“Lo reconozco, fumo… a diario”, decía la canción de Estopa. Yo solo inhalo nicotina con alquitrán y, a diario, desde las últimas semanas, como media Andalucía, me he hecho experto en porcentajes de probabilidad, la evolución de las dorsales atlánticas y las borrascas que entran por Canarias, para jodernos la Semana Santa desde el Golfo de Cádiz con amor.
Todo apunta a desgracia, pero los partes se mueven más que las tendencias inflacionarias y te dejan ese rayito de esperanza, ese pequeño retazo de escuchar tambores y trompetas, de ver desfilar nazarenos y hasta de que se te ponga delante un maromo que te saca dos cabezas, como en las carreras de caballos.
Las ganas de cofradías no se van ni a golpe de procesiones todo el año. Aunque no son las ansias de santos, sino de Semana Santa, con su canon clásico e inamovible. Y, tal vez, ahí esté la raíz del problema, de la supuesta maldición de pandemias y lluvias recurrentes.
Y es que, a base de tanta magna y salidas extraordinarias porque sí, la teoría de la maldición divina cobra fuerza. Tanto abuso de procesión, tras procesión, tras procesión… un fin de semana, otro fin de semana y otro hasta comiendo mantecados no puede traer sino lluvia, como la consecuencia inevitable del abuso.
La lluvia en Semana Santa puede que sea el barbecho para que luego nazcan girasoles y, quizá, algún día nos demos cuenta de que cada cosa a su tiempo y en su tiempo se disfruta más. Hasta la incertidumbre de la lluvia.





