Como componentes de la sociedad, el universo eclesiástico también ha sufrido las consecuencias del coronavirus. Antes, la consecución de otras pandemias provocó cambios importantes, algunos de ellos perdurables hasta nuestros días.
El cambio del Ave María
Antes de que la peste negra terminara con la muerte de más de un tercio de la población europea en el siglo XIV, los cristianos rezaban el Ave María -conocido como “Saludo de la Santísima Virgen”- tan solo con las referencias tomadas del Evangelio de San Lucas, concretamente los versículos 1, 28 y 1, 42. El primer de ellos, “Salve, llena de gracia, el Señor está contigo”. La segunda, por su parte, “Bendita entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre”.
Así lo recoge la web Aleteia, que manifiesta que tras la peste negra se añadió una segunda parte donde principalmente se hace mención a la muerte. En la obra “El primer amor del mundo”, Fulton Sheen, arzobispo estadounidense de la Iglesia Católica, afirma que esta grave crisis conformó la oración que salvo contados matices ha llegado hasta nuestros días tal y como la conocemos. “Ruega por nosotros en la hora de nuestra muerte” terminó formando parte de la oración al igual que “ahora”, en un momento en el que, como declara Fulton Sheen “el tiempo presente y la muerte eran casi uno”.
Las hermandades durante la peste

La labor social de las corporaciones religiosas no está pasando desapercibida en estos tiempos. Alimentos, sistemas de protección, entre otras iniciativas que están demostrando que no solamente el mundo de la Semana Santa se circunscribe a pasos en la calle e izquierdazos.
Los miembros de las hermandades también llevaron a cabo su labor asistencial durante situaciones de emergencia sanitaria. Parte de las cofradías estaban bajo el mando de importantes familias aristocráticas, lo que significaba un balón de oxígeno a la hora de ayudar a los más necesitados. Alimentos o agua entre los principales cometidos, pero también el enterramiento de hermanos o la dotación de una cuantía económica para las viudas. Etapas graves que contaron con notables acciones por parte de los miembros de las asociaciones religiosas, que supieron estar a la altura y que en ocasiones pasan desapercibidas centrándose la atención en las salidas extraordinarias.
Las graves crisis anunciaron la creación de nuevas hermandades, como fue el caso de la peste de 1649. El pueblo centró sus miradas en las imágenes, reforzando su devoción. Las cruces llenaron las plazas y los fieles oraban ante ellas, bajo las que se encontraban los muertos que habían ido depositándose en fosas ante el creciente número de muertos. Así pues, en Sevilla, el origen de la Soledad de San Buenaventura hunde sus raíces en la Cruz de Caño Quebrado que fue instalada en la Plaza de Montesión y la que se levantó en el Arenal dio origen a la Hermandad del Baratillo. Perdieron la vida casi la mitad de los sevillanos, por lo que la nómina de miembros que formaban las hermandades debió quedar mermada considerablemente.
La “Peste de Pasajes”
Corría el año de 1781 cuando en la región de Guipúzcoa, concretamente en Pasajes, la cantidad de muertos enterrados en el interior de la parroquia provocó que se actuara con urgencia ante el hedor que desprendía los cadáveres. Incluso desmontaron las cubiertas del templo para mejorar la ventilación del lugar. Años más tarde Carlos III promulga la Real Cédula fechada el 3 de abril de 1787 donde da indicaciones de las nuevas medidas que han de adoptarse. Los muertos dejarán de enterrarse en el interior de las iglesias a excepción de los que pertenecían a altas clases sociales. Nacían así los camposantos, edificados a las afueras de las ciudades con el objetivo de proteger la salud de los ciudadanos.
Al igual que en pandemias anteriores, la cal fue una solución rápida. Era fácil de conseguir y su coste económico era muy bajo. No es extraño encontrar en espacios sacros cadáveres bajo las losas conformando grandes tumbas selladas con cal viva que se mezclaba con agua. Se evitaba la propagación de la enfermedad pero también se luchaba contra el olor que provenía de los cadáveres. La desinfección también encontró en la cal su mejor aliado. Sin embargo, se perdió una parte importante de nuestro arte.
En la “Peste de Pasajes” volvió a echarse mano de la cal. Se cubrieron paredes, bóvedas, eliminando las pinturas que durante siglos habían recibido miles de oraciones. Algunos frescos salieron a la luz durante restauraciones recientes, como en Triacastela o las pinturas de incalculable valor de Santiago de Peñalba: bajo nada menos que siete capas de cal volvieron a la vida pinturas de época califal, fechadas en torno al siglo X.
La cruz de los once cráneos
También las iglesias guardan interesantes detalles que recuerdan a pandemias pasadas. En el templo de San Esteban de Cebrones del Río aparece sobre una de las paredes una cruz rodeada de once cráneos. Los expertos coinciden en que la peste negra sería la causante de esta representación. Según afirman, las calaveras se corresponderían con niños pequeños -un sector de la población que padeció duramente los estragos de la pandemia- escenificadas alrededor de la cruz como símbolo de la vida.






