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El Capirote, Opinión, Sevilla

No tocar

La mañana del 15 de agosto probablemente sea, junto con la del Corpus, la que más conserva la esencia de la ciudad y aquella que los siglos han mantenido a pesar de los acontecimientos. Algunos más que premeditados y otros tan inesperados que asaltaron Sevilla cuando esta dormía. Pero a pesar de tantos avatares estas mañanas conservan intactas la pureza de antaño.

La tradición ha sabido imponerse al tiempo y a las modas. La del Corpus cuenta ahora con menos auge que en siglos pasados pero no por ello ha perdido el olor a juncia y romero ni el sonido de las campanitas de la Giralda que custodian Justa y Rufina. Habrá menos público, habrá años donde el número de altares aumente o disminuya, incluso las representaciones cambiarán en cuanto al número de acompañantes, pero todo ello no será lo suficientemente vigoroso como para que desaparezca la ilusión de los niños carráncanos o la inocencia de los seises.

La otra mañana llega en el ecuador de agosto, entre quienes terminan las vacaciones y quienes ponen rumbo a otros destinos. También habrá quien permanezca en casa. Podrá haber cientos de variantes más, pero a la patrona volverá a iluminarle el rostro el sol como lo hace desde tiempo inmemorial. Y los nardos romperán con su olor la ciudad dormida que madruga, la que se agolpa en el perímetro de la Catedral, y los peregrinos atravesarán caminos de retamas quebradizas para acudir a las misas que de noche preceden al alba.

En una época donde la Semana Santa requiere de importantes arreglos, de debates, alianzas y conjeturas, la mañana del 15 de agosto es un oasis para poder disfrutar sin estridencias de la esencia misma del buen hacer. Aquí no hay capillitas trasnochados que anteponen el “no” a todo lo que sea modificar tan solo dos calles del itinerario o se horrorizan con las nuevas marchas poniendo el grito en el cielo sin haber escuchado la marcha entera. Tampoco se encuentran los que compiten por saber qué día se dio la primera puntada del manto más antiguo que posee la imagen o quién fue quien robó las coronas. Y si los hay, parecen neutralizarse entre un público que sabe a lo que va, algo que podrían plantearse quienes se echan a las calles en Semana Santa y que convierten los rincones en urinarios y las plazas en estercoleros vociferando en cada esquina y protagonizando capítulos más que reprochables. Por suerte, el Día de la Virgen permanece imperturbable ante la adversidad. Y ojalá siga siendo así durante mucho tiempo.

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