La parroquia de San Nicolás acoge desde esta mañana una estampa de especial significación devocional tras la entronización de María Santísima de Gracia y Amparo en su altar mayor, celebrada en el transcurso de una solemne eucaristía. La decisión se enmarca en la conmemoración del 50.º aniversario de la incorporación de la imagen a la Hermandad de la Sentencia, motivo por el cual la dolorosa presidirá el retablo mayor del templo hasta el próximo mes de diciembre, convirtiéndose en el eje visual y espiritual de la vida parroquial durante este periodo.
Una presencia extraordinaria en el altar mayor
Con este traslado al presbiterio, la imagen adquiere una centralidad litúrgica y devocional excepcional, reforzando su papel dentro de la comunidad parroquial. La permanencia de la Virgen en el altar mayor durante varios meses responde a la voluntad de subrayar el significado de la efeméride y de intensificar la relación de los fieles con la titular mariana en un contexto conmemorativo de especial relevancia.
Origen histórico y evolución de la advocación
La imagen que ahora ocupa este lugar destacado cuenta con una dilatada trayectoria histórica. Se trata de una talla anónima fechada a mediados del siglo XVIII, procedente del antiguo convento de la Victoria, donde aparece documentada bajo la advocación de Nuestra Señora de los Remedios. Posteriormente, en los años 50 del siglo XX, vuelve a figurar en los inventarios de la parroquia de San Nicolás, en esta ocasión bajo la advocación de Nuestra Señora de los Dolores. No será hasta 1976 cuando reciba la bendición con el título de María Santísima de Gracia y Amparo, consolidándose así la denominación con la que actualmente recibe culto.
Intervenciones y hallazgos documentales
A lo largo del tiempo, la imagen ha sido objeto de diversas actuaciones encaminadas a su conservación. En 1976, Rafael Ortí Meléndez-Valdés acometió una restauración centrada en la reintegración de la policromía y en la realización de una nueva mano izquierda en madera, siguiendo la estética de la original. Posteriormente, en 2004, Miguel Ángel Jurado llevó a cabo una intervención de mayor alcance durante la cual se produjo un hallazgo de especial relevancia: la aparición de un pergamino fechado en 1771 en el interior de la mascarilla, que documenta una restauración realizada por Luis Joseph Gómez. Este documento, junto con las similitudes estilísticas observadas, apunta a su vinculación con el entorno del imaginero Gómez de Sandoval. En esta intervención también se restituyó la mano original de la Virgen, ejecutándose una nueva mano derecha por Miguel Ángel González, además de intervenir en daños estructurales en el cuello y recuperar la inclinación primitiva de la cabeza. Más recientemente, en 2014, se llevó a cabo una actuación menor que incluyó la mejora del sistema de sujeción de los brazos, una leve reintegración de policromía en el cuello y la corrección de la orientación del perno de la corona.
Características artísticas de la imagen
Desde el punto de vista formal, María Santísima de Gracia y Amparo responde al modelo de imagen de candelero, con una altura de 165 centímetros, tallada en madera de cedro y con el rostro y las manos policromados. La cabeza presenta una posición frontal, ligeramente inclinada hacia abajo y girada hacia la derecha, lo que intensifica su expresividad. Las cejas rectas, suavemente arqueadas hacia las sienes y marcadamente fruncidas en el entrecejo, junto con los ojos de cristal soplado del siglo XVIII, de color castaño y mirada baja, configuran una fisonomía de marcado dramatismo. La imagen presenta pestañas postizas en el párpado superior y pintadas en el inferior, una nariz recta y una boca entreabierta, en la que se aprecian los dientes tallados en marfil y la lengua policromada. Tres lágrimas de cristal recorren su rostro —dos en la mejilla izquierda y una en la derecha—, mientras que las manos, extendidas, conservan el característico giro del pulgar, rasgo distintivo de su configuración original.
La entronización de María Santísima de Gracia y Amparo se erige así como un acontecimiento de especial densidad simbólica, que trasciende lo meramente litúrgico para inscribirse en la memoria viva de la corporación y de la propia parroquia de San Nicolás. En este marco conmemorativo, la presencia prolongada de la dolorosa en el altar mayor se configura como un tiempo de gracia compartida, en el que devoción, historia y patrimonio convergen en una misma expresión de continuidad espiritual y arraigo comunitario.





