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El Capirote, Granada, Opinión

Perdemos todos

Esta semana se convertía en noticia, tristemente, un nuevo atentado contra el patrimonio. El monasterio de las carmelitas de Granada aparecía con unas pintadas en sus paredes. Es una historia que hemos escuchado ya que parece no tener fin. No hay prácticamente semana que no aparezca un monumento dañado y un par de seres que se dedican a ir en contra de espacios que tendrían que ser intocables por parte del pueblo. Por su carácter histórico quizá, pero sobre todo porque uno no tendría que ir haciendo lo que no le gusta que le hiciesen en casa. Una cuestión tan sencilla de educación que se aprende en los primeros años de vida y que algunos olvidan a la primera de cambio.

El tema puede ser tan diverso que va desde el aborto hasta los refugiados. Los grafitis abundan y si es, en este caso que nos ocupa, Granada, no hay más que darse una vuelta por el Albaycín para encontrarse con cientos. No se trata de estar en contra de la libertad de expresión como pueden pensar. Esto no es ni mucho menos aquel derecho del que gozamos gracias a nuestra Constitución.

¿Y cuál es el castigo impuesto? Ninguno. Nadie sabe quién puede dañar nuestro patrimonio porque en ocasiones lo hacen de noche, las cámaras no logran captar nítidamente al identificado -si es que las hay instaladas en ciertos espacios-, pero sí conocemos que no pueden permitirse ciertas acciones. Y entre ellas se encuentra la de dañar nuestro patrimonio, el cual tenemos que proteger para dejar legado a generaciones futuras, que puedan ser conocedoras de nuestro pasado. Un pasado cuyo presente pasa por proteger pero que desgraciadamente a veces queda a merced de unos cuantos dedicados a hacer todo lo contrario.

Hermandades, iglesias, conventos… El patrimonio religioso es tan grande que precisamente tendría que contar con una serie de medidas para su protección, pero estas, que aparecen además recogidas, pierden su efectividad cuando los vándalos aprovechan para hacer de las suyas. Y desaparecen sin dejar rastro.

No hay atentado contra el patrimonio que no tenga lugar en España al menos una vez a la semana. Y la mayoría de las ocasiones no se encuentra a los responsables. Pero sí hay un daño detrás que ha de ser restituido, que provoca gastos en hermandades, iglesias, conventos…

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