Hoy, un día en el que existe una extraña a inusual quietud en la información cofrade, inmersos como nos hallamos, en una de las semanas más lúdicas del año, se antoja una ocasión perfecta, con el horizonte que se halla frente a nuestra propia inmediatez, para recordar una importante efemérides que la Córdoba Cofrade celebrará en el año que va a dar comienzo dentro de unas semanas y cuya concurrencia tal vez haya pasado, en cierto modo, algo inadvertida para el gran público, a resultas de la gran cantidad de acontecimientos que confluirán en el año en ciernes. Sin embargo, antes de hacer mención a esta efemérides, hagamos un poco de memoria, merced a un excelente artículo de mi compañera Esther Ojeda.
El año de 1722 es una fecha que goza de una indiscutible singularidad para una de las corporaciones con un poso histórico más acusado de cuantas componen la genealogía de la Semana Santa de Córdoba. En esa fecha quedaba constituida la joven hermandad del Calvario – previa aprobación de sus estatutos el 20 de julio del mismo año, cuando el obispo Marcelino Siuri sancionó la Constitución de la Cofradía – en torno a la talla de un nazareno de pequeñas dimensiones y estilo rococó, realizado en 1723 por el trinitario Fray Juan de la Concepción, formado en Granada y autor de una prolífica obra religiosa. El proceso de ejecución de Nuestro Padre Jesús del Calvario era acometido tras el encargo de la joven corporación, sin duda influenciada por su extraordinaria relación con los hermanos del cercano convento de Nuestra Señora de Gracia.
Aunque la práctica del Vía Crucis – muy extendida y de gran relevancia en el siglo XVIII – había sido sin duda alguna la clave del funcionamiento de la cofradía en sus primeros pasos antes incluso de la llegada del dulce y aniñado nazareno, esta se intensificó aún más con Él, dando lugar a una tradición que se llevaba a término cada viernes, domingo y festivo. Hasta la venida de estos días, el Señor aguardaba en el templo, cubierto por velos de los que quedaba despojado para acudir en solemne rezo hasta el Calvario, ubicado en el Marrubial, lugar hasta el que le seguían en el ejercicio una gran cantidad de devotos y cuya primera edición tuvo lugar el 15 de agosto de 1722.
La práctica de la hermandad de San Lorenzo alcanzó una gran popularidad entre el pueblo cordobés, forjándose como referente a imitar en el Vía Crucis e incentivando, por lo tanto, a tantas otras a hacer lo propio. También la veneración a Nuestro Padre Jesús del Calvario había crecido enormemente, ligada a la concesión de indulgencias por parte de Monseñor Siuri desde que este bendijese la talla del Señor en abril de 1724. Una historia no desprovista de las lógicas y recurrentes tensiones entre cofradías y clero que ineludiblemente han sido una constante desde que el universo cofrade tiene memoria. Así, en 1724 tuvieron lugar las primeras disputas entre el rector de la Parroquia y la Hermandad por la inclusión de la Imagen de Jesús en los Vía Crucis que ya llevaban dos años celebrándose, convirtiendo en cierto modo el culto en una procesión. Apenas unos meses después, el Obispo dio la razón al párroco y la Cofradía ve claudicar su primera regla, por lo que la salida de la imagen quedaría reducida a una sola vez al año.
Tal vez esta fuese una de las causas que motivaron que la vida de la hermandad comenzase a languidecer, situación que perduró unos años hasta que el 18 de abril de 1740, se celebrase un Cabildo de gran trascendencia en el que D. Manuel de la Mora fue nombrado Hermano Mayor iniciándose de este modo un período de esplendor. Aunque indudablemente los destrozos de las tropas francesas en la ciudad en los primeros años del siglo XIX afectaron notablemente a muchas sedes, entre las que se encontraba San Lorenzo, la Hermandad del Calvario mantuvo sus cultos y costumbre religiosas a pesar de haber experimentado un fuerte descenso en su nómina de hermanos y de haberles sido sustraídas algunas piezas patrimoniales.
La hermandad experimentó un periodo de cierto repunte social en la segunda mitad de la etapa decimonónica. Así, David Simón Pinto Sáez, explica en el blog Costaleros del Calvario, que en 1924 una nota publicada en Diario de Córdoba los días de Semana Santa recordaba que “la efigie de Nuestro Padre Jesús del Calvario era venerada antiguamente por una devota Cofradía formada por el gremio de panaderos. Llamábase del Calvario porque era costumbre conducirla en procesión hasta un lugar llamado así en el Marrubial, para hacer en el Domingo de Pasión la bendición de los sembrados”.
Además, “justo medio siglo antes de este artículo (en 1874), el mismo diario publicaba la descripción de las imágenes y hermandades que participarían en la procesión oficial del Santo Entierro, pudiéndose leer que “debiendo salir de la Iglesia Parroquial de San Lorenzo a las dos de la tarde del próximo Viernes santo Nuestro Padre Jesús del Calvario con la Cofradía de Nuestra Señora del Socorro y el gremio de panaderos, se suplica a los cofrades de la misma y los indicados del referido gremio, se signen concurrir una hora antes a la iglesia mencionada con objeto de recibir un cirio y estar dispuesto a salir a la hora indicada con el fin de no retrasar la salida que para este acto tiene trazada el Excelentísimo Ayuntamiento para el Santo Entierro”.
A la vista de estos datos, Pinto Sáez concluye que “al menos en estos años, el gremio de los panaderos acompañaron a la imagen de Nuestro Padre Jesús del Calvario”, a pesar de que en su opinión, “esta descripción no resulta suficiente para asumir que el gremio estuviera unido oficialmente a la hermandad pues la propia aplicación del decreto de Trevilla y el consiguiente descenso en el número de hermanos que acompañaban a sus hermandades (y hablamos de hermanos y no nazarenos pues la uniformidad total de los acompañantes en los cortejos estaba, precisamente en estos años, asentándose), provoca que diferentes gremios (e incluso hermandades de gloria) se unan y acompañen a las imágenes durante la procesión oficial”.
Todo ello permite extrapolar que aun habiendo sufrido posteriores e importantes altibajos – entre los que destaca la mencionada prohibición del obispo Trevilla de las procesiones durante la Semana Santa – la corporación consigue salir fortalecida temporalmente. No obstante, el siglo culminó con una notable decadencia e intervalos de actividad prácticamente inexistente que terminó propiciando su práctica desaparición, hasta que finalmente en 1918 la cofradía resurge de sus cenizas para reorganizarse al amparo de José Morales Torres, la redacción de unas nuevas reglas y la participación de Jesús del Calvario en la procesión General del Viernes Santo. A partir de ahí comienza la etapa contemporánea de la Hermandad del Señor de San Lorenzo, cuajada de importantes y significativos hitos como la presencia de un cirineo junto al Señor en la Estación de Penitencia de 1924, la escolta de cinco équites romanos perfectamente ataviados un año después y sobre todo el nombramiento en 1928 como hermano mayor de D. Juan de Austria y Carrión, abriéndose un nuevo período de auge de la Cofradía y por supuesto, la llegada de Nuestra Señora del Mayor Dolor, obra de Antonio Castillo Ariza y Francisco Díaz Jiménez, en el año 1945. Cuentas de un rosario que jamás se hubieran producido sin lo ocurrido en aquél trascendente 1918, cuando la hermandad volvió a renacer en el corazón de los cordobeses.
Hoy, a falta de unas pocas semanas para que dé comienzo 2018 y se cumpla, por ende, el centenario de una efemérides cargada de una especial trascendencia para la corporación del Miércoles Santo, nada ha trascendido acerca del modo en el que la junta de gobierno, que preside Rafael Guerra, conmemorará esta fecha de importancia esencial, en un año en el que confluyen otras importantes efemérides en la ciudad de Córdoba, el IV centenario de la llegada del Cristo de Gracia, el centenario de la reorganización de la hermandad de la Expiración, el XXV aniversario de la coronación canónica de la Virgen del Rosario, el LXXV aniversario de la bendición de Nuestro Padre Jesús de la Humildad y Paciencia y el XXV aniversario de la bendición de Nuestro Padre Jesús de la Fe.
Efemérides para cuya celebración, todas las hermandades mencionadas han puesto de manifiesto sus intenciones, anunciando salidas extraordinarias en el caso del Esparraguero, Expiración y Paz y Esperanza y descartándola, a expensas de una hipotética invitación a que el Señor forme parte del cortejo del Corpus, en el caso de la Sagrada Cena. Todas salvo el Calvario. Una circunstancia que invita a soñar, a falta de unos días para que se concrete qué imagen será la que presida el Vía Crucis de las hermandades cordobesas de la próxima Cuaresma, y teniendo en cuenta que todas las hermandades que celebran importantes efemérides en 2018 ya han certificado su presencia extraordinaria en las calles de la ciudad a excepción del Calvario, con la imponente imagen del Nazareno de San Lorenzo, titular de la cofradía que inunda las calles de la ciudad de San Rafael con el rezo del Vía Crucis cada Miércoles Santo, la hermandad del Vía Crucis por antonomasia de la Córdoba Cofrade, presidiendo el Vía Crucis de las cofradías en un año tan importante para la hermandad.
Desconozco si la hermandad lo ha pedido, y si no lo ha hecho, desconozco si aún está a tiempo de hacerlo. Como desconozco si, a estas alturas, hay imagen elegida y si es así, y no es Jesús del Calvario, si aún hay tiempo de cambiar de parecer. Sea como fuere, ahí queda mi propuesta. En un año como el que se avecina, con todas las otras imágenes mencionadas con salidas extraordinaria ya concretadas, pienso humildemente que el año perfecto para que sea Él quien presida el Vía Crucis de las hermandades cordobesas, aunque solamente sea por un simple gesto de justicia poética. Ahí queda mi propuesta; ojalá aquellos a quienes corresponda tomar las decisiones oportunas, recojan el guante.
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