Que la celebración del Corpus Christi fue antaño la gran fiesta de Sevilla es algo innegable. Del mismo modo podemos afirmar que hoy en día esta celebración ha venido a ser una más de todas cuantas celebra la ciudad, cuando debería de ser la gran fiesta religiosa de la que formaba parte todo el pueblo, que durante días exornaba las calles y sacaba lo mejor de las casas al exterior.
Tristemente asistimos a un declive tal que el ayuntamiento se ve obligado a desembolsar una cuantía mayor en cuanto a premios para que comercios y personal se vuelque en la preparación de las calles, escaparates y altares. Cuesta imaginar cómo, en tiempos de epidemias, grandes sequías y escasos recursos económicos la ciudad se transformaba de tal manera que hoy nos parecería hasta impensable poder imaginar ese despliegue, principalmente porque la fiesta del Corpus ya no es lo que era. Ahí están las imágenes que nos muestran unas calles semivacías, un público reducido apostado bajo la sombra de los comercios y un cortejo tan extenso que nos llega a aburrir.
Ahí están también las hermandades sacramentales que durante estos domingos realizan su procesión de impedidos. Y las calles están más que semivacías, desiertas. Que haya procesiones eucarísticas donde la banda de música concentre más miembros que la procesión en sí es para hacernos mirar en qué lugar hemos dejado el carácter sacramental. Dar testimonio de fe en espacios donde no hay nadie, ¿qué sentido tiene? Antes era inimaginable lo que sucede actualmente: que la procesión de los “fantasmas” de la Amargura tenga más gente que la custodia al paso por algunos lugares de su recorrido. ¿Hacia dónde vamos? Incluso una fotografía con devotos haciendo la genuflexión nos parece algo tan inusual que las cámaras revolotean alrededor convirtiendo un momento íntimo en portada.
Ahí está veinticuatro horas el Santísimo en la capilla de San Onofre, en la plaza Nueva. Y hay hasta intenta buscar su lugar en este enclave buscando una gran cola de personas esperando en algún lugar de la plaza… Accedemos a templos y nos dejamos llevar por el poder de las imágenes. Rezamos y miramos a los ojos a Jesús y su bendita madre y salimos de la iglesia sin tan siquiera haber posado nuestra mirada en el sagrario. Y me vienen a la memoria las palabras de un sevillano, San Manuel González, Apóstol de la Eucaristía, Obispo del Sagrario Abandonado, quien llegó a decir: “Pido ser enterrado junto a un Sagrario, para que mis huesos después de muerto, como mi lengua y mi pluma en vida, esté siempre diciendo a los que pasen: ¡Ahí esta Jesús!, ¡Ahí está! ¡No dejadlo abandonado!”. Y este jueves veremos en qué lugar hemos dejado a Jesús Sacramentado. ¿Dónde estarás tú?
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