La revirá | La tristeza de mirar alrededor y no encontrar razones para seguir creyendo

Existe una tristeza que no nace de un hecho concreto, de una decepción puntual o de una circunstancia pasajera, sino de la contemplación pausada de una realidad que parece caminar sin rumbo definido. Es la tristeza de quien observa cómo una sociedad que debería encontrar puntos de encuentro se descompone lentamente entre trincheras irreconciliables, cómo el enfrentamiento permanente sustituye al diálogo y cómo la crispación se ha convertido en una forma habitual de relación. Una tristeza profunda, casi física, que no se limita a la preocupación por un presente complejo, sino que surge del temor ante un futuro incierto. Resulta desolador comprobar cómo un país puede acostumbrarse a la fractura, cómo la división se instala como una enfermedad crónica y cómo demasiadas personas parecen haber asumido que el conflicto constante es la única manera posible de convivir. Mientras tanto, quienes tienen la responsabilidad de dirigir los destinos colectivos parecen demasiado ocupados en sus propias batallas de poder, en sus estrategias particulares y en la conservación de sus parcelas de influencia como para atender verdaderamente las necesidades de quienes deberían ser la razón última de su existencia. Dirigentes atrapados demasiadas veces en la ambición, en la pugna permanente y en una concepción del servicio público alejada de aquello que debería representar: sacrificio, honestidad y entrega.

Duele observar cómo una sociedad entera parece haber perdido la capacidad de reaccionar incluso ante situaciones que deberían despertar una respuesta unánime y firme. Un país que contempla con una preocupante pasividad cómo aumentan las amenazas exteriores, cómo el enemigo del sur tensiona sus límites y cómo la falta de unidad interna impide afrontar con determinación los desafíos que aparecen en el horizonte. Pero quizá lo más inquietante no sea únicamente la existencia de esos problemas, sino la incapacidad colectiva para abordarlos desde una perspectiva común. Una nación no puede sostenerse cuando sus ciudadanos permanecen enfrentados incluso ante aquello que debería unirlos, cuando cualquier asunto se convierte en motivo de disputa partidista y cuando la defensa del interés general queda relegada por intereses particulares. La tristeza nace también al comprobar que quienes deberían ofrecer ejemplo de responsabilidad terminan alimentando muchas veces la confrontación que después dicen combatir. El poder convertido en objetivo absoluto, la política entendida como una lucha por la supervivencia personal y no como una herramienta al servicio de la comunidad, y la corrupción moral de quienes olvidan que ocupar una responsabilidad implica una obligación ética con quienes depositaron su confianza en ellos.

Pero esa decadencia no se limita a las estructuras políticas o institucionales. Sería demasiado sencillo señalar únicamente hacia arriba para ocultar una realidad mucho más amplia y mucho más incómoda: la podredumbre alcanza a numerosos ámbitos de nuestra sociedad. Una sociedad donde con demasiada frecuencia triunfan el egoísmo, la falta de empatía, la búsqueda del beneficio propio y la incapacidad para reconocer errores. Una sociedad donde muchas veces se premia el ruido frente al conocimiento, la agresividad frente a la educación y la apariencia frente a la autenticidad. Y esa realidad también alcanza espacios que deberían ser refugios de valores más elevados, entre ellos la propia Iglesia y el mundo de las hermandades. Resulta doloroso contemplar cómo ámbitos nacidos para cultivar la fraternidad, la caridad y la espiritualidad se ven contaminados en ocasiones por las mismas miserias humanas que afectan al resto de la sociedad: luchas de poder, intereses personales, enfrentamientos, soberbia y ausencia de misericordia. Cuando aquello que debería ser ejemplo de unión reproduce los mismos vicios que pretende combatir, la decepción resulta todavía más profunda. Porque no hay mayor tristeza que comprobar cómo algunos olvidan que una hermandad no es una plataforma de protagonismo, sino un camino de servicio; que una Iglesia no puede reducirse a estructuras humanas, sino que debe ser testimonio de aquello que predica; y que ningún cargo, ninguna posición o ningún reconocimiento justifican perder aquello que realmente debería sostenerlo todo: la humildad.

Y quizá sea esa la razón última de esta tristeza que a veces me embarga hasta casi ahogarme: la sensación de contemplar una realidad que ha perdido demasiadas referencias y que parece haber olvidado aquello que realmente importa. Una tristeza que asfixia cuando uno observa tanta división, tanta mezquindad, tanta necesidad de imponerse sobre el otro y tanta dificultad para construir algo juntos. Una tristeza que no es pasajera, sino que se instala lentamente en el alma cuando uno comprueba que demasiadas veces la mentira vence a la verdad, el egoísmo al desprendimiento y el interés personal al bien común. Una tristeza que lleva a preguntarse si todavía merece la pena defender determinados valores cuando quienes deberían protegerlos son precisamente quienes más contribuyen a debilitarlos. Una tristeza que nace al contemplar cómo se deterioran los vínculos, cómo se pierden los referentes y cómo la convivencia se transforma en una sucesión interminable de enfrentamientos donde parece imposible encontrar un espacio para la serenidad. Quizá lo más doloroso sea aceptar que esa decadencia no procede únicamente de quienes ostentan responsabilidades, sino de una sociedad que ha permitido que determinadas actitudes se normalicen hasta convertirse en parte del paisaje cotidiano. Y es entonces cuando aparece esa sensación de vacío, esa pesada carga interior que hace preguntarse si todo el esfuerzo, toda la entrega y todos los principios que durante tanto tiempo han guiado nuestras vidas tienen realmente algún sentido en un mundo que parece empeñado en destruir aquello que debería proteger.