Por fin. Después de muchos intentos fallidos, parece que el Ayuntamiento de Córdoba, de la mano de su delegado de fiestas y tradiciones, Julián Urbano, que dicho sea de paso, algo o bastante sabe de esto, ha dado con la tecla de lo que debe ser la fiesta del cartero real por las calles de Córdoba. La unión materializada con la Hermandad del Cristo de Gracia y su agrupación musical, que llevaban años enseñando el camino, ha sido definitiva.
Esta era la fórmula secreta. Beduinos uniformados saltando y cantando, dos agrupaciones musicales interpretando un repertorio perfectamente escogido para la ocasión y no limitado a villancicos, ganas de fiesta entre los participantes que de un modo u otro, aunque por ahí queda bastante camino que recorrer, se traslada al público. Y sobre todo las ganas de repartir felicidad e ilusión a los niños que asistían entusiasmados al recorrido de la cartera por las calles de la ciudad.
Bravo por la Agrupación Musical de la Sagrada Cena y sobresaliente para la de Cristo de Gracia, que ha comprendido a la perfección de qué va esto, y ha logrado que la puesta en escena del cartero real comience a parecerse a lo que debe ser. Una fiesta de alegría desbordada que sirva de preámbulo a la llegada de sus majestades de Oriente, Melchor, Gaspar y Baltasar.
Por buscarle algunas pegas, con el ánimo de seguir mejorando: Julián, los niños no se asustan por los caballos, en otras ciudades van en caballo y no pasa nada. No son más asustadizos los niños cordobeses que los del resto del universo. Se asustan porque los caballos se resbalan por las calles de la Judería. Si se opta por otros itinerarios a los de años pasados, no se resbalan y, por ende, los niños no se asustan.
Y, por supuesto, hay que incrementar el cortejo de beduinos, porque las bandas se solapaban en muchas partes del recorrido por lo que debían optar por turnarse. Es tan sencillo como implicar, a través de la Agrupación de Cofradías, a los grupos jóvenes de las hermandades de la ciudad y convertir los 50 beduinos (no los conté) en 300. E imprimirles la idea de que hay que ir saltando y cantando todo el camino. Y el pueblo, que también es parte de esto, debe sumarse también a la fiesta y no limitarse a presenciar impertérrito el espectáculo. Muchos, de entre el público, cantaban y saltaban, pero aquí tiene que cantar y saltar todo el mundo.
Aunque todo se andará si se profundiza por este sendero de espectáculo, fiesta y alegría desbordada que ha encontrado Julián Urbano para convertir, por fin, el recorrido del cartero real en o que debe ser: una fiesta. ¡Vivan los Reyes Magos!







































