Bienaventurados los que no desfallecen,
porque al final, se encontrarán contigo.
Bienaventurados los más jartibles,
porque serán acogidos en tu maternal seno.
¡Esperanza!
El pasado lunes, festividad de la Purísima Inmaculada Concepción de María, era repuesta al culto la venerada imagen de la Esperanza Macarena. Durante tres días de interminables colas de hermanos, devotos, fieles, curiosos o simples sevillanos defensores de sus tradiciones, haciendo gala de una paciencia infinita, viviendo una madrugá “avant la lettre”, aguardando hasta más de cuatro horas para disfrutar de esa mirada que, según alguien escribió, «transporta a la gloria, a la presencia de Dios mismo, esa mirada es la eternidad vivida en un abrazo de Madre». Todos coincidían en lo mismo, si en agosto no era Ella, ahora ha vuelto para quedarse. Todo el mundo alaba la restauración llevada a cabo por el equipo de Pedro Manzano, lo mismo que antes se criticó la protagonizada por Francisco Arquillo, “el médico de la Virgen”, como es conocido, aunque en su última intervención errara el tratamiento. Viendo las incontables reacciones de las personas que se han acercado para contemplarla cara a cara, esas lágrimas furtivas, o no, de felicidad desbordada y contenida a la vez, esos suspiros aliviados al ver que la Madre ha vuelto, esos recuerdos desbordados, salidos desde el rincón más íntimo del alma, evocando visitas que nunca podrán repetirse porque faltan algunos de sus actores protagonistas, poder admirar esa juventud recuperada y preparada para nuevas “madrugás” de ensueño, tener la suerte de disfrutar de su banda del Carmen de Salteras, publicando a los cuatro vientos su vinculación con Ella, poniendo el sonido a una jornada histórica o escuchar a sus Armaos abrazándola en su regreso, con sus notas de Sentencia. Todo esto me ha dado que pensar, especialmente en estas fechas en las que vamos a celebrar la festividad de Nuestra Señora de la Esperanza. Tengo que reconocer una, si quieren, mal sana envidia, viendo la reacción de nuestros vecinos hispalenses y comparándola con la de quienes vivimos Guadalquivir arriba. No puedo entender la diferencia entre los sentimientos, actitudes, comportamientos o cosmovisión de las poblaciones de una y otra ciudad. Córdoba ha presumido durante años de ser, poco menos, que la inventora de eso que se ha dado en llamar “participación ciudadana”, pero la triste realidad es que somos fieles seguidores del pensador galo Jules Renard, al que se le atribuye la frase, “que piensen ellos”, fácilmente sustituible por “que otros lo hagan”, siempre he afirmado con dolor y no poco disgusto, que los cordobeses queremos disfrutar del Carnaval, de la Semana Santa, de la feria, del Rocío, ¡de todo!, pero siempre que nos resulte gratis y no suponga la realización de un esfuerzo añadido, siempre como espectadores, nunca como protagonistas.

En mi humilde opinión, Córdoba ha tenido la desgracia de cargarse todas sus tradiciones más arraigadas, de las que, en el mejor de los casos quedan reflejos, sombras o tristes recuerdos, todo lo cual no significa que vivamos, que estemos construyendo una ciudad moderna, todo lo contrario, porque seguimos mirándonos el ombligo añorando falsamente lo que fue la capital del Califato, porque, afortunadamente, al menos para mí, hemos nacido unos cuantos siglos después y la realidad histórica dista mucho de la Arcadia feliz que cierta historiografía interesada nos quiere vender. A este respecto siempre es buena la relectura de las Notas cordobesas de Ricardo de Montis, autor que, ya a principios del siglo pasado, comenzaba a lamentarse de la pérdida de nuestras tradiciones más arraigadas. Vuela pluma podemos traer a colación las celebraciones navideñas en las casas de vecinos, impensables en la actualidad. La festividad del Tránsito en San Basilio y San Agustín, con sus verbenas y jolgorio por parte de la población. El día de Nuestra Señora de la Fuensanta, cuando la calle Agustín Moreno era “un coche parado”, en palabras de Ramírez de Arellano, aludiendo al gentío que acudía a visitar a la Copatrona de Córdoba, o las visitas a la Virgen de los Remedios los 13 y martes del año. Ciñéndonos a nuestro mundo cofrade, cuantas, y cuantas veces me han soltado la frase, “porque la nuestra debería…”, refiriéndose a la hermandad del tal o cual barrio, y siempre me dan ganas de preguntar ¿te has hecho hermano, desde cuándo lo eres? Por desgracia, esta es la triste realidad, cuánto daría porque se recuperasen aquellas filas interminables de fieles y devotos abarrotando la plaza de Capuchinos o el jardín del Alpargate, porque lo que hogaño contemplamos es una sombra, una quimera de lo que era no hace tanto tiempo. Siempre he estado en contra de las filas interminables de penitentes detrás del Señor y la Señora de Córdoba, compactas columnas de personas cargadas con toda una mochila a sus espaldas, que han ido desapareciendo por las razones más diversas, aunque, me temo, ha faltado la pedagogía suficiente para transformar esa devoción primaria en la túnica o el hábito nazareno de estas dos señeras hermandades. Idéntico análisis realizo para el resto de nuestras corporaciones penitenciales, incluidas las coronadas canónicamente. Considero que la falta de formación de quienes integran, o hemos integrado, las juntas de gobierno, se traduce en una incapacidad manifiesta para “enganchar” a quienes nos rodean. No se puede sacar de donde no hay.

El Papa Francisco hablaba con frecuencia de la necesidad de que la Iglesia fuera misionera, no sólo en países y territorios donde política, social y culturalmente el cristianismo no existe o es puramente testimonial, sino también en Occidente, donde el cristianismo, en general, y el catolicismo, en particular, de la población se da por supuesto, como antiguamente el valor de los soldados. Francisco se refería, especialmente, a Europa y más concretamente a países como Italia, Portugal o España, donde el catolicismo se encuentra en clarísimo retroceso merced a las políticas wok, abiertamente hostiles, financiadas por corporaciones empresariales o financieros privados, empeñados en moldear el mundo a su antojo. A este respecto denunciaba el “clericalismo” como uno de los males que aquejan a la Iglesia en estos países, donde el excesivo intervencionismo del estamento eclesiástico en la vida de la comunidad, impide el ejercicio de los derechos de otros miembros de ella. Y es aquí donde entramos a jugar los cofrades, tenemos una misión muy importante ante nosotros que va más allá de la organización de magnas, procesiones extraordinarias o de la propia Semana Santa. Se trata de ir más allá del puro espectáculo, para que nuestros Titulares sean una realidad cotidiana en nuestras vidas y en las de quienes nos rodean en nuestras calles y barrios, porque esto no es cuestión de que nuestras imágenes sean más o menos bellas, que también cuenta, ¡no!, se trata de compromiso para con los más necesitados. Se trata de coherencia entre lo que predicamos y lo que hacemos. Se trata de ser los primeros en acudir allá donde se nos necesite. Se trata, en fin, de llevar la Esperanza hasta el último rincón de nuestras calles. Sólo entonces podremos disfrutar de colas de hermanos, fieles y devotos en torno a nuestros sagrados Titulares.

Foto portada: Veneración a la Virgen de los Remedios en la parroquia de San Lorenzo, tradición que, a duras penas, se mantiene durante los 13 y martes del año. Archivo de Francisco Román Morales





