San Bernardo, la eterna esencia de la Semana Santa de Sevilla

San Bernardo es una cofradía que llena de exuberancia y sentido las letras de esta palabra. Es una de las cofradías que más se canta en Sevilla, de artículo de Burgos a verso de Caro Romero. “Va en un paso con trapío, // que reluce tan gallardo, // que es el clavel y no el nardo // quien con puntería artillera // mide la gracia torera // del barrio de San Bernardo…”.

Si recordamos a la cofradía, la memoria se deslumbra con el recuerdo de un sol resplandeciente que compite con la canastilla del Cristo de la Salud. Y un cielo azul, muy azul, intenso, como si fuera el color brillantísimo que Tiziano no pudo alcanzar. Pero principalmente cuando pensamos en San Bernardo proyectamos el barrio. Antiguo, puro, exacto. Cuando llega el Miércoles Santo el viejo arrabal recupera la gloria de años pasados. Despierta de un letargo anual para que cada palmo de sus calles se convierta en una dimensión de alegría y alboroto.

El Miércoles Santo en San Bernardo no se cumplen costumbres sino tradiciones. Es un hermano de 70 años en la puerta de la casa donde nació, el lugar donde su madre le trasmitió su devoción por la Virgen del Refugio; son amigos en la calle ancha que no quedan, saben que esa tarde a las dos su sitio está en un bar de la calle “Ancha”; son niños en primera fila que reciben decenas de estampitas y cuando se dan cuentan de que han crecido están en la fila con un cirio; son monaguillos repartiendo caramelos; madres en el día que más orgullo sienten en el año porque su hijo va con una varita y su marido de costalero. Son tantas tradiciones, tantas vivencias, tantos recuerdos que forman un capítulo de la vida. Quien mejor lo sabe es aquel nazareno que tras su antifaz ve pasar los años, cada Miércoles Santo, viendo a las mismas personas que no conoce en el punto exacto de la salida, de Gallinato, de la calle Ancha, del Puente.

La cofradía es la vida misma. Años y años pasando por todos los sitios para terminar en el último tramo de palio, como abuelo de la mano de su nieto. El Cristo de la Salud profesa una de las devociones más puras e íntimas de la Semana Santa de Sevilla. Es la última imagen, el último recuerdo, la última palabra antes de dormir. El recuerdo de niño acompañando por las trompetas de Santa María Magdalena de Arahal. Cuando aparece la Virgen del Refugio las mujeres del barrio estallan. No pueden parar las lágrimas y los piropos. La Virgen del Refugio es el eje del barrio, con Ella todo sentido. Estar pegado al respiradero de su paso es estar sin exageración en la gloria y ver pasar la vida en un instante. Una flor en toda su esencia que cuando la pierdes de vista se nos viene a la cabeza el verso de una saeta jerezana, “¿Quién te vio y no te recuerda”.

Los pasos, homenajes al clasicismo, andan elegantes. Son capotazos bien trazados de Pepe Luis Vázquez. El aire de antaño llega cuando presenciamos la cofradía de los toreros. Aquella cuyos momentos los guardamos con los más preciados de la Semana Santa personal. Basta mirar cualquier fotografía de la cofradía con casi un siglo de existencia para encontrar cuantiosas diferencias y mirarla otra vez para no encontrar ninguna. San Bernardo es la cofradía por excelencia, la que nos toca el corazón, la que nos emociona cada año, la que certifica la eterna esencia de la Semana Santa de Sevilla.