El análisis

La Semana Santa que se ha ido ha dejado nuevas estampas que formarán parte de la memoria de cada uno. Habremos guardado aquellas miradas de quienes conocemos, voces que recuerdan a un ayer perdido e incluso habremos imaginado estar al lado de los que se fueron. Todas estas sensaciones se repiten cada Semana Santa. Sin embargo, la de este año ha tenido nuevos capítulos, algunos de ellos hasta con nieve.

El más extenso podría estar protagonizado por el comportamiento del público. Vuelven a estar presente las pipas, las sillitas -aunque este año ha habido menos-, los empujones, la mala educación y las faltas de respeto. Una joven consigue colarse hasta la primera línea viendo la Redención. “Esto es así”, le responde a un señor mayor que llevaba horas aguardando la llegada de la corporación. Quien piense que la balanza se inclinará dentro de poco hacia la victoria de valores como los de antes lo tiene claro. Y es que, ¿qué transmitirán este tipo de personajes a las generaciones futuras?

El público cada vez es menos irrespetuoso también con los integrantes de los cortejos. Dos chicas salían de la agrupación de Los Gitanos tras ser empujadas por una señora de larga melena negra cuando San Benito se adentraba en la Cuesta del Rosario. A las cáscaras de pipas se les añade ahora las tarrinas de helado. También se contaban por decenas en cada calle. Y las papeleras a escasos metros. Si el respeto con los demás se tambalea, igual sucede con las imágenes cuando pasan ante sus ojos. Llamativo fue el caso de la Vera Cruz a su paso por Lasso de la Vega -el silencio duró escasos segundos-. Más preocupante el vídeo de las carreritas de parte del público la noche que el Gran Poder baja para encontrarse de tú a tú con los fieles. Personas mayores esperan su turno y son arrolladas por la multitud. Aunque de mal comportamiento ya estábamos servidos precisamente el Sábado de Pasión cuando, siendo trasladado Jesús de las Penas en San Vicente y el silencio respetaba una saeta, un personaje, con más alegría en el cuerpo que la que pedía el acto, se puso a imitar al saetero ante la mirada atónita de los asistentes.

La situación fue tal que solo forma parte de este compendio donde la sociedad parece olvidar las buenas maneras -prefiero pensar que no actúan así el resto del año-. A una Campana llena de basura y una calle Sierpes que se convierte en estercolero hay que añadir, como marcos incomparables de la suciedad, Calle Feria horas antes de pasar la Macarena. Las cáscaras como penitencia añadida a unos nazarenos que se encuentran con un panorama desolador. Mejor quedarse en casa.

Es lo que podrían haber hecho algunos saeteros. Eso o no haber cantado. La saeta que se le cantó en la Plaza de Santiago a Jesús de la Redención nos mostró un arte tocando fondo. Menos mal que ahí estaban, en la salida de la Macarena, dos saetas para el recuerdo. Si de sonidos hablamos, no podemos olvidarnos de Pasión de Linares, que prácticamente nos dejó sin palabras. Pero no todo serían buenas marchas ni buen nivel. Incluso para rizar el rizo las hay con buen nivel pero con marchas que consiguen desconectarnos de un plumazo del ambiente en el que nos vemos inmersos. Marchas desconocidas que no pueden sumergirnos en las emociones porque o bien no nos recuerdan a nada ni a nadie o porque de un momento a otro parece que van a salir los caballos de Ben-Hur a recorrer Sevilla desde Reyes Católicos hasta Nervión. Quizá en Hollywood encontrasen el lugar que aquí no encuentran.

Lo que encontramos fue poco público en la Madrugada. Pasaban los tramos de las Tres Caídas y apenas había tres filas de personas a cada lado a su paso por la Magdalena. Cuando llegó el misterio, este enclave comenzó a llenarse de gente pero había grandes claros. Increíble cómo ha descendido el público en zonas donde antes era imposible situarse. Imaginen entonces el Calvario o el Silencio, esta última regresando por una calle que no casa con la belleza de la “Madre y Maestra”. Harto difícil se presenta describir cómo es posible que las más grandes devociones de la ciudad se encuentren con una jornada donde los claros son cada vez más numerosos.

Nazarenos de la hermandad del Silencio

Si de números hablamos allí está la señora que sobre el bar Plata de la Resolana bailaba con la marcha de Abel Moreno cuando la Macarena se encontraba a escasos metros del atrio de la basílica en una mañana radiante. O el que ya montan algunos tirando petaladas creyéndose el centro de atención. Esto, sumado a la magnitud de algunas petaladas -vivo con miedo a que algún día lancen el jazmín que serpentea por la tapia de la casa de mis abuelos- tendrá que ser controlado si no queremos que auténticos ríos de flores acabe sepultándonos. Todo en su justa medida.

Para flores las que llevaba el palio del Polígono de San Pablo: rosas en tono champán, rosas esperance, rosas spray, orquídeas phalenosis, orquídeas dendrovium, delphinium en tonalidades blanco y azul, jacintos en tonalidades azules, blancas y rosas, brunias, hortensias liofilizadas en colores malva, celeste y gris plata, verdes africanos y flores de talco asemejándose a flores como rosas, varas de jazmín y azucenas. Por no faltar, no faltaron ni mariposas realizadas en talco posadas sobre ramitas salidas de las jarras. La lluvia impidió que pudieran contemplarse los pasos de la corporación de Los Negritos, cuyas composiciones florales suelen ser bastante llamativas. El primero de los pasos llevaba Vanda su choc Brown, suculenta, thirlansia, acacias y esparragueras, mientras que la dolorosa, astilbe, erangium, hipericum, algodón, rosas, rosas spray, siringa y brunia.

Virgen del Rosario, del Polígono de San Pablo

Para raro el Jueves Santo. Granizos sobre la ciudad que impidieron la salida de cuatro cofradías. Antes, el Miércoles, el libro de las críticas se desdobló en dos: el Carmen Doloroso en la catedral y Las Siete Palabras continuando hacia el centro mientras llovía. El Nazareno de la Divina Misericordia volvía sobre sus pasos estando en Campana. El jueves se rompió por la mitad y el viernes el romanticismo se quedó nuevamente en las túnicas de la Carretería que no salieron y en el palio de Montserrat al que no besó la luna.

Otras estampas para el recuerdo serán los enormes cortejos de algunas hermandades, como la Macarena, y un menor número de público en zonas donde antes era impensable. Si se pudiera suprimir en imágenes aquellos turistas que vienen a visitarnos, las instantáneas llegarían a helarnos. Para el recuerdo se queda el palio de Garduño cobijando a la Virgen de la Aurora y aquellos niños del Carmen Doloroso correteando en el interior de la Catedral. Ellos no lo saben, pero esos instantes nos reencontraron a nosotros con nuestra misma infancia. Tampoco sabrán que esos segundos forman ya parte de los más felices de sus vidas.