Esta época de ausencia de la Virgen de la Esperanza, felizmente superada desde el pasado mes de diciembre, no ha sido nada sencilla de vivir, por mucho que uno pueda tener clara la explicación teórica de que las imágenes sagradas no dejan de ser madera bendecida que sirve de puente con la divinidad. Pero la práctica no es tan sencilla. Quien suscribe estas líneas se reconoce débil, con todo un camino por delante para seguir creciendo y fortaleciendo la fe. Entrar en la parroquia y percatarse del camerín vacío o echar la vista atrás desde el misterio del Amor y no atisbar la hilera de nazarenos que precede a la Esperanza, o no poder ir en su busca en los relevos del paso de misterio han sido momentos tremendamente duros.
La cruz es el símbolo inequívoco de los cristianos y el principal sustento de la fe, toda vez que Jesús se entrega en ella, despojándose de su vertiente divina mediante la Pasión y Muerte, para luego brindar el gozo de la Resurrección. En nuestra hermandad, esa cruz ha cobrado un sentido especialmente importante durante los últimos meses, habida cuenta de la situación de orfandad de la Virgen que hemos atravesado.
Es innegable el aura devocional arrebatadora que posee prácticamente cualquier advocación de Virgen de la Esperanza, pero en el caso de nuestra titular mariana, se acentúa especialmente, amén de la radiante belleza y unción sagrada de la dolorosa. Sin embargo, en todo ese tiempo, el Amor colmó la Esperanza de nuestros apesadumbrados corazones, nos logró sostener en la fe, erigiéndose como un auténtico pilar para la hermandad. Por todo ello, quisiera ensalzar en estas líneas la importancia de nuestro Cristo del Amor, que se ha erigido, a la vez, en el ancla al que todos, de una manera u otra, nos hemos abrazado, así como en el timón que ha guiado nuestros designios en esta travesía del desierto.
Por no hablar por boca de nadie, he de reconocer que el Señor a mí me brindó un Viernes Santo tremendamente especial, con momentos que no olvidaré en la vida, que pude sentir justo al lado de esa cruz de la que vengo hablando. Y es que en esos momentos de flaqueza que siempre llegan, solo tengo que alargar el brazo y acariciar la corriente de mi trabajadera: la cruz de Jesús. Y, como comprenderán, no hablo exclusivamente de las vicisitudes que pueden vivirse bajo un paso, sino que lo traslado a todos los ámbitos de mi vida. Una cruz que, personalmente, ha sido el único nexo que me ha mantenido unido a todo lo que tenga que ver con cofradías, por muy duro que pueda sonar.
Por todo ello, Señor, te estaré tremendamente agradecido, reconociendo el privilegio de tenerte tan cerca no solo en la trabajadera, sino en el corazón, sintiéndome parte de ti y asumiendo que todo por lo que debo dar gracias a la vida tiene como procedencia el Amor a una Madre que tu cruz me otorga. El Amor no se entiende, al menos de la misma manera, sin la Esperanza. Pero, igualmente, es imposible concebir la Esperanza sin el Amor. Al menos yo he descubierto que ambas son absolutamente indisociables y que se retroalimentan entre sí. El Amor colma la Esperanza. La Esperanza solo permanece viva en el Amor.
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