Corría el año 753 “ab urbe condita” (de la fundación de Roma), el año cero de nuestra era cristiana según el calendario gregoriano, cuando un joven carpintero de nombre José, acompañado de su no menos joven esposa, María, que se encontraba en cinta, emprendían un duro viaje que les llevaría a recorrer en, aproximadamente cinco jornadas, los 156 kilómetros que separan las poblaciones galileas de Nazaret y Belén de Judá. Asistidos por un borriquillo que llevaba las vituallas y lo necesario para poder soportar un camino inhóspito, semidesértico, pedregoso y apenas arbolado, sembrado de salteadores de caminos, alimañas de todo tipo, víboras y alacranes como permanente compañía. Las penosas jornadas diurnas, en las que un sol implacable, a pesar de la estación invernal, hacía insoportable el caminar, mientras que, por la noche, la caída de las temperaturas obligaba a los viajeros a concentrarse alrededor de grandes fogatas, para poder mitigar los rigores de la madrugada. Por esta razón, no es de extrañar que nuestra pareja se hubiera unido a una improvisada caravana para, en la medida de lo posible, encontrar algo de calor y protección durante el trayecto. El motivo de tal viaje era el decreto dictado por el emperador César Augusto, quien había decidido realizar un censo sobre toda la población del Imperio. Como suele suceder con todos los autócratas de la historia, utilizo la expresión con las debidas reservas, pues lo que era normal hace más de dos mil años ahora resulta abominable, la finalidad última de este recuento no era procurar el bienestar de los pueblos sometidos o de la ciudadanía, en términos actuales, sino disponer de información precisa sobre la población para poder exprimirla a base de impuestos. A través del censo, se recopilaban datos como el número de habitantes, la edad, el estado civil, la ocupación y la riqueza de cada individuo, lo que ofrecía una imagen muy verosímil de la distribución del patrimonio, la estructura demográfica y las tendencias económicas en todo el imperio, por lo que no es de extrañar que estos censos sentaran las bases para el sistema fiscal moderno, pues su legado perdura hasta nuestros días.

Según el evangelio de Lucas y con independencia de la veracidad histórica del relato, toda la población fue obligada a empadronarse en su ciudad de origen, razón por la cual José y su esposa tuvieron que realizar este viaje en condiciones tan precarias, pues María estaba a punto de dar a luz. Según este mismo evangelista (Lc. 2, 7), al no encontrar acomodo en la posada, la pareja se vio obligada a refugiarse en un establo donde, al cabo, nació el Salvador. Este es el hecho que celebramos en estos días navideños, la natividad, el nacimiento del Hijo de Dios para nosotros los creyentes. Para los no creyentes más recalcitrantes y gentes de diversa ralea, lo que celebramos es la cristianización de las saturnales romanas, fiestas que tenían lugar el 25 de diciembre. En ellas se glorificaba la victoria de Zeus, el dios sol, sobre las tinieblas, y en las que era tradicional ofrecer regalos a familiares y amigos, así como adornar las domus con guirnaldas y exornar los árboles con diversos motivos decorativos. Nada más lejos de la realidad. Para ser fieles a la verdad histórica, es cierto que merced al Edicto de Milán del emperador Constantino (313 d.C.) y, antes, al edicto de tolerancia promulgado en Serdica, la actual Sofía, por el emperador Galerio, gracias a la influencia de la pujante comunidad cristiana, muchas deidades del panteón grecorromano, así como algunas fiestas paganas, fueron transformándose con el paso del tiempo, siendo adaptadas a la nueva religión que llegaba de oriente. Pero como indicaba más arriba, para nosotros los creyentes, en estas fechas celebramos la venida al mundo de la palabra hecha carne, del Mesías, el Hijo de Dios que vino a dar su vida por el perdón de nuestros pecados y para que la vida venciera a la muerte. En realidad, no estamos conmemorando una fecha concreta pues, difícilmente podremos saber con precisión el momento exacto en que nació Jesús, pero lo que es incontestable, porque las fuentes históricas así lo corroboran, es que estamos hablando de un personaje histórico tal y como lo atestigua el historiador judeo-romano del siglo I, Flavio Josefo quien, en su libro titulado “Las Antigüedades judías”, escrito alrededor de 93 a 94 d.C., incluye referencias a Jesús y los orígenes del cristianismo en los libros 18 y 20. Un Jesús que, en estos días, es representado por un humilde niño nacido en un establo que, con su mensaje de paz, amor y fraternidad universal vino a poner patas arriba la historia de la humanidad, todo lo cual me lleva a preguntarme la razón por la que, en estas fechas, hay tantos ofendiditos oficiales, gente que, en nombre de no sé qué respeto y no sé qué gazmoñerías, pretenden acabar con nuestra tradición para no molestar a inmigrantes procedentes de otras culturas, a los que sí se les reconoce el derecho a celebrar sus propias tradiciones, aunque algunas resulten ciertamente trasnochadas, cuando no directamente propias de etapas históricas muy superadas. No entenderé nunca por qué la izquierda caviar rechaza la idea de Amor del cristianismo, pero respeta y hasta jalea el concepto de guerra, por muy santa que quieran presentarla. Y menos aun comprendo por qué la Comisión Europea, en un informe elaborado en 2021, recomendaba a los funcionarios, en nombre de la inclusión, felicitar las fiestas, eliminando la palabra que les da sentido: “Navidad”. Lo cierto es que el citado informe acabó siendo retirado ese mismo año, pero el intento recoge bien a las claras la deriva anticristiana, suicida, de los prebostes comunitarios.

El problema es que el paso del tiempo todo lo diluye y el dinero todo lo corrompe, por lo que hogaño, prácticamente, se ha perdido el verdadero sentido religioso, más austero y familiar de la celebración, para dar paso a una apoteosis del derroche, comenzando por la absurda competición del alumbrado de calles practicada por ciertos alcaldes. Siguiendo por los ridículos Papá Noel creados, hace casi un siglo, por una multinacional de las bebidas refrescantes; continuando por el disparatado precio que alcanzan los “tradicionales” productos que presiden las mesas navideñas, para finalizar con el intenso bombardeo al que nos someten para que compremos tales o cuales perfumes, juguetes, prendas de vestir o viajes fantásticos en cruceros de ensueño. Todo sea para que el negocio funcione, mientras que la sociedad se embrutece y aliena un poquito más cada día en un torbellino que nos acerca, de manera irreparable, al abismo de nuestra desaparición como cultura.

Foto de portada: Típico Belén que recrea el nacimiento del Niño de Dios, sentido y origen de las fiestas que celebramos en estos días: la Natividad. Foto: PacoRomán





