El cirineo | Completamente enamorado

Hay encuentros que uno no busca y que, sin embargo, terminan encontrándolo. He llegado hasta Ella de la mano de un amigo que ya es para siempre, de esos que la vida coloca en el camino y que, sin pedir permiso, terminan ocupando un lugar definitivo en el corazón. También he llegado por una especie de promesa que germinó en una tragedia y que, con el tiempo, encontró su cumplimiento en un día de gloria. Quizá por eso esta jornada tenía para mí una significación que trascendía lo estrictamente cofrade: era la culminación de algo que nació en el dolor y que acabó floreciendo entre palio, devoción y una ciudad entera rendida ante su Esperanza.

Y confieso que no estaba preparado para lo que iba a encontrar. La protagonista absoluta ha sido Ella. He descubierto una Esperanza que desconocía, una devoción que hasta ahora me había resultado ajena en sus códigos más íntimos y que, sin embargo, ha terminado penetrando en mí con una naturalidad desconcertante. La había contemplado antes, sabía de su existencia, conocía su nombre y podía reconocerla en la distancia; pero una cosa es conocer una imagen y otra muy distinta descubrirla verdaderamente cuando camina entre quienes la aman. En La Línea he comprendido que hay Vírgenes que no necesitan presentación porque son sus propios barrios, sus propias familias y sus propias calles quienes hablan por ellas.

Durante horas he visto algo que difícilmente puede explicarse desde la mera descripción de una procesión. He visto a abuelas enseñando a sus nietos, padres compartiendo con sus hijos una devoción heredada y una ciudad entera saliendo al encuentro de su Esperanza. He visto un palio verde avanzar con una personalidad arrebatadora, con esa cadencia alegre y majestuosa que convierte el movimiento en lenguaje; pero, sobre todo, he contemplado a Ella imponiendo su presencia con una naturalidad conmovedora, convirtiendo cada calle en escenario de una devoción que parecía crecer a su paso.

Pero quizá lo verdaderamente extraordinario haya sucedido cuando la Esperanza dejó de ser una imagen contemplada para convertirse en una presencia que se siente. Ante la Inmaculada, Patrona y Alcaldesa Perpetua de La Línea, comprendí la profundidad de una devoción que dialoga con la identidad de toda una ciudad. Y al regresar al barrio, cuando la noche había ganado definitivamente la batalla a la luz, cuando las bulerías rompieron la penumbra de Olvera y el pueblo volvió a entregarse sin reservas, entendí que había entrado en un territorio emocional que no conocía. Entonces apareció el Cristo del Amor para esperar a su Madre y aquella escena terminó de desarmarme. Hay momentos que no admiten análisis porque cualquier intento de racionalizarlos los empobrece.

Quizá por eso escribo estas líneas desde una sinceridad que no necesita disimulo: me he enamorado perdidamente de esta Esperanza. No sé si es posible enamorarse de una devoción en apenas unas horas, pero sé que algo cambió en mí cuando la vi fundirse con la noche, cuando comprendí que aquella jornada que había comenzado como una promesa cumplida terminaba convertida en un descubrimiento. Tal vez la verdadera grandeza de María consista precisamente en eso: en aparecer cuando uno menos lo espera y encontrar una rendija por la que entrar hasta lo más profundo del alma. Y esta vez, sin haberlo imaginado, la Esperanza de La Línea ha encontrado esa rendija en la mía.

Ahora entiendo que aquella promesa necesitaba llegar hasta aquí. Que quizá la tragedia que la hizo germinar llevaba escondida una respuesta que solo podía materializarse de esta manera: en un día de gloria, al lado de un amigo que ya es para siempre y delante de una Esperanza que ya tampoco me resulta desconocida. Cuando las puertas de su casa se cerraron y la ciudad comenzó lentamente a recuperar su silencio, no sentí que terminara una procesión. Sentí que acababa de comenzar algo mucho más difícil de explicar. Porque hay jornadas que uno recuerda y otras que se quedan a vivir dentro de uno. Y esta, definitivamente, se ha quedado conmigo. Ya no puedo decir que simplemente la vi. La Esperanza me ha visto a mí. Y desde esta noche sé que algo de mí se quedó para siempre bajo aquel palio verde. No sé qué nombre tendrá lo que ha ocurrido, pero sí sé cómo se llama Ella. Se llama Esperanza. Y estoy completamente enamorado.