Sevilla, 💚 El Rincón de la Memoria

El secreto que esconde la lengua de la Encarnación de la Calzada

De “Palomita de Triana” a Madre de la Calzada

Ni otra amargura mayor

ni otro rostro más bonito

que el de esa bendita Flor, orgullo de San Benito

Madre de la Encarnación.

(A. R. Buzón)

La dolorosa de San Benito conmemora estos días el primer cuarto de siglo desde que fue coronada por el Cardenal Fray Carlos Amigo Vallejo. Un acontecimiento esencial para sus miles de devotos que forma parte de la memoria colectiva de la Sevilla Cofrade. De autor desconocido, Nuestra Señora de la Encarnación es una de las grandes imágenes de la Semana Santa hispalense. Con sede en la desaparecida ermita de la Encarnación, próxima al convento de las Mínimas, en el arrabal trianero, perteneció a una hermandad que en principio nació con carácter letífico. Las reglas fueron aprobadas en 1554, ya con carácter penitencial, acudiendo a la catedral de Triana en 1845.

Mientras que del Cristo de la Sangre primitivo se desconoce su paradero ― Pérez Porto comenta que terminó en un pueblo, aunque no da el nombre ―, la dolorosa acabó en un lejano barrio de la ciudad, hecho que sucedió tras “la Gloriosa”, la revolución de 1868 que acabó asestando un fuerte golpe a la Iglesia. Como tantos otros templos, la junta revolucionaria se incautó de la ermita que, tras sacarla a subasta pública, fue después derribada. Así es como la “Palomita de Triana” ― según los historiadores, llamada así por la gloria del palio, que tenía la representación del Espíritu Santo ―, acaba en la iglesia del monasterio de San Benito de la Calzada.

En 1921, un grupo de cofrades decide continuar con la antigua hermandad de la Sangre. Ya contaban con la imagen mariana, a la que agregaría el pasaje de la presentación al Pueblo. En los años sesenta se contaría con una nueva imagen, el Cristo de la Sangre, de Buiza. Cuentan las crónicas que, cuando el palio de la Virgen de la Encarnación acudía a Santa Ana en la tarde de Viernes Santo, llamaba la atención de los presentes por la riqueza de las telas y la plata de la orfebrería. De aquellos tiempos poco puede conocerse ya, solo los datos que se reflejan en diversas obras de historiadores, quienes también recogen las impresiones de aquellos testigos directos.

Autoría y restauraciones

En cuanto a la autoría de la imagen, dolorosa de candelero realizada en madera de cedro ― no así la cabeza que, junto con el cuello, son de pino silvestre ―, algunos estudiosos sitúan su ejecución en el primer tercio del siglo XVII. De autoría anónima, historiadores como Carrero encuentran similitudes con la trianera Virgen de la Estrella así como con la dolorosa de la Puebla del Río, llegando a afirmar que las tres forman un conjunto de imágenes que ofrecen un concepto análogo a la hora de interpretar el dolor de María.

Martes Santo 15 de Abril de 1930

De 1819 se conserva un legajo donde consta que se realizaron varios retoques a la imagen, aunque no se precisa en qué consistió esa restauración. Una de sus últimas restauraciones data de 1984, llevada a cabo por José Rodríguez Rivero- Carrera, mientras que la más reciente, a manos de Juan Manuel Miñarro, fue realizada en 2014. El profesor sacó varias conclusiones. Por ejemplo, que la imagen había llevado anteriormente ojos de cristal, tal y como observó en los huecos abiertos en la parte superior de la mascarilla. Por lo tanto, este hecho, que comienza a ponerse de moda a finales del XVII hace que Miñarro sitúe la ejecución de la imagen a finales de esta centuria o a principios del XVIII. La primera mención de ella en los papeles que custodia la corporación del Martes Santo son de 1762, por lo que su hechura se situaría entre esta fecha y el primer inventario que realiza la cofradía, en 1625, donde constan los bienes que posee y en los que no se cita la existencia de la Virgen de la Encarnación.

Miñarro destacó que probablemente los ojos de cristal fueron sustituidos por unos de pasta en la década de los treinta del pasado siglo, afirmando que el autor de ese cambio realizó esto seccionando la mascarilla, rellenando posteriormente los huecos con pasta y clavos. También afirmó que la dolorosa presentaba un corte en el cuello, provocado para cambiar la inclinación de la cabeza, en este caso, hacia la derecha. Finalmente, el autor de la restauración comentó que bajo los ojos había hasta cuatro capas de repintes.

Tras esta restauración, se inauguró una exposición donde la hermandad dio a conocer en qué había consistido este proceso. Sin embargo, llamó poderosamente la revelación de un dato desconocido por gran parte del mundo cofradiero. Bajo el nombre “El nombre de la lengua” aparecía un relato donde se narraba que en la lengua de la dolorosa aparecía el nombre de “Juan”. Y lo que resulta más sorprendente, si cabe, es que el nombre habría sido tallado durante la ejecución de la talla. ¿Quién era Juan? ¿Podría ser el nombre de pila del autor que dio vida a la dolorosa del Martes Santo? De ser así, ¿sería este autor también quien realizase otras dolorosas que comparten características con la Virgen de la Encarnación?

Tras las diversas restauraciones, la imagen ha ido desvelando los misterios que la rodean. Sin embargo, todavía sigue siendo un enigma quién fue el autor de una dolorosa que residió en una lejana ermita de Triana y que cada tarde de Viernes Santo recorría las calles del viejo arrabal. Nuestra Señora de la Encarnación renacería en la Calzada, cuyo barrio acude a sus plantas formando parte de un rosario de peticiones que cada Martes Santo se materializa en el que porta en su mano derecha.

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