Como marcan los Estatutos de la Muy Humilde y Antigua Hermandad Sacramental, cada primer viernes de marzo se expone en devoto besapiés la venerada imagen del Santísimo Cristo del Remedio de Ánimas, para lo cual se ha preparado su capilla de tal modo que no solo solemnice dicho acontecimiento, sino que también ofrezca públicamente una protestación de fe. Asimismo, se celebra el quincuagésimo aniversario de la llegada y bendición de la venerada imagen de Nuestra Señora, Madre de Dios en sus Tristezas, de manera que el desarrollo de este piadoso acto exhibe un particular valor: la presencia de María Santísima, aquella de quien S. S. Juan II dijo: «Rectamente enseñamos ser confesada por los católicos como propia y verdaderamente engendradora de Dios y Madre de Dios Verbo, de ella encarnado» (Dz 202).
A través de los ojos de María, meditamos la vida de Jesús, rememorando las palabras de S. Juan Pablo II: «Entre las criaturas nadie mejor que ella conoce a Cristo, nadie como su Madre puede introducirnos en un conocimiento profundo de su misterio» (Rosarium Virginis Mariae, 14). Por dicha meditación, consideramos las necesidades de Nuestra Señora ante la muerte del Hijo, representadas hoy en este altar efímero: las escaleras, la sábana y el sepulcro. Estos tres elementos retumban en nuestra mente como símbolos elocuentes de las necesidades no solo de la Santísima Virgen, sino de nosotros mismos, que hace pocos días comenzamos la Cuaresma.
En primer lugar, las escaleras nos recuerdan la necesidad que tenemos de Dios en nuestra vida. Este elemento simboliza el instrumento que nos permite acercarnos a él y que certeramente evoca a la oración, pues la «oración es subir el ánima sobre sí y sobre todo lo creado, y juntarse con Dios» (Fr. Luis de Granada, Libro de la oración y meditación, 1,1). En segundo lugar, vemos la sábana que cubrirá el cuerpo de Jesús y que lo portará; la cual es reflejo de aquella otra necesidad particular que tenemos: la de revestirnos de Cristo (Gál 3,27), de modo que imitemos al Maestro en todo lo que él hizo (cf. Ef 5,1). Por último, hallamos el sepulcro, que para nosotros debe ser recuerdo de nuestra necesidad de apartarnos del pecado y despojarnos del hombre viejo (cf. Ef 4,22) para renacer en Cristo, que hace nuevas todas las cosas (cf. Ap 21,5). Tres necesidades que, en su momento, la Madre de Dios sintió con gran dolor y tribulación, y que nos recuerdan ahora simbólicamente que <<no hay sacrificio más agradable a Dios que el corazón atribulado, ni señal más cierta de su amistad que la paciencia en la tribulación» (Fr. Luis de Granada, op. cit., 1,3), pues nosotros nos «gloriamos incluso en las tribulaciones» (Rom 5,3).
Con esta declarativa escena nos congregamos una vez más ante la presencia del Santísimo Cristo del Remedio de Ánimas y hacemos un nuevo acto de piedad y religión en honor de aquel que fue «despreciado y evitado de los hombres» (Is 53,3) y que «Dios lo exaltó sobre todo y le concedió el Nombre-sobre-todo-nombre» (Fil 2,9), a la vez que llevamos en nuestro corazón a Nuestra Señora, Madre de Dios en sus Tristezas, en esta efeméride tan especial para nuestra hermandad.











