Los convulsos años de la II República Española trajeron consecuencias negativas para las cofradías y hermandades de la ciudad. Algunas de ellas perdieron enseres e imágenes, quedando heridas de gravedad, al igual que el sentimiento de multitud de sevillanos. Nuevas obras para las corporaciones, entre las que se encuentra una imagen mariana del malagueño José San Román.
Aquel viernes 8 de abril de 1932 quedó grabado para siempre en la memoria de los vecinos del barrio de San Julián. El templo comenzó a arder entre la una y las dos de la madrugada devorando el fuego todo lo que encontraba a su paso. La parroquia de San Julián quedó prácticamente reducida a cenizas, quedando en pie sus muros y pilares pudiéndose salvar una imagen de la Inmaculada Concepción, algunos vasos y sagradas formas que se encontraban en la capilla sacramental. El fuego había comenzado por la puerta de la iglesia que daba a la plaza Moravia y en cuestión de horas había reducido el corazón del barrio a una nube de polvo y cenizas.
La hermandad de la Hiniesta comenzaba así un complejo camino para rehacer su patrimonio. Entre sus primeros objetivos, la hechura de sus titulares. En lo que respecta a la dolorosa, atribuida a Martínez Montañés, se había llevado consigo los sueños y pesares de los vecinos de la collación. La cofradía comenzó a contactar con imagineros que pudieran realizar una nueva imagen que se aproximase lo más fielmente a la anterior. Finalmente, se rechazaron las tallas que ejecutaran Cayetano González, Antonio Bidón Villar y José Merino Román, aceptando la que realizara Castillo Lastrucci que, según la corporación, era la que más se acercaba a la identidad de la anterior.
La imagen de la que pudo ser la Hiniesta, obra de José Merino Román, volvió al taller del que salió, en la calle Relator, número 66, en el barrio de la Macarena. Se quedaba en la memoria el deseo de verla de azul y plata en la tarde del Domingo de Ramos. Allí permanecería hasta que en 1935 la hermandad de Los Gitanos acabara interesándose por ella. La cofradía de nazarenos de nuestro padre Jesús de la Salud y María Santísima de las Angustias quería sustituir la talla de la Virgen, de José Montes de Oca. Y habían pensado la que estuvo a punto de convertirse en la madre del Cristo de la Buena Muerte de San Julián.
Ese mismo año, el 4 de abril, la Virgen fue bendecida en San Román, estando la ceremonia presidida por el cardenal Ilundain. Varios días más tarde, el diez once y doce del mismo mes, se celebraba un solemne triduo en su honor. Aquella madrugada de 1935 la nueva Virgen de las Angustias procesionaba arropada por miles de sevillanos, como puede comprobarse en las crónicas y fotografías de la época. Sin embargo, no volverían a repetirse estas instantáneas, tras acordar la hermandad restituir la obra de Montes de Oca, devolviendo la imagen mariana a José San Román.
Pocas horas después de que la Virgen de las Angustias se recogiese en San Román, partía desde el malagueño santuario de la Victoria la hermandad del Sepulcro. Dos corporaciones que, tristemente, tendrían similitudes, pues perderían sus imágenes titulares durante la Guerra Civil. La hermandad de Los Gitanos recurrió a Fernández Andes para que labrara a los que serían los nuevos titulares. En su caso, la hermandad del Sepulcro contactaría con el granadino Nicolás Prados López para el Cristo y con el malagueño José San Román para la hechura de la Virgen, pues estaban interesados en la que acompañó aquel año de 1935 a Nuestro Padre Jesús de la Salud.
La imagen sería trasladada desde Sevilla a Málaga. El 11 de abril de 1938 se formalizaría el contrato por el que la Virgen pasaba a ser titular de la hermandad del Santo Sepulcro. Un año más tarde, en 1939, salía en procesión Nuestra Señora de la Soledad. Desde entonces acompaña cada Viernes Santo a Nuestro Padre Jesús del Santo Sepulcro. A Sevilla volvería en 1973 y 2005 para ser restaurada por Álvarez Duarte y Miñarro, respectivamente.
La azarosa vida de esta imagen encontraría en la hermandad del Santo Sepulcro una tranquilidad que antes era impensable. Vio a su hijo cargar con la cruz y después muerto rodeado de cuatro hachones sobre un catafalco. Los años de la Guerra Civil, la posguerra… ajetreadas épocas de desasosiego por las que transitó la que fuera efímera madre de los gitanos que terminó encontrando la calma en la melancólica iglesia del Císter.





