Todos los datos sobre la exposición de Martínez Montañés

Martínez Montañés, maestro de maestros ya es una realidad. La sala V del Museo de Bellas Artes así como la de exposiciones temporales muestran un total de 58 piezas relacionadas con uno de los grandes escultores del Barroco. 44 esculturas, relieves y diez composiciones pictóricas componen una muestra que vendrá a ser referente de la cultura durante los próximos meses en la capital.

Sala V

El antiguo templo del Convento de la Merced se divide en esta ocasión en dos salas: la de Grandes encargos y la de Imaginería devocional.

La primera de ellas, “Monasterio de San Isidoro del Campo” acoge obras que fueron realizadas por el jienense para el cenobio situado en Santiponce. Así pues, en primer lugar se encuentra San Juan Bautista, cuyo rostro manifiesta una profunda concentración espiritual. A continuación, una pequeña imagen de la Virgen con el Niño Jesús que se encuentra en la capilla eucarística del Reservado, fechada a finales de la primera década del siglo XVII. De la misma etapa son San Joaquín y Santa Ana, destacando en ellas los rasgos que muestran su ancianidad. Posteriormente llaman poderosamente la atención los sepulcros que realizara para albergar los restos mortales de los fundadores del monasterio: Alonso, fundador de la casa de Medina Sidonia, y María Alonso Coronel, rezando ante un reclinatorio donde sobresale el libro de horas, un motivo recurrente en el retrato funerario.

El siguiente espacio recoge sus encargos para el Convento de San Leandro, como la Virgen María y San José, ejecutados a principios de la segunda década del siglo XVII. Ejecutadas sobre un solo bloque de madera, fueron posteriormente ahuecadas para aligerar el peso. Aquí ya comienza a intuirse la colocación avanzada de la pierna, que más tarde será uno de sus rasgos más definitorios. San Juan Bautista en el desierto, obra policromada por Baltasar Quintero se convierte en la pieza central de esta sala. En esta ocasión el santo aparece imberbe, sosteniendo con la mano izquierda una cruz mientras que con la derecha señala la representación simbólica del Agnus Dei. Santa Isabel y San Zacarías también han sido cedidas por las monjas del convento, santos que están presentes en el retablo al ser los padres del Bautista, personaje central del conjunto. Bautismo de Cristo y ángeles atlantes y tenantes del retablo también aparecen aquí, sumándose Cabeza de San Juan Bautista, de Gaspar Núñez Delgado, como referente iconográfico según las directrices del Concilio de Trento. Precisamente sobre esta aparece la cabeza del Bautista que realizara Montañés, y que ahora puede observarse con más detalle con respecto a su posición en el citado cenobio.

Esta primera parte en la que se divide la sala V del museo concluye con los encargos realizados para el Convento de Santa Clara, como el San Juan Bautista y el Evangelista, santos que gozaron de un importante auge en la España de la Edad Moderna. Pero el santo que más destaca en este enclave es San Francisco de Asís, realizado hacia 1623-1625 y que la crítica considera una de las mejores obras de la producción del imaginero. Llama la atención la vibrante animación de la mano derecha, que contribuye a que toda la atención de la figura se proyecte hacia el crucifijo que sustenta.

A continuación el visitante podrá observar el Retrato de Miguel Jerónimo y su hijo así como el de la esposa de Miguel Jerónimo y su hija, dos óleos que forman parte del Museo de Bellas Artes y que son obra de Francisco Pacheco. Desde el Museo Nacional de Escultura se han cedido la obra San Juan Evangelista, realizada cuando contaba el escultor con 70 años de edad. Aparece acompañada por Martirio de San Juan Evangelista así como por diversos óleos, como San Agustín, Santa Catalina de Alejandría y Santa Teresa de Jesús, San Cristóbal y Santa Catalina de Siena y Santa Lucía, todas ellas de Francisco Varela. Por último, el Buen Suceso ha prestado Santa Ana, que en el templo aparece con una Virgen Niña que no está presente debido a que se trata de una obra posterior, pues la que tallara Martínez Montañés se encuentra en paradero desconocido.

La segunda zona se centra en imaginería devocional, y esta a su vez contiene dos espacios, uno con grandes producciones del genio y otra con piezas que forman parte del retablo de la Iglesia de San Miguel, de Jerez de la Frontera. Da la bienvenida el Retrato del escultor Juan Martínez Montañés, realizado por Francisco Varela, propiedad del Ayuntamiento de Sevilla, depositado actualmente en la Fundación Focus-Abengoa. La imponente imagen de San Cristóbal con el Niño, de la Iglesia del Divino Salvador, aparece después, destacando en ella la enérgica disposición corporal. Desde Llerena llega un San Jerónimo penitente, que se encuentra en el Convento de Madre de Dios y los Pobres, que parece dialogar con otro San Jerónimo, en este caso de Pietro Torrigiano y que forma parte del museo. Pieza fundamental para observar la inspiración de Montañés en cuanto a la realización de este santo. Acompañan San Jerónimo Penitente, del Monasterio de San Isidoro del Campo así como Santo Domingo de Guzmán penitente, fechado en torno a 1605 y 1609. Aunque en sus orígenes ocupó la hornacina central del retablo mayor de la iglesia del convento dominico de Porta Coeli, hoy forma parte de la pinacoteca.

Otra de las obras sobresalientes es la de San Bruno, una talla sobria que conjuga a la perfección la esencia del retratado, impulsor del eremitismo como camino hacia la santidad, y los preceptos cartujos de silencio, soledad y austeridad. Cierran la sala San Pedro y San Pablo, realizados entre 1633 y 1638 y donde Montañés sigue modelos iconográficos establecidos en años anteriores por Francisco de Ocampo.

Sala Exposiciones temporales

A continuación el visitante accederá a la sala de exposiciones temporales. Cuatro divisiones: la Compañía de Jesús, la Infancia, la Inmaculada y el Crucificado.

Sevilla fue una de las ciudades que más se volcó en la canonización de San Ignacio de Loyola y de San Francisco de Borja. Enfrentados se encuentran dos óleos sobre lienzo que representan a estos santos jesuitas mientras que después pueden admirarse las dos obras que ha cedido la Universidad de Sevilla y que han formado parte del homenaje que la institución ha querido rendir al maestro de maestros en la Iglesia de la Anunciación. Esta primera sección contiene además un pequeño Niño Jesús del círculo del imaginero.

Desde Huelva, concretamente desde la Catedral, ha llegado la Virgen con el Niño, Virgen de la Cinta, madera tallada, estofada y policromada al igual que la Santa Ana maestra con la que comparte espacio. Esta última llamará la atención por su mirada elevada al cielo, que cobra sentido si se tiene en cuenta que sobre la hornacina central debía aparecer el Espíritu Santo, que derramaría su inspiración sobre esta.

No falta en la exposición el Niño Jesús de la Archicofradía Sacramental del Sagrario, que encargó en 1609 la imagen de un Niño Jesús triunfante en madera de cedro y con una cruz, iconografía en consonancia con los postulados del Concilio de Trento. Policromado por Gaspar de Raxis, la imagen fue concebida para vestir. Este Niño Jesús se convirtió en el modelo iconográfico más representativo de la devoción al Dulce Nombre de Jesús. También el Niño Jesús aparece acompañado por San José, el grupo escultórico que custodia la Iglesia de Santa María Magdalena, de excelente calidad. Entre 1605 y 1608 realizó la Virgen María y San José que pueden contemplarse formando parte de esta sala, y que han sido cedidas por la Hermandad del Silencio.

La Inmaculada centra las atenciones en la penúltima sala, en especial la Cieguecita, siendo la iconografía más ensalzada de esta producción. Formalmente responde al modelo de Virgen apocalíptica, con la corona de estrellas —que no porta—, las manos juntas, sobre ángeles y la luna a sus pies. Dos siglos antes de que la Iglesia declara el dogma de la Inmaculada, Montañés fijaba el prototipo visual de este misterio. Junto a ella se encuentran la Inmaculada Concepción del Convento de Santa Clara, la que se encuentra en la Iglesia de Nuestra Señora de la Consolación, de El Pedroso, y las que están ubicadas en la Iglesia de San Andrés y San Julián, la primera de ellas realizada hacia 1620 y la segunda, cinco años más tarde, cuya mirada baja recoge el ideal montañesino de humildad y modestia.

No se entiende este enclave sin la figura de Mateo Vázquez de Leca, que el Ayuntamiento borró del callejero hace escasos meses. De ahí el óleo sobre lienzo que aparece en la citada estancia y que recoge a uno de los defensores más destacados del dogma inmaculista e impulsores de esta devoción en la Sevilla de principios del XVII. La Virgen dirige su mirada hacia el clérigo, que porta ropaje de canónigo, elevando su vista al cielo.

Cristo de la Clemencia en la Catedral de Sevilla

Un Cristo crucificado realizado en marfil, ébano, caoba y plata, de Gaspar Núñez Delgado, recibe al visitante. Realizado en 1588 es indiscutible su presencia, pues su autor inaugura un modelo que tendrá continuidad, tanto en la expresividad anhelante del rostro cargado de detalles como la ceja atravesada por una espina, pasando por el original paño de pureza compuesto por amplios pliegues oblicuos en torno a la soga. Aparece también un Cristo crucificado que forma parte del retablo iconográfico destinado al ático del retablo mayor del Convento de Santa Clara y que policromó Baltasar Quintero.

Preside esta última sala el Cristo de la Clemencia, realizado en 1603, y que fue un encargo del canónigo Mateo Vázquez de Leca para su oratorio privado. En el documento se establece que debía representar a Cristo vivo, antes de expirar, con la cabeza inclinada hacia el lado derecho para invitar al fiel a la oración. La armonía de proporciones, el equilibrio expresivo así como la serenidad que transmite la imagen sorprenderán por su naturalismo, realizado por la policromía que le aplicara Francisco Pacheco.

Por último, a la izquierda del Cristo de la Clemencia aparece Cristo muerto, en este caso el imponente crucificado que se custodia en el Convento del Santo Ángel. El Cristo de los Desamparados, realizado en 1617, muestra una expresión sosegada del dolor, con la habitual barba bífida de suave talla, al igual que los mechones del cabello. Aunque no aparecen documentos que corroboren que Pacheco policromó la imagen, los críticos creen que podría haber sido así a tenor de la tonalidad de la encarnadura, muy pálida.