Saiz Meneses: “Una vara no concede privilegio, sino responsabilidad”

El arzobispo de Sevilla, monseñor José Ángel Saiz Meneses, ha marcado el comienzo del nuevo curso cofrade sevillano con una intervención centrada en la dimensión espiritual, eclesial y evangelizadora de las hermandades, así como en la responsabilidad que corresponde a quienes asumen su gobierno. La conferencia se ha desarrollado en la sede del Consejo General de Hermandades y Cofradías, en un acto que ha supuesto también el primer inicio de curso de la institución bajo la presidencia de José Rodas.

La ponencia, titulada ‘Alzad la mirada’, ha tomado como hilo conductor el lema utilizado durante el reciente viaje del papa León XIV a España. Desde esa expresión, Saiz Meneses ha planteado una reflexión sobre la necesidad de que las corporaciones cofrades sepan mirar más allá de la gestión cotidiana, de las circunstancias internas y de la mera conservación de sus tradiciones para descubrir de nuevo el sentido último de su existencia.

El arzobispo ha comenzado precisamente por la figura del hermano mayor, cuya responsabilidad, según ha señalado, no puede reducirse a una función administrativa limitada a un determinado periodo de tiempo. Quien ocupa ese puesto, ha explicado, asume un servicio dentro de la Iglesia, recibido con humildad y ejercido ante Dios y en beneficio de los hermanos.

Levantar la mirada para renovar la vida de hermandad

La expresión que da nombre a la conferencia ha servido para introducir una llamada a cambiar la perspectiva con la que se contempla la realidad cofrade. Hay circunstancias en las que, según ha apuntado Saiz Meneses, es necesario levantar la mirada, especialmente cuando las dificultades, las inercias o las preocupaciones cotidianas pueden hacer perder de vista la misión fundamental de las corporaciones.

Desde esa perspectiva, ha situado el cometido de las hermandades en una triple dimensión: propiciar el encuentro con Jesucristo, favorecer el crecimiento en la fe y vivir la comunión de la Iglesia, sin olvidar la responsabilidad de anunciar el Evangelio en el mundo contemporáneo.

El arzobispo ha recuperado también el legado del II Congreso Internacional de Hermandades y Piedad Popular, celebrado en Sevilla en diciembre de 2024. A su juicio, aquella convocatoria planteó una renovación de la mirada que resulta necesaria para que las hermandades puedan ejercer su papel como fermento evangélico dentro de la sociedad actual.

En ese mismo contexto ha situado la esperanza cristiana, que no consiste, según ha explicado, en ignorar las dificultades ni en convertir el pasado en un refugio. La propuesta pasa por contemplar el presente desde los ojos de Dios, una actitud que debe impregnar también la vida de las corporaciones, concebidas ante todo como realidades eclesiales.

Cristo, centro de la mirada cofrade

La reflexión ha avanzado después hacia aquello que debe ocupar el primer lugar en la mirada de cualquier cofrade: Cristo. Saiz Meneses ha partido de la tradición secular de las hermandades y de las imágenes titulares que han concentrado la devoción de numerosas generaciones, pero ha reclamado ir más allá de la mera contemplación exterior.

En este sentido, ha planteado la recuperación de una verdadera dimensión contemplativa de la vida cofrade, entendiendo que la relación con las imágenes puede abrir un espacio de encuentro espiritual. La mirada del fiel hacia la imagen, ha explicado, se convierte en un «cruce de miradas», porque quien contempla descubre que previamente ha sido mirado por Dios.

De ahí ha surgido una cuestión dirigida a los propios responsables de las hermandades: «¿Qué quiere hacer el Señor con nosotros?». Una pregunta que sitúa la vida de las corporaciones ante una perspectiva de discernimiento y no únicamente de continuidad de las costumbres.

El culto ha constituido otro de los grandes asuntos abordados. Para el arzobispo, las celebraciones deben ayudar a entrar en el misterio que se celebra y no quedarse en la dimensión externa. La belleza litúrgica tiene su razón de ser en cuanto conduce hacia Dios, por lo que no puede convertirse en un objetivo aislado.

Desde esa concepción ha recordado que la procesión debe tener su origen en el altar y conducir nuevamente hacia él, del mismo modo que la auténtica devoción a María debe llevar a Cristo y la veneración de los titulares debe contribuir a la transformación interior de quienes participan en ella.

Culto, formación y caridad aparecen así como pilares de la vida de hermandad, pero el horizonte hacia el que deben orientarse todos ellos es, en palabras del arzobispo, la santidad de sus miembros.

Formarse para anunciar y transmitir la fe

La formación ha ocupado igualmente un espacio destacado en la conferencia. Saiz Meneses ha invitado a contemplar los retos derivados de la secularización no únicamente como una dificultad, sino también como una oportunidad pastoral para las hermandades.

Las corporaciones pueden convertirse, ha señalado, en espacios privilegiados de evangelización si son capaces de ofrecer una formación que permita superar el individualismo y fortalecer el sentido comunitario. Formar no significa únicamente transmitir conocimientos, sino también explicar qué es una hermandad y qué implica verdaderamente pertenecer a ella.

El arzobispo ha prestado especial atención a los jóvenes y al trabajo desarrollado desde las delegaciones de juventud. El objetivo, ha señalado, debe ser contar con hermanos suficientemente formados para poder dar razón de su esperanza, capaces de expresar y vivir la fe en una sociedad que plantea nuevos interrogantes.

Una hermandad no es un espacio de intereses particulares

La fraternidad ha constituido otro de los conceptos fundamentales de la intervención. Saiz Meneses ha insistido en que el propio término «hermandad» define una realidad que no puede reducirse a un club, una asociación cultural, un grupo de presión o una estructura destinada a la defensa de intereses particulares.

«Somos hermanos», ha afirmado, situando la fraternidad en el centro de la identidad corporativa. Junto a ella ha colocado la comunión, que no debe confundirse con uniformidad. Caminar juntos no significa pensar exactamente igual, sino compartir un camino porque Cristo ha reunido a quienes forman parte de la Iglesia.

Esta concepción adquiere especial importancia en el ejercicio de las funciones del hermano mayor. Su responsabilidad consiste en escuchar, unir, evitar la creación de bandos y atender también a quienes mantienen posiciones diferentes, procurando que nadie termine sintiéndose apartado.

Es en este contexto donde Saiz Meneses ha pronunciado una de las frases más significativas de su intervención: «Una vara no concede privilegio, sino responsabilidad».

La vida de las hermandades, ha añadido, tampoco puede desarrollarse al margen del resto de la Iglesia. Las corporaciones forman parte de las parroquias, de la diócesis y de la Iglesia universal. Por ello ha pedido cuidar especialmente la relación con párrocos, rectores y directores espirituales, además de favorecer unas relaciones fraternas entre las distintas corporaciones.

La pobreza que no siempre se ve

Al referirse a la caridad, el arzobispo ha llamado la atención sobre una realidad que no siempre resulta perceptible: la pobreza espiritual. Ha hablado de quienes, pese a disponer de bienes materiales, viven sin esperanza, han perdido el sentido de la existencia o no han descubierto el amor de Dios.

Frente a esta realidad, la acción caritativa no puede limitarse a la asistencia material. También exige escuchar, acompañar, visitar, consolar y favorecer la reconciliación. En este ámbito ha recuperado una de las conclusiones del congreso internacional celebrado en Sevilla: la necesidad de que la casa de hermandad sea verdaderamente una casa.

La propuesta supone entender estos espacios como lugares de acogida y acompañamiento, capaces de ofrecer una respuesta humana y cristiana a quienes atraviesan diferentes formas de necesidad.

La procesión como primer encuentro con la fe

La evangelización ha aparecido en la conferencia como otro de los grandes desafíos de las hermandades contemporáneas. Saiz Meneses ha reconocido que la sociedad atraviesa procesos de secularización, pero ha señalado simultáneamente la existencia de una búsqueda de sentido, un deseo de fraternidad, una demanda de autenticidad y personas que continúan buscando respuestas.

En ese escenario, las hermandades sevillanas disponen de una capacidad particular para entrar en contacto con personas que quizá no se acercarían inicialmente a otros ámbitos de la Iglesia. Una procesión puede alcanzar a quien no acudiría a una catequesis; una imagen puede suscitar una pregunta en quien no entraría espontáneamente en un templo; un silencio ante un Cristo, la mirada de una Virgen, una marcha procesional o un gesto de caridad pueden convertirse en una puerta hacia la gracia.

Pero ese primer contacto, ha advertido, necesita continuidad. El impacto producido por una manifestación de piedad popular debe poder desembocar posteriormente en un itinerario de fe, razón por la que las hermandades tienen que estar preparadas para acoger y evangelizar, no solamente para incorporar nuevos miembros.

La reflexión enlaza nuevamente con el II Congreso Internacional de Hermandades y Piedad Popular y con su propuesta de convertir las corporaciones en «casas y escuelas de vida cristiana», lugares para el primer encuentro con el Señor y espacios capaces de establecer un diálogo entre las tradiciones recibidas y la realidad contemporánea.

Recibir una herencia para hacerla fructificar

La mirada hacia el futuro ha llevado al arzobispo a reivindicar la historia de las hermandades, pero también a advertir sobre la responsabilidad que implica custodiarla. «Las hermandades tienen una historia admirable», ha señalado, antes de plantear la necesidad de una «fidelidad creadora».

Las generaciones actuales han recibido de sus antepasados corporaciones vivas, y el deber consiste en entregar esa herencia a quienes vendrán con la misma vitalidad e incluso con nuevas capacidades para responder a los desafíos de su tiempo.

No se trata, por tanto, de conservar la tradición como una realidad estática, sino de mantenerla viva y fecunda, haciendo posible que aquello que fue recibido pueda seguir cumpliendo su misión en circunstancias históricas diferentes.

Un decálogo para quienes gobiernan las hermandades

La conferencia ha regresado en su tramo final a la figura del hermano mayor, presentado como «servidor de una misión». Saiz Meneses ha insistido en que su primera tarea es espiritual y ha ofrecido una serie de orientaciones para afrontar las distintas situaciones que pueden aparecer durante el ejercicio de su responsabilidad.

Ante las dificultades, ha propuesto regresar a lo esencial; cuando surjan tensiones, volver a Cristo; en los momentos de cansancio, acudir al Sagrario; ante el éxito, dar gracias a Dios; frente a las críticas, escuchar con humildad, y cuando llegue el momento de tomar decisiones, buscar el bien de todos.

Todo ello requiere también atender la propia vida interior. «Nadie puede dar lo que no tiene», ha recordado el arzobispo, situando la vida espiritual de quienes ejercen responsabilidades al frente de las corporaciones como una condición indispensable para desarrollar adecuadamente su servicio.

Saiz Meneses ha puesto así el cierre a su intervención retomando el lema ‘Alzad la mirada’ y trasladando a los hermanos mayores un último mensaje sobre el patrimonio espiritual que representan las hermandades sevillanas. «No tengamos miedo, Sevilla posee un tesoro inmenso en sus hermandades y en su piedad popular, pero ese tesoro no nos ha sido entregado para conservarlo escondido. Nos ha sido confiado para que dé fruto», ha concluido.