Vísperas sin Dios

Es de noche en Sevilla. La ciudad se ha vestido de luces artificiales para anunciar lo que está por llegar. Todas las calles rebozan encanto. El centro es un río de transeúntes que pasean por la calle a última hora de la tarde. ¿Su destino? Las franquicias del centro que si tuvieran costumbres toreras colgarían el cartel de no hay billetes. Son días de ajetreo. Prisas al salir del trabajo para comprar un regalo de navidad minutos antes de que los comercios echen el cierre.

En la Plaza de San Francisco se aglomera un numeroso puñado de gente alrededor de tres gigantescas coronas. Desprenden luces y música de su interior. Y ocupan toda la monumental plaza. Pero hay un rincón de la misma que también guarda tres coronas. Más pequeñas y menos iluminadas. También con menos niños y adultos a su alrededor. Es un Portal de Belén, el que monta el Ayuntamiento de Sevilla cada año, que en esta edición es mayor.

Y más adelante hay otro escenario. Fachada centenaria y discreta puerta tapada por la parada de un tranvía. Pasa la gente y no repara en ella. Es una puerta que no está iluminada por coloridas bombillas ni pomposas guirnaldas. Sólo con un cartel. Adoración Eucarística Perpetua.

Allí se encuentra Dios. El motivo por el que se monta el Portal de Belén, las tres gigantescas coronas y las impresionantes luces que alumbran la avenida. Sin embargo, nadie repara en que está ahí, en el Santo Ángel, en la Parroquia del Sagrario o en la Anunciación. Pasa desapercibido como si nada tuviera que ver con Él. Y con Él tiene que ver todo.

Se ha perdido la razón de la fiesta y nos olvidamos de visitar la mejor luz que alumbra el mundo y nos cegará en unas días cuando llegue la Navidad. Dios habrá nacido y comprenderemos el porqué de estas luces. Porque no hay mejor regalo y luz que la que ilumina la venida del Señor.