Sendero de Sueños | Aberración

Érase una vez dos niñas tan inocentes y tan radiantes como el sol. Ambas tenían nueve años. Vivían a miles de kilómetros una de la otra; sin embargo, ambas tenían algo en común, tenían la edad perfecta para disfrutar. Una vivía en un país donde se la trataba como niña desde todos los organismos; la otra, no.

Una disfrutaba de sus amigas en el colegio; la otra, sin embargo, era cambiada por su familia, a cambio de una dote. ¿Les suena? Sí, hablo de las diferencias que puede haber entre, mi hija, por ejemplo, y una niña de Irak. Una niña para quien su parlamento ha aprobado, entre otras muchas leyes, la legalización del matrimonio de niñas a partir de los nueve años.

Y aquí nadie dice nada. Ni izquierda, ni derecha, ni los de arriba, ni los de abajo. Todos callados, vaya a ser que se nos tache de racistas o lo que es peor, de ir en contra de una religión. Porque no se equivoquen, esta ley «otorga a los tribunales islámicos una mayor autoridad en cuestiones familiares como el matrimonio, divorcio y herencias».

En este país se nos llena la boca al hablar de igualdad de oportunidades, de lenguaje inclusivo y de que todos somos iguales. Pero ante esto, todos callan, ¿por qué? Hay que alzar la voz ante aberraciones como esta. ¿A qué se tiene miedo? Pocos mensajes públicos de repulsa he visto.

Una niña de nueve años debe estar jugando, estudiando, soñando con un futuro, repleta de ilusiones. Con una gran sonrisa dibujando su cara. No a merced de cualquier desarmado que quiera destruirle su vida por completo, física y psicológicamente hablando.

Dejemos de mirar hacia otro lado, políticos, Iglesia y hermandades. Mostremos al mundo que la vida de todos vale igual para nosotros y denunciemos la falta de humanidad hacia una niña que, tiene toda una vida por delante para tener un sendero de sueños.