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Córdoba, Costal, El Cirineo, Opinión

Un camino hacia el abismo

Los cofrades vivimos en los últimos tiempos instalados en una continua montaña rusa de acontecimientos que parecen no tener fin. Una secuencia infinita de ascensos y descensos desenfrenados, de sensaciones encontradas, de sentimientos a flor de piel, que entre todos estamos potenciando y que está alcanzando niveles difíciles de digerir. Nos despertamos con nombramientos de capataces, desayunamos a media mañana con la nueva corona para la dolorosa de turno, almorzamos con un nuevo contrato de bandas, pasamos la tarde con alguna que otra destitución y cenamos con una nueva imagen que se incorpora al patrimonio de tal o cual hermandad. No me malinterpreten, me parece maravilloso que las cofradías se hayan labrado el hueco que merecen, por la trascendencia artística, religiosa, cultural y económica, en el maremágnum de información diaria que preña la red de redes, y creo firmemente que la presencia de las hermandades en los medios resulta esencial como cauce para alcanzar una de las patas fundamentales de la acción que han de desarrollar, la evangelización, pero a veces, muchas veces, tengo la sensación de que hemos creado entre todos, y sálvese quien pueda, estrellas mediáticas y pseudopolíticos en lugar servidores.

Hoy, se anuncian preacuerdos entre cofradías y bandas, se fichan capataces al más puro estilo PSG, se presentan estandartes o sayas como si fuesen cuadros del Louvre y se perpetran campañas electorales que ríase usted de las elecciones a la Casa Blanca. Cuestiones todas ellas, que incorporadas a la coctelera de mis pensamientos, en ocasiones desordenados, me hace preguntarme si marchamos por el camino correcto; y mi respuesta es desoladora. ¿Dónde están las cofradías en las que nos criamos, en las que los niños aprendían de sus mayores a limpiar la plata, a recoger las túnicas o a barrer antes de disponer la alfombra para un altar de cultos? ¿En qué han quedado las mentes limpias cuya única ilusión se limitaba a ser partícipe de un sueño común, a colaborar a construir entre todos un proyecto colectivo, sin pretensión alguna de ser poseedor de una vara –dorada o no- y ocupar un lugar de privilegio en una presidencia, frente un martillo o bajo una trabajadera? ¿En qué preciso instante se convirtió en más importante una coreografía que un Titular, un costal que una oración callada o una salida extraordinaria que una Fiesta de Regla?

Creo, sinceramente, que todos tenemos la culpa de la situación alcanzada. Los dirigentes, por su deriva incompetente y un afán de poder desmedido que propicia que se empeñe la libertad de acción futura a cambio de un puñado de votos que hagan ganar unas elecciones… que termina provocando un sometimiento, más o menos evidente, al chantaje vergonzoso de un puñado de necios que piensan que saber de cofradías es recitar de memoria el nombre de las marchas de los últimos discos de la banda de moda. Los medios de comunicación, cómplices necesarios, y en ocasiones suficientes, en la entronización de directores de bandas o capataces, llegando al bochornoso absurdo de llamar a la cuadrilla del Señor o de la Virgen, “la cuadrilla de fulano”. La jerarquía eclesiástica y los directores espirituales, unos por inducción a multiplicar las procesiones, las extraordinarias y las profundamente ordinarias, para sacar músculo frente a determinados sectores políticos que odian todo lo que huele a incienso, utilizando burdamente a los cofrades, y otros por omisión, haciendo una despreciable dejación de funciones reduciendo su labor pastoral, como máximos responsables de la espiritualidad de una cofradía, a la nada más absoluta. Y los cofrades de a pie, que buscan con fruición la foto del banderín de una banda, graban una coreografía más pendiente de un caballo que de Quien preside el Misterio, o acude a una salida procesional en masa, como quien lo hace a un partido de fútbol, y pasa absolutamente de los cultos de su cofradía.

Por unos o por otros la casa está sin barrer, el camino hacia el abismo perfectamente definido y el desastre cada vez más cerca. Y mientras tanto, continuamos erigiendo en héroes mitológicos a un solista de corneta, a un patero o a un cura mediático, olvidando que sin trasfondo todo esto carece de sentido. Hace años, alguien me dijo que asistiríamos al final de la Semana Santa tal y como la conocemos. En su momento me pareció una exageración pero, años después, he de decir que tenía razón. No sé si llegaremos a vivir el final de la Semana Santa, pero lo que sí tengo claro es que la Semana Santa que muchos conocimos hace mucho que dejó de existir. Desconozco si es tarde para lograr una involución a un proceso que se inició hace ya décadas y que se ha extendido como una mancha de aceite por el universo cofrade. Como desconozco si realmente existe intención de que esta situación se revierta o si la mayor parte de los actores se encuentran satisfechos con el resultado. Yo por el contrario, continúo siendo testigo de espectáculos concebidos para mayor gloria de quienes lucen faja, costal o corneta mientras los cortejos presentan números ridículos y me encuentro por la calle a decenas de hermanos asistiendo a la fiesta como si con ellos no fuera la película, como meros espectadores de algo de lo que un día fue una parte importante de sus vidas y alguien les arrebató para siempre.

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