Línea a línea, palabra a palabra, suspiro tras suspiro. La vida es una espiral cíclica en la que todo se marcha para volver después con más fuerza, emoción y encanto.
Y prueba de ello es este tiempo de Cuaresma que, como la llama de una vela, prende iluminando el alma del cristiano y el cofrade para ir poco a poco almacenando vivencias inenarrables en la retina y el alma.
Sí, querido nazareno, costalero, capataz, contraguía o acólito. Es hora de despertar de la nostalgia que nos dejaba el último nazareno blanco de la Resurrección, para abrir la caja de los sueños que teníamos guardada como un tesoro, como la túnica de nazareno bajo el canapé, como la bola de cera que fuimos agrandando Semana Santa tras Semana Santa entre cientos de antifaces que se paraban a empapar de cera la ilusión de la niñez, o como los zapatos que estrenamos cuando la cuarta luna del año dicta sentencia y nos pregunta, al igual que el maestro Antonio Burgos que en paz descanse, si estamos puestos.
Ayer llegaron los palcos a la Plaza de San Francisco, y con ellos el anuncio perfecto de la pasión del Hijo de Dios según Sevilla en toda la magnitud del concepto.
Cada martillazo de los operarios colocando los tubos de la estructura gradual será con un redoble de tambor anunciando una nueva marcha tras un paso de misterio.
El sonido de la pisada de cada tabla en el suelo evocará ese crujir indescriptible de la madera cuando los costaleros se preparan para elevar hasta los confines del paraíso a las imágenes de sus amores.
Y el olor a las vallas recién pintadas se mezclará en la retina con el aroma a incienso, almendras garrapiñadas y azahar que tan bien le sienta al sevillano cuando la primavera hace acto de presencia por sus calles.
Los palcos son memoria sentimental de una ciudad coqueta y romántica que vive y muere por cada una de sus tradiciones, y que tiene en su Semana Santa su leitmotiv devocional, artístico, cultural y evangelizador.
Pero más allá de todo ello, los palcos que verán pasar a todas y cada una de nuestras hermandades en treinta días mal contados, serán las gradas con las que alcanzar ese cielo azul turquesa que miramos en la distancia y que deseamos desde lo más profundo de nuestro ser en cada palpitación, en cada aliento, en cada compás del corazón desbocado.








