Dice alguien muy allegado a mí que una de las primeras cosas que te enseñan en criminología a la hora de analizar un delito, es que para descubrir al culpable debe sopesarse quién sale beneficiado con lo ocurrido. Y dice que normalmente quien obtiene un beneficio suele estar detrás del crimen. Una cuestión que se me pasó por la cabeza hace unos días cuando se constató que la que fue marca blanca de Podemos en el ayuntamiento de Córdoba, Ganemos, no podía concurrir a estas elecciones municipales. Y es que la antaño marca blanca, según apuntan todas las encuestas, será sustituida por la morada, que no ha rascado bola en el mandato que agoniza y sí lo hará en el siguiente, después de que Ganemos declinara ir con ellos de la manita. Es decir, el sucedáneo será reemplazado por el original, con lo que quien se haya alegrado, que reflexione. Será coincidencia, no lo dudo, pero el familiar muy allegado del que les hablo, sospecharía de la casualidad cósmica.
En el pleno de la Diputación Provincial del pasado miércoles, Ana Guijarro, responsable del área de Igualdad de la Diputación y organizadora de la muestra junto a la Fundación Botí, señalaba que “ya se sabe que el autor ha sido un hombre, que lo llevó a cabo mientras se celebraba en el Palacio de la Merced el encuentro de Jóvenes Flamencos, pero que las imágenes se están analizando para acabar con la plena identificación del autor y proceder legalmente contra él”. Unas imágenes que otros partidos han solicitado y, vaya usted a saber por qué, les han sido negadas de momento.
El rasgado de la bazofia que algunos llaman “obra” ha beneficiado claramente a quienes han levantado la bandera de la libertad de expresión, acusando hasta de inquisidores a quienes han criticado el contenido de una exposición que, tras haber tenido la santa paciencia de visitar, me ha parecido exactamente lo que sospechaba, basura. Es innegable que el “destrozo” ha beneficiado políticamente a quienes están intentando sacar votos con el suceso, entre la extrema izquierda ávida de cualquier azote perpetrado a los católicos que siguen culpando nada menos que de apoyar a la dictadura franquista, como le leí a un profesor universitario hace unas horas, demostrando que un título universitario no te exime de sufrir el mal de la imbecilidad profunda.
A esos, y a las presuntas artistas de la exposición, con Corrales, la “artista multidisciplinar”, a la cabeza, que ha gozado de muchos más minutos de gloria en los últimos días, de los que les corresponden por su “obra”. Esa que se ha apresurado a afirmar que el cuadro no muestra a la virgen, en previsión de que tenga que ir a los tribunales ante las denuncias presentadas, teoría a la que se ha sumado mi querida y sonriente Alba Doblas. A ver, Alba: que quien aparece en el cuadro no es una virgen, lo tengo bastante claro. Otra cosa es lo que representa. Y negar que representa a la misma que ilustró Murillo -sobre todo observando los angelitos, que algún cínico dirá que no son angelitos-, es un ejercicio de tener que demostrar lo evidente, que me cansa sólo de imaginarlo.
A quien no ha beneficiado ha sido a los católicos que, pese a haber subrayado en público la condena a que se rompa un cuadro, por muy malo que sea, han vuelto a ser tachados de misóginos, fascistas e inquisidores, ni a los partidos que denunciaron el contenido de la patética exposición. Por eso, si yo tuviese responsabilidades políticas en la Diputación de Córdoba, insistiría hasta el hartazgo para que se identifique sin dilación al responsable, y sobre todo sus motivaciones, hoy mejor que mañana, lo antes posible, antes de las elecciones. Para que haga frente a lo que le corresponda con la ley en la mano, despejar cualquier duda razonable acerca del motivo de lo ocurrido y lograr que este familiar allegado mío, que es muy mal pensado, no sospeche de quienes seguramente solo se han visto beneficiados de rebote, como estoy plenamente convencido.





