donde permanece en el coro bajo. La renovación obedeció, según puede deducirse, a la insuficiente calidad artística que se atribuía a aquella talla.

Caracterización estética y simbólica de la Dolorosa actual

La Virgen de la Merced que hoy preside la devoción de la hermandad fue concebida por Sebastián Santos Rojas y bendecida en 1966. Ejecutada en madera de ciprés, exhibe un modelado de profundidad expresiva que conjuga serenidad y congoja. Sus ojos de cristal color miel, las cejas descendentes y las pestañas postizas articulan un lenguaje emocional silencioso.

Las siete lágrimas que recorren sus mejillas refuerzan la iconografía del dolor, mientras que los labios, entreabiertos, insinuando la lengua, proyectan un dramatismo contenido. El cuello esbelto, de anatomización blanda, y las manos policromadas en tonos pálidos y rosados —también talladas en ciprés— manifiestan una evolución respecto a los modelos anteriores del escultor. En particular, la posición de la mano derecha, con los dedos índice y anular separados y los restantes en flexión contrapuesta, evidencia una búsqueda de dinamismo inusual.

La imagen fue recibida con elogios generalizados en el ámbito cofrade y académico, consolidándose como una de las dolorosas más significativas de la imaginería contemporánea gracias a la libertad creativa y la minuciosidad técnica desplegadas por Santos.

Una narrativa que resume la memoria de Sevilla

La trayectoria histórica de esta Dolorosa constituye, en último término, una síntesis de la propia historia de Sevilla, ciudad que ha atravesado epidemias, invasiones y demoliciones sin renunciar a la continuidad de sus símbolos. La actual Virgen de la Merced no es únicamente una obra escultórica: es un signo de permanencia, un rostro que la ciudad contempla cada Semana Santa como testimonio de que la tradición —al igual que la fe— persiste incluso ante las transformaciones más profundas.