Cruz de guía | El corazón del Alcázar

Baeza no es solo un tesoro de piedra, renacimiento y poesía; es, ante todo, ese regazo lleno de alma que ha sabido cuidar durante siglos la devoción a su Patrona y Alcaldesa Perpetua. La presentación del ajuar en el claustro de la Catedral y la inminente Coronación Canónica y Pontificia de Santa María del Alcázar no son un simple tachón más en la agenda ni una cita de compromiso en el calendario cofrade. Son la prueba viva de un pueblo que entiende su historia y su fe como un sello de identidad que no se tambalea.

En unos tiempos donde a veces la piedad popular parece enredarse en la burocracia de los despachos o perderse en la estética vacía, la gente del Alcázar ha sabido hacer las cosas como Dios manda. Mirar las nuevas preseas, el manto, el cetro, el perfume con olor a azucena y nardo o la media luna regada de cariño por sus camareras, no es un ejercicio de vanidad ni de alarde. Cada uno de esos detalles lleva detrás el esfuerzo, los desvelos y las oraciones de familias enteras de Baeza.

Pero lo verdaderamente bonito de todo esto no se queda en lo lucido que vaya a estar el Paseo de la Constitución el próximo 26 de septiembre. Lo grande de esta Coronación es que tiene el sello de Roma y, sobre todo, un corazón volcado en los demás. Que el Papa reconozca esta devoción es un orgullo inmenso, pero de nada serviría una corona de oro si no viniera acompañada de la caridad de verdad, de echar una mano a las familias del pueblo que peor lo están pasando. Ahí es donde Baeza vuelve a dar ejemplo.

Cuando caiga la tarde y las coronas descansen sobre las sienes de la Virgen y del Niño, la provincia entera va a presenciar un momento histórico. Frente a quienes dicen que esto de las cofradías está perdiendo el sentido, Baeza responde con categoría, emoción y una devoción madura. A la Virgen del Alcázar la van a coronar con el permiso de Roma, sí, pero sobre todo la va a coronar el cariño y el respeto de un pueblo que jamás la ha dejado sola.