Una coronación sin precedentes: la Esperanza de Triana y el sello del Papa

La Virgen de la Esperanza recibió en 1984 una distinción única en la historia devocional de Sevilla: su coronación fue ordenada directamente por el Papa San Juan Pablo II, rompiendo el protocolo habitual del Vaticano. Así lo acaba de recordar la propia corporación de la calle Pureza en un difundido de índole histórico dirigido a sus hermanos.

En la historia reciente de la religiosidad sevillana, pocas efemérides conservan un halo de asombro como la Coronación Canónica de la Esperanza de Triana. A diferencia del procedimiento habitual —vigente hasta la reforma del Código de Derecho Canónico en 1983—, donde la aprobación de estas coronaciones recaía en la Real Fábrica de San Pedro, la Hermandad trianera recibió una bula firmada y sellada directamente por el Sumo Pontífice.

El sello del Pescador: un gesto sin precedentes

Al abrir el documento, el desconcierto fue inmediato: no se encontraba el escudo del Cabildo de San Pedro, sino el sello del Pescador, símbolo directo de la autoridad papal. Un hecho sin precedentes en Sevilla que fue comunicado con emoción por Antonio Domínguez Valverde a Vicente Acosta, secretario de la hermandad. “¡Vicente, que es una bula pontificia! ¡Viene sellada por el Papa!”, exclamó. La noticia fue recibida entre la sorpresa y el sobrecogimiento por quienes sabían que se trataba de un honor excepcional.

Una intervención misteriosa desde Roma

A más de cuatro décadas del acontecimiento, el motivo de tan alto privilegio sigue envuelto en interrogantes. ¿Qué motivó que la Esperanza fuera coronada directamente por el Papa y no por los cauces ordinarios? La respuesta, tal vez, se perdió en los pliegues de la diplomacia vaticana.

No obstante, Vicente Acosta siempre defendió una hipótesis con convicción: el entonces cardenal Vicente Enrique y Tarancón —arzobispo de Madrid, presidente de la Conferencia Episcopal y figura capital de la Transición política española— pudo haber intercedido ante Juan Pablo II al conocer el anhelo del cardenal Bueno Monreal, arzobispo emérito de Sevilla y ferviente defensor de la devoción trianera. La conexión entre ambos purpurados, y su sintonía con las líneas reformistas de Roma, habrían allanado el camino para que el expediente llegara directamente a las manos del Santo Padre.

Un dossier que rezumaba arte y devoción

Pero más allá de las posibles gestiones personales, la calidad del expediente remitido a la Santa Sede también desempeñó un papel fundamental. El entonces secretario Paco Sogel preparó con esmero cada detalle del dossier: una obra casi artística, encuadernada en pergamino, con tintas especiales y delicadas ilustraciones de aves que evocaban los incunables medievales. Vicente Acosta, al contemplar el resultado, no dudó en compararlo con los manuscritos que aparecen en El nombre de la rosa de Umberto Eco.

Un acto de fe que desafió la lógica institucional

La Coronación Pontificia de Nuestra Señora de la Esperanza no fue únicamente una distinción canónica, sino una consagración definitiva del fervor popular que la Virgen despierta a ambos lados del Guadalquivir. Fue, también, un signo inequívoco de que la devoción —cuando es auténtica y encarnada en el pueblo— puede conmover los cimientos más altos de la Iglesia.

Aquel documento, sellado en Roma y recibido con lágrimas en Sevilla, aún hoy desafía cualquier explicación lógica. Y es que, como afirmaba Acosta con sencillez y fe profunda, “Dios escribe derecho con renglones torcidos”.