A paso mudá | La verdad única

Hay algo que empieza a preocuparme más que cualquier polémica cofrade: que haya quien haya decidido que solo existe una verdad, la suya. Y que cualquier persona que se atreva a cuestionarla, matizarla o simplemente pensar diferente pase automáticamente a convertirse en enemigo.

Algunos canales de televisión cofrades han dejado de ser, en determinados momentos, simples medios de comunicación. Han construido alrededor de sí mismos auténticas comunidades de fieles, con sus propios códigos, sus propios relatos y, lo que es todavía más preocupante, una capacidad enorme para señalar a quien se sale del guion.

Aquí ya no hablamos de informar. Hablamos de imponer un relato.

Una noticia puede contarse de muchas maneras. Una opinión puede defenderse con argumentos. Una crítica puede generar debate. Lo que no debería ser normal es que exista una única versión aceptable y que cuestionarla tenga consecuencias.

Porque cuando un medio decide quién tiene razón antes de contar lo sucedido, cuando convierte al discrepante en enemigo y cuando su audiencia termina funcionando como un ejército dispuesto a saltar sobre cualquiera que contradiga el discurso oficial, algo se ha roto por el camino.

Y las redes sociales han multiplicado el problema.

Ya no hace falta que un periodista escriba explícitamente que alguien es el malo. Basta con insinuarlo. Basta con colocar una publicación, dejar caer una frase o presentar una versión sesgada de los hechos. Después llega la maquinaria: comentarios, ataques, descalificaciones y, en los casos más graves, presiones que pueden llegar a convertirse en amenazas.

Todo por no pensar igual.

Lo más curioso es que quienes tanto hablan de libertad de expresión parecen olvidarse de que esa libertad también pertenece al que discrepa de ellos.

Nadie tiene la obligación de aceptar una versión porque tenga miles de seguidores detrás. Nadie debería sentirse obligado a guardar silencio porque enfrente haya un canal con capacidad para hacer mucho ruido. Y ningún medio debería confundirse hasta el punto de pensar que su influencia le concede una especie de autoridad moral sobre la Semana Santa.

La información no debería necesitar obediencia.

La opinión no debería exigir adhesión.

Y el periodismo, incluso el cofrade, debería aceptar algo tan básico como que puede ser cuestionado.

Porque cuando una comunidad empieza a funcionar bajo la lógica de «o estás conmigo o estás contra mí», cuando solo se admite una verdad y cuando al que discrepa se le intenta silenciar, ridiculizar o intimidar, ya no estamos ante un simple medio de comunicación.

Estamos ante otra cosa.

Y quizá ha llegado el momento de decirlo sin miedo: la Semana Santa no necesita verdades únicas. Necesita libertad para hablar de ella.

Porque una sociedad cofrade madura no es aquella en la que todos pensamos igual.

Es aquella en la que podemos pensar diferente sin tener que pagar un precio por ello.