Cada vez que me siento a hablar con alguien sobre Semana Santa, tarde o temprano aparece la misma pregunta: ¿hasta dónde deben cambiar las hermandades para adaptarse a los tiempos? Y no es una cuestión menor, basta con escuchar a un grupo de cofrades cinco minutos para ver que el debate está más vivo que nunca.
Hay quienes defienden que las cofradías deben seguir siendo, casi al pie de la letra, lo que recibieron de sus mayores, para ellos, tocar una costumbre es como tocar la memoria de sus padres, de sus abuelos, de aquellos que levantaron la hermandad cuando no había ni redes sociales, ni estrenos, ni focos, y es comprensible, en muchos barrios, la tradición es casi una forma de afecto.
Pero también es verdad que la Semana Santa que hoy conocemos no ha sido siempre igual, las hermandades han cambiado, unas veces despacio y otras a empujones, han cambiado los pasos, las bandas, los recorridos, la manera de organizar los cultos y hasta la forma de hablar con los hermanos, lo que hoy llamamos “de toda la vida”, en algún momento fue una novedad que a más de uno le hizo fruncir el ceño.
Ahí está el verdadero dilema: innovar no es traicionar la tradición, pero tampoco todo lo nuevo es sinónimo de mejora, una hermandad puede usar redes sociales para acercarse a los jóvenes, modernizar su comunicación o abrir espacios de participación sin perder su esencia, el problema aparece cuando la innovación se convierte en una especie de carrera por ver quién estrena más, quién sorprende más o quién cambia más rápido, como si la hermandad fuese un escaparate.
Y también ocurre lo contrario: hay veces que se usa la palabra “tradición” como un muro para evitar cualquier cambio, incluso aquellos que son necesarios, que algo se haya hecho durante décadas no significa que deba seguir haciéndose igual cuando las circunstancias ya no son las mismas.
Quizá el debate no sea elegir entre tradición e innovación, sino saber distinguir qué merece ser conservado y qué puede evolucionar sin que la hermandad pierda su alma.
Una hermandad necesita raíces, sí, pero también necesita futuro, puede mantener una forma de vestir a sus titulares, una manera concreta de entender su estación de penitencia o ciertas costumbres que la hacen reconocible, y al mismo tiempo aprovechar las herramientas actuales para comunicarse mejor o para llegar a quienes aún no conocen el mundo cofrade.
En esto, los jóvenes tienen un papel fundamental, no sirve de nada repetir que “ya no son como antes”, claro que no lo son, la sociedad ha cambiado. Un joven puede sentir una devoción profunda por una imagen y, a la vez, enterarse de todo lo que hace su hermandad por Instagram o TikTok, una cosa no quita la otra.
El reto está en conseguir que las redes sean una puerta de entrada, no el destino final, que un vídeo bonito despierte curiosidad por conocer la historia de la hermandad, su sentido, su vida, que detrás de una foto haya algo más que estética.
Al final, una hermandad no debería cambiar solo porque todo cambia alrededor, pero tampoco debería quedarse quieta por miedo a perder sus costumbres, la tradición no es una barrera contra el futuro, igual que la innovación no debería ser una excusa para olvidar el pasado, quizá la verdadera modernidad de una hermandad consista en saber qué merece la pena conservar.
Porque las cofradías no tienen que elegir entre mirar hacia atrás o mirar hacia delante. Pueden, y deben, hacer ambas cosas. Caminar hacia el futuro sin soltar la mano de quienes las trajeron hasta aquí.
Y ahí, en ese equilibrio tan difícil, está uno de los grandes retos de las hermandades actuales: evolucionar sin dejar de ser ellas mismas.
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