Cuando pensábamos que la conclusión de la Semana Santa templaría los ánimos de los que odian a las cofradías, nada más lejos de la realidad. La Federación de Asociaciones Vecinales Al-Zahara ha vuelto a la carga contra las corporaciones que dinamizan en estas fechas una fiesta tan emblemática y tradicional como las Cruces de Mayo y sin cuya presencia formando parte de ella, probablemente la hubiese abocado a la desaparición hace décadas. Basta repasar el número de cruces de mayo que las hermandades montan sobre el total y, sobre todo, la calidad de las mismas, evidenciada por los premios cosechados año tras año, copados por amplia mayoría por las hermandades. La excusa en esta ocasión, como decimos, han sido las cruces de mayo que la federación de extrema izquierda ha asegurado que se halla inmersa en una “degradación” que se reproduce igualmente “con las casetas de Feria” que han convertido esta celebración en “un pretexto para conseguir pingües beneficios económicos por parte de algunas organizaciones supuestamente sin ánimo de lucro y de entidades empresariales encubiertas que compran las cruces, con la pasividad del Ayuntamiento”. Juzguen por sí mismos a quienes se están refiriendo.
A través de un comunicado difundido a los medios, Al-Zahara, tristemente famosa por atacar sin coto a las cofradías cada Cuaresma, afirma que “la mayoría de las cruces instaladas en esta edición, como en ediciones anteriores, no respetan la tradición de esta fiesta, no tienen relación y complicidad con el vecindario ni con su entorno y solo buscan un buen emplazamiento para la instalación de sus barras con el beneplácito municipal”, como si fuese ilegítimo obtener beneficios de esta fiesta y ello fuese incompatible con ser responsable de que las cruces incrementen, año tras año, su valor estético. Basta recordar, en este sentido que dos de las cruces que mayores beneficios obtienen son las del Resucitado – Santa Marina- y la Paz y Esperanza –Bailío-, “curiosamente dos de las que han sido premiadas en el concurso de este año –una vez más- lo que demuestra la falacia de asociar los beneficios económicos con el desinterés estético, como se desprende del citado comunicado.
Dos verdades, no obstante, si incluye el comunicado. La primera cuando se afirma que “pocos ejemplos quedan ya de cruces de barrio”. En efecto, si las cruces de mayo quedasen reducidas exclusivamente al modelo caduco y trasnochado que defiende Al-Zahara, la fiesta hubiese desaparecido hace décadas. Tal vez sea eso lo que subyace detrás de su última rabieta infantil, la desaparición de una fiesta con una incuestionable raíz cristiana, algo insoportable para según quién. La segunda verdad es que “muchas familias cordobesas han desistido de acudir a ciertas zonas de cruces, ya que la sensación de inseguridad, suciedad y embotellamiento llega a ser insoportable. Y la incapacidad municipal para asegurar el orden y la convivencia es una evidencia”, cuestión ésta que a buen seguro es suscrita por las hermandades que forman parte de la celebración, en la medida en que son las máximas perjudicadas de una situación que ellas ni provocan ni potencian y sí la desidia de los poderes públicos que poco o nada han hecho por modificar esta situación.
Por lo demás, palabrería barata es lo que ofrece el comunicado de la federación, exigiendo un “proceso participativo” –la panacea- y la limitación –más aún- de la fiesta en aras de coartar la presunta alteración grave provocada a unos vecinos que, en virtud de sus palabras, parecen gozar de la característica del pensamiento único, por supuesto coincidente con el que defienden estos voceros de la extrema izquierda bajo el manto de la federación. El colmo del disparate se alcanza cuando el texto afirma que con las cruces “se está proyectando una visión de nuestra ciudad a los visitantes nada agradable, a costa de nuestra juventud, nuestro patrimonio y nuestra ciudad”; ya saben: cruces malas, patios buenos, para concluir exigiendo mayor calidad y exigencia a quienes montan cruces, exactamente lo mismo que muchos cordobeses exigen para quienes se arrogan la facultad de hablar en nombre de “los vecinos”, un poco más de nivel que supere el discurso caduco de que todo lo que huele a incienso perjudica a la ciudad y que las cofradías son el demonio.





