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Córdoba, Galerias

Un dulce sueño de cofradías

La ciudad de Córdoba ha vivido este Domingo para la historia un auténtico sueño materializado por obra y gracia de sus cofradías, que ha servido de perfecto colofón a dos semanas inolvidables. Sin tanta burocracia ni organización, con cierta anarquía, si se quiere, dentro del orden establecido y demostrando que cuando las cofradías se lo proponen no es precisa tanta rigidez ni parafernalia y que las propias cofradías son capaces de dar sentido a lo que hacen en las calles, modificando sobre la marcha cuando ha sido preciso y haciendo gala de la cortesía cuando alguna corporación, que marchaba con retraso, ha tenido que desandar unos metros para dejar paso a otra, con naturalidad y sin aspavientos ni palabras fuera de tono.

La tarde abrió su cielo de par en par otra vez, como ocurriese el pasado sábado, pese a que a lo largo de la mañana pareciese imposible habida cuenta de la que estaba cayendo. El grisáceo del firmamento optó por el exilio apenas un par de horas antes de que los cortejos comenzasen a tomar posesión de las calles, primero el del Buen Suceso, ¡qué evolución la de esta cofradía!, anunciando la llegada del Nazareno de San Andrés, magnífico y elegante, presidiendo como nunca su paso de misterio y concitando todas las miradas ataviado con su nueva túnica que era la comidilla a su paso.

Tras Él, comenzaron a precipitarse los acontecimientos, convirtiendo las calles aledañas en un auténtico correcalles en virtud del ir y venir de cofrades llegados de los cuatro puntos cardinales de la geografía cofrade que iban de esquina en esquina buscando los pasos que aparecían tras ellas. Redención derrochando la brillantez que jamás debe perder su cuadrilla al compás incomparable de su agrupación musical, un lujo sin medida que provocaba la admiración de muchos visitantes que preñaban las calles que no alcanzan a comprender cómo esta banda sigue siendo puesta en duda por algunos de manera incomprensible, sobre todo en su propia tierra. 

Excelente el nivel evidenciado por la Agrupación Musical de la Sagrada Cena tras el misterio de la corporación de Poniente, al paso de una cuadrilla siempre fiel a su estilo, a caballo entre la alegría contenida y la elegancia que siempre derrocha. Como elegante fue el caminar del Nazareno del Campo de la Verdad, Nuestro Padre Jesús de los Reyes, brillantemente acompañado por la Centuria Macarena, un auténtico lujo para los paladares más clásicos. O la brillantez y la fuerza del misterio de la Penas de Santiago, que volvió a poner boca abajo su calle del Sol como hace cada Domingo de Ramos, tras su emotiva visita a San Pedro. Gran nivel el mostrado por Santa Cecilia de Aguilar de la Frontera tras el potente caminar del misterio.

Especialmente destacables han sido las escenas singulares que se han podido degustar en esta ocasión irrepetible. El caminar de los pasos del Cerro en silencio u ocasionalmente acompañados de música de capilla; la infinita elegancia del misterio del Descendimiento, también en silencio; el singular acompañamiento musical del Remedio de Ánimas, incorporando un elemento singular a una puesta en escena que siempre permanece inalterable; el Nazareno con música de capilla; el devenir del Cristo de la Clemencia, sencillamente espectacular con las cornetas de Coronación de Espinas, otro de los lujos al alcance de Córdoba y el caminar del paso de misterio de Nuestro Padre Jesús de las Penas al son de la Banda de Música de la Esperanza, caminando a paso Pilatos y dejando una escena única. Especialmente memorable fue el primer tramo de la Calle de la Feria al compás de «Soleá dame la mano»… unos minutos de muchos kilates.

Magnífica la puesta en escena de los dos nazarenos del Miércoles Santo, Jesús del Calvario, a hombros de su siempre solvente cuadrilla costalera y Pasión, derramando aroma de barrio al son de Virgen de los Reyes. Como excelente fue la magia que destilaba el misterio de Las Angustias, que ha recuperado un aura que algunas echaban de menos así como la sobriedad del Cristo de la Universidad, cuya mera visión bajo la negrura de la noche cordobesa, es reclamo suficiente para agitar el espíritu ante su impresionante efigie.

Todo ello en contraste con la espectacularidad sin medida del misterio de Nuestro Padre Jesús de la Humildad y Paciencia, que parece no necesitar ni de aroma de azahar, ni de cortejo nazareno, ni de Jardines de Colón, para convertirse en protagonista inigualable de flashes y smartphones. Cuando el Humilde Rey de Capuchinos llega a una calle o una plaza, los relojes se paran y los corazones enloquecen. Una espectacularidad fuera de toda duda que ha encontrado su contrapunto perfecto en la Banda de la Salud, la banda perfecta para Humildad, con cuya cuadrilla se ha fundido como un guante alcanzando una perfecta simbiosis.

La guinda de la noche llegó de la mano de la elegancia de Jesús Caído, siempre fiel a su irrenunciable idiosincrasia. Al son de la siempre magnífica Caído y Fuensanta, el Señor de San Cayetano volvió a regalar al pueblo cofrade momentos de gran valor, llenos del aroma de las cosas de siempre. Un estilo que debe conservar la cofradía del Jueves Santo, inmune a las modas y las metamorfosis. Una guinda con miles de recuerdos. Cada cual atesorará el suyo en su alma. Como la emotiva levantá que la cuadrilla del Cristo de la Clemencia dedicó a la Madre Ángeles, recientemente fallecida, a las puertas del Colegio Divina Pastora, o la emocionante petalá que llovió sobre el Cristo de las Penas y su Madre Desamparados a su llegada a Santiago… Recuerdos que ya forman parte de la memoria colectiva de Córdoba por obra y gracia de un dulce sueño de cofradías…

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