En poco más de dos semanas asistiremos a una magna. Sí, lo leen bien, si sumamos las procesiones de vísperas y las de Semana Santa, será el equivalente a ese tipo de acontecimientos tan de moda actualmente. Y, en esa magna/semana santa los protagonistas no serán los nazarenos.
Un poco sí, lo serán las bandas. Pero, ante todo, los grandes animadores del sarao (con permiso de las webs del tiempo y los radares de lluvia) serán los costaleros y sus capataces. Cada chicotá se medirá al milímetro y será visualizada y revisualizada durante el resto del año.
Se encumbrará a algunos y se echará por tierra a otros. En la subjetividad que a todos nos atañe, hasta cuando el paso va perfecto se le puede sacar un fallo. Igual que se puede hablar de la belleza de la imperfección, en el caso contrario.
Es el signo de los tiempos. Ellos, los de la gomina, la voz firme y la pseudolírica cuando toca y la cámara enfoca serán los protagonistas. Unos deseándolo con el impulso febril del adolescente en éxtasis hormonal que llevan dentro y, otros (qué también los hay), haciendo simplemente el trabajo que se les ha pedido, rascando en el trasfondo espiritual que tiene esto, aunque lo olvidemos con demasiada frecuencia.
No obstante, un grupo selecto llegará reforzado a las lides del mando de las cuadrillas, como un obispo recién nombrado. Son los hijos de esa estirpe de los unigénitos, los hijos de David, los que ponen y quitan a hermanos mayores o deciden quién sale y quién no sale en unas elecciones.
Utilizando la fórmula del director de esta casa, no les estoy hablando del capataz del Gitano, ni de los que nombran capataz cuando su hermandad -o los restos del naufragio de lo que llaman cofradía (con elecciones suspendidas, de paso)- pende de un hilo casi invisible. No. Cualquiera puede darse por aludido como puede no hacerlo, aunque ser un elegido siempre está bonito.





