Solía decirse que uno de los muchos encantos de Barcelona residía, curiosamente, en los patios cordobeses que en ella se encontraban, debiendo destacar dos, ambos situados a cada extremo de la conocida como Calle Arcos, a su vez, considerada corazón del barrio andaluz. Se contaba, además, que la mencionada calle se encontraba inspirada en otra calle cordobesa, de nombre Postrera, ubicada en el Barrio del Alcázar Viejo. No obstante, como se puede deducir de la denominación de Arcos, su título proviene de la gaditana calle existente en Arcos de la Frontera.
Al comienzo de esa calle que nos ocupa, de marcadas características cordobesas, a la derecha, se podía encontrar el primero de los citados patios, del que tiempo atrás se dijo que estaba siendo sometido a un proceso de restauración y posteriormente pasó a ser utilizado como almacén de un fabricante de azulejos y cerámicas que se hallaba justo en frente.
Era un patio de gran influencia califal, adornado con capiteles que pretendían emular otros marmóreos, tan típicos de la ornamentación de las casas antiguas cordobesas. Sin embargo y al margen de lo atractivo del que acabamos de describir, había otro al que, años ha, Enrique de Obregón denominó “el patio de la Virgen de los Dolores”.
Al final de la calle Arcos se abre la plazoleta de Peñaflor, con su fuente y su taberna típica. Decora una de las fachadas un largo balcón que reproduce otro de Écija, quizá el balcón más largo de España. A la izquierda de la plaza de Peñaflor, una sencilla puerta conduce a un modesto zaguán. De él se pasa al patio de la Virgen de los Dolores.
El patio es pequeño y sencillo, pero encantador. A un lado la galería baja, con arcos de ladrillo. De unos alambres cuelgan macetas con gitanillas. En el piso superior se abre otra galería con remate de tejadillo. La decoración de las paredes del patio es a lo Calleja de las Flores, moteada de macetas de geranios, cuyos colores resaltan en el blanco encalado. En el centro del patio hay unos escalones para la colocación de macetas, y al lado un pozo. Ambos tienen el remate vegetal de los tallos de los geranios, cuyo verde claro monótono es quebrado por los racimos de flores de gran variedad colorista.
La mirada del visitante se siente pronto atraída por un pequeño aposento a la izquierda, abierto al patio. Dos bancos a los lados, al fondo, un bello mosaico de la Virgen de los Dolores.
Según parece, el patio en cuestión estuvo durante mucho tiempo cerrado al público para más tarde pasar a ser de libre de acceso. “La Virgen de los Dolores estará sola”, pensaba de Obregón al pasear junto a la casa. En cambio, con el tiempo pasó a recibir constantes visitas tanto de españoles – incluyendo a esos cordobeses que, sin esperarlo, la encontrasen – como de extranjeros que no dudaban un instante en acceder al interior a dedicar sus oraciones a la Señora de Córdoba.
Del patio de la Virgen de los Dolores se sale por la puerta que da a la plaza de la Hermandad. Esta no es, ni más ni menos, que una reproducción parcial de la plaza de los Dolores. Al menos se ve la fachada del convento de Capuchinos. No hay Cristo en medio de la plaza. Ha sido sustituido por una imagen en piedra de la Inmaculada. Pero si hay faroles de hierro retorcidos, como en Córdoba. Y un naranjo.
En el Pueblo Español hay también un monasterio románico catalán, y una iglesia mudéjar y barroca aragonesa; pero la principal nota de espiritualidad tuvo su inspiración en Córdoba. En esta Semana Santa de 1971, en esta primavera con aromas de azahar, las golondrinas pueden llevar una buena nueva a Córdoba: en su lejano patio de flores, la Virgen de los Dolores ya no está sola…
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