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El Capirote, Opinión, Sevilla

Mi semana en la Campana

De unas previsiones que anunciaban una Semana Santa pasada por agua a comprobar cómo Los Gitanos se encaminaba hacia la Anunciación porque se anunciaban chubascos que luego quedaron en nada. Una Madrugada que podría haber salida perfecta si finalmente todas las hermandades hubieran hecho estación de penitencia a la catedral. En los rotativos queda recogida la entrada apresurada de Los Gitanos pero no hay referencias a los capítulos que se viven en otras zonas donde no hay un periodista ávido de información para hacerse eco de los indicios que nos muestran los aspectos con los que tendremos que lidiar si queremos conservar una celebración que viene celebrándose siglos atrás.

Durante la pasada Madrugada un sector de la Campana tuvo que hacer frente a la fiesta que estaban montándose en una de las plantas del edificio que hace esquina con Alfonso XII. Allí aparecían asomados un grupo de personas que, al paso de los nazarenos del Gran Poder, no tenían otra cosa mejor que reír y hacer palmas como si aquello se hubiera convertido en un tablao flamenco típico de los que uno se encuentra por la zona de la Alfalfa. Y el público tuvo que mandar callar porque aquello se iba de las manos. No hace falta añadir los restos de basura que dejan cuando se marchan algunos de los que acuden a su silla, a pesar de la distribución de bolsas, porque es uno de esos capítulos que tendremos que soportar por años, como sucede con las sillitas a pesar de tantas y tantas advertencias. ¿Y qué me dicen del señor que tomó un clavel del palio de la Virgen del Mayor Dolor y Traspaso –hecho más que reprobable– y cuya joven señorita, situada cerca, le llamó la atención vociferando y creando un espectáculo todavía mayor?

Tristemente, este año me he cerciorado de otra realidad que ha llegado para quedarse. La zona de las primeras filas se ha convertido en la guardería durante Semana Santa. Cantidad de niños que dejan de molestar a los padres para hacer lo propio con quienes están apostados en primera línea, teniendo que soportar pisotones, gritos, peleas y correterías. Y oiga, no le llame la atención a los padres, porque se revolverán como gato panza arriba, bien con algún improperio o dando la razón asestando el “son niños”, mirando hacia otro lado, porque mientras que no le molesten a quienes los han tenido, es mejor hacer afirmar con una sonrisa y hacer mutis por el foro. Que digo yo, que una rebaja a quienes estén en las zonas más próximas a los pasos durante la venta de 2019 no estaría nada mal, porque aguantar cada vez a más niños con mayor o menor educación se convierte en algo más molesto que el dolor de pies de quien escoge los rincones menos masificados para ver estampas más desconocidas.

No hace falta afirmar que han cambiado las formas, la educación, y que no iba a estar exenta de ello la celebración más reconocida y zonas que, a la vista está, no han permanecido impasibles a una serie de modas que ya podrían quedarse atrás. Me temo que no.

Todo esto no impidió entradas impecables como las de la hermandad de la Macarena o las de la Esperanza de Triana. Impresionante el Cristo de la Buena Muerte de Los Estudiantes marchándose por O’Donnell o el primero de los pasos de San Benito buscando su barrio por la Encarnación. Una Campana prácticamente vacía con la llegada de Pasión -impacta más que por televisión-, la Esperanza de la Trinidad alumbrando todo un Sábado Santo, con la tradicional lluvia de pétalos, o los pasos que entraron en carrera oficial con marchas dedicadas a la Virgen de la Victoria, son algunos de otros apuntes de este 2018.

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