Uno es, o al menos trata de ser, optimista por naturaleza. Por ello, pese a que toda la sociedad, y también los cofrades, vivimos una época ciertamente oscura y cuyo porvenir no deja de ser una incógnita entre tanta tiniebla, con la más que predecible suspensión de las salidas procesionales del próximo año, trato de dirigir la mirada a ese pequeño halo de luz que uno se empeña en ver.
Al final del túnel, allá en la lejanía, más que los ojos es el corazón el que divisa esa luz que se materializa en nuestra mente con un abanico de sensaciones que volveremos a sentir cuando retorne la tan añorada normalidad, incluyendo la vuelta de los pasos a la calle. Y qué bonito será…
Qué bonito será aquel Domingo de Ramos, cuando las puertas de la gloria se abran en todos los rincones de nuestra bendita geografía. Cuando vuelva a sonar la Marcha Real por primera vez tras un período de tiempo que habrá sido excesivo se mire por donde se mire. Cuando la luz del sol bañe las sagradas imágenes arropadas por más público que nunca, y luego se torne en recogimiento a la luz de la luna, para terminar dibujando un paso de palio en la penumbra del callejón más oscuro, que termina plagado del destello centelleante de la candelería.
Qué bonito será cuando no haga falta llevar mascarilla y podamos respirar el incienso del ambiente y que nuestra ropa vuelva a impregnarse de éste, cuando ningún trozo de tela sea capaz de cubrir la sonrisa de nuestro rostro al recuperar la pasión que nos une. Cuando los misterios vuelvan a caminar imponentes entre el arraigo popular, y los palios parezcan navegar en un mar de corazones ávidos de su presencia.
Qué bonito será cuando suenen los acordes de cualquier marcha y nos retumbe el pecho hasta el alma con el tambor, cuando las imágenes de nuestros amores, de nuestras ciudades, vuelvan a dar pública protestación de una fe que, lejos de verse mermada por la situación, saldrá fortalecida como ocurre cada vez que sucede una desgracia.
Qué bonito cuando toque de nuevo enfajarse y ceñirse el costal, abrazar la madera sacra con nuestra cerviz y empujar hacia arriba con más fuerza que nunca, en honor a quienes partieron hacia el cielo demasiado pronto, así como a todas las familias que, en mayor o menor medida, quedaron destrozadas. O colocarse el antifaz y sostener ese punto de luz que ilumine el camino de las imágenes a las que nos hemos aferrado a través de las estampitas que nos han evocado la divinidad a nosotros y a tantos otros que lo necesitaron en algún momento de esta dura pandemia. O rezar a través de un instrumento, tras la crudeza de esta crisis con los músicos. O simplemente disfrutar a pie de calle de la magia de una cofradía.
Qué bonito, no me lo podrá negar, cuando puedan volver los abrazos de antes y después de la estación de penitencia, los reencuentros de una cuaresma que esta vez se dilató más de la cuenta, o cuando nos acordemos de todos aquellos que nos acompañaron durante los confinamientos desde la distancia.
Qué bonito cuando volvamos a poder caminar de la mano con nuestros mayores y demos gracias por todo lo que usted y yo sabemos. La emoción por los que realmente nos duelen, quienes nos abandonaron en manos del maldito virus, dejando un vacío irremplazable en nuestro interior. En la más triste e inhóspita soledad en el paso final de la vida. Sin tiempo a decir adiós. El agradecimiento a quienes estuvieron al pie del cañón en una crisis sin precedentes, mostrando su lado más solidario y generoso.
Qué bonito cuando dejemos de ser capaces de aguantar el primer llanto, y los que vengan, y sospecho que en mi caso no va a dar tiempo ni a que la manigueta delantera de la Entrada Triunfal reciba el primer rayo de sol el Domingo de Ramos.
Qué bonito será cuando, lentamente, la vacuna que estos días ha llegado a nuestra tierra comience a revertir, Dios mediante, los duros efectos de la pandemia. Cuando volvamos a ser felices, a volver a sumergirnos en nuestra querida normalidad. Que comience a dejarse ver en 2021, con eso se conforma uno…
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