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Opinión, Racheando, Sevilla

Y con un beso, todo hizo que valiera la pena

Esta mañana, mientras recorría las redes en busca de noticias y novedades en este extraño verano, vi a través de la famosa cuenta de actualidad cofrade “Arco del Postigo” un vídeo de un Besamanos celebrado en el sevillano barrio del Cerro del Águila a su Madre de los Dolores, en el que una mujer en silla de ruedas pudo, con ayuda de los hermanos allí presentes, alcanzar la mano de la Bendita imagen de la Madre del Señor.

Por un momento cerré los ojos e imaginé que yo mismo era el empujaba la silla de ruedas, llevando en ella a una de las mujeres de mi vida. Ahí, sentada y emocionada, estaba la mujer que me crié, que me dió todo en vida, y que tanto echo en falta. Pienso que es esa abuela de pelo plateado dejando patente los envites que esta vida le ha dado: una guerra, una posguerra en esta España siendo huérfana de un republicano y, además, la mayor de los hermanos, es la que está ahí sentada, mirando a los ojos de esa virgen que más que de una Hermandad es suya.

Camino con ella por la Basílica, entre el murmullo de la gente que la abarrota en su día, pero ya no es como antes, las ausencias lo marcan todo, y es eso lo que va susurrando mi abuela, casi como siempre, el nombre de mi abuelo en la boca, deseando que estuviera con ella en ese preciso instante en el que se acerca, una vez más, a la figura de esa Virgen Morena a la que desde pequeña cantaba.

Al igual que en el vídeo, pero con la diferencia sustancial de que aquí no existen los Besamanos a la propia imagen, sino que besamos fervientemente una cinta que sale de su manto, pero que el amor le llega directamente a ella a través de unos labios que sólo saben rezarle. Que entre lágrimas de emoción por poder estar ante Ella puede darle ese beso que hace que ese esfuerzo de salir de casa, en silla de ruedas, pese a la enfermedad, tenga la recompensa de ser bendecida, una vez más, por su patrona

Y es por eso, por lo que creo en trabajar todo el año por una Hermandad y por la Semana Santa. Porque trabajando se puede devolver al pueblo lo que es suyo y de nadie más, su fe. La fe a un Cristo, a una Virgen o a un Santo, pero que mantiene puestas las esperanzas de la persona hasta el último aliento de su vida, porque se, de primera mano, que quizás de las últimas cosas que se pasan por la cabeza a una persona es el reencontrarse con las personas que les esperan allí, con Ellos.

Algunas imágenes son como vecinos de siempre, a los que le hablas de tú e, incluso, reprochas en alguna ocasión algún varapalo que la vida te ha dado.

Eso es lo que me ha transmitido un simple vídeo en Internet, recordar por qué merece la pena luchar, pese a las adversidades, por nuestra fe. Luchar por acercar a la gente lo que más anhela, luchar por la vida que nos espera con Ellos.

Quien pudiera volver atrás para poder acompañar a quien me enseñó a querer a una pequeña imagen de tez morena que desde su camarín nos escucha, incluso entre susurros, y llegar hasta ella para ver que tan solo un beso, hace que todo, merezca la pena.

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