La Secretaría del Sínodo expresa su fidelidad al nuevo Papa y reafirma el compromiso con una Iglesia sinodal y misionera

La Secretaría General del Sínodo de los Obispos, órgano responsable de coordinar el proceso sinodal impulsado por el Papa Francisco desde 2021, ha enviado una carta de adhesión y disponibilidad al nuevo Romano Pontífice, quien asume desde ahora la presidencia de dicha institución. El documento, fechado en Ciudad del Vaticano el 12 de mayo de 2025, lleva las firmas del cardenal Mario Grech, secretario general, así como de los subsecretarios, Mons. Luis Marín de San Martín, O.S.A. y Hna. Nathalie Becquart, X.M.C.J.

En la misiva, la Secretaría da gracias a Dios por la elección del nuevo Obispo de Roma y expresa su alegría por «caminar juntos» bajo su guía, valorando su papel como signo de comunión para la Iglesia universal. El texto subraya que el Sínodo constituye un itinerario eclesial sostenido por el Espíritu Santo, cuyo propósito es hacer crecer a la Iglesia en una conversión misionera continua, desde la escucha atenta del Evangelio.

Se recuerda también que el proceso sinodal, iniciado hace cuatro años, ya ha alcanzado una etapa decisiva: tras la fase de escucha y el discernimiento pastoral culminado en la XVI Asamblea General, se aprobó un Documento Final, que ha sido confirmado por el Papa Francisco y cuyas orientaciones pueden comenzar a aplicarse en las Iglesias particulares, según los contextos, las realidades pastorales y el grado de desarrollo ya alcanzado en cada lugar.

Mientras tanto, diversos grupos de trabajo continúan elaborando propuestas específicas que serán presentadas al Santo Padre, con vistas a decisiones que afecten a toda la Iglesia. El horizonte sigue siendo el de una Iglesia sinodal, caracterizada por la participación de todos los fieles —según sus carismas, vocaciones y ministerios— en la vida y misión eclesial.

La Secretaría General concluye la carta manifestando su plena disposición al nuevo Pontífice, para servir con obediencia y espíritu de colaboración en esta etapa que se abre. Al mismo tiempo, se reafirma la visión de una Iglesia «cercana, hospitalaria y verdaderamente relacional», capaz de ser casa abierta y familia para todos.


El Sínodo de los Obispos: Historia, Fundamento y Actualidad

La Iglesia católica, en su caminar por los siglos, ha recurrido en distintas etapas a formas de deliberación eclesial que reflejan su estructura de comunión y colegialidad. Entre ellas destaca, en la época contemporánea, el Sínodo de los Obispos, instituido como un órgano permanente de consulta y colaboración con el Romano Pontífice. Esta institución, nacida al calor del Concilio Vaticano II, ha ido evolucionando hasta adquirir un papel central en el discernimiento pastoral de la Iglesia universal.

Orígenes conciliares de la sinodalidad episcopal

El Papa Pablo VI anunció públicamente la creación del Sínodo el 14 de septiembre de 1965, en la apertura de la última sesión conciliar. Al día siguiente, mediante el motu proprio Apostolica sollicitudo, se formalizó la institución del Sínodo de los Obispos como un organismo estable, compuesto por prelados procedentes de todo el orbe católico, cuya finalidad sería “asistir al Romano Pontífice con su consejo” en cuestiones de especial relevancia para la vida eclesial.

Sin embargo, la intuición sinodal ya venía gestándose desde la etapa preparatoria del Vaticano II. Diversas voces episcopales, como las del cardenal Silvio Oddi o el arzobispo Bernardus Alfrink, propusieron la creación de un órgano permanente que hiciera posible la colegialidad más allá del contexto extraordinario de un concilio ecuménico. Estas propuestas cristalizaron en la idea de un “concilio en miniatura”, expresión que sintetiza el deseo de mantener viva la colaboración efectiva entre el Papa y el colegio episcopal.

Etimológicamente, el término “sínodo” proviene del griego syn-hodos (σύνοδος), que significa “caminar juntos”. Esta noción alude a la dimensión comunitaria y participativa de la vida eclesial. Ya en 1983, san Juan Pablo II definía el Sínodo como una expresión particularmente fructuosa de la colegialidad episcopal, subrayando su función como instrumento de comunión entre las Iglesias particulares y la Sede Apostólica.

Una nueva etapa sinodal: Comunión, participación y misión (2021–2024)

El pontificado del Papa Francisco ha dado un impulso sin precedentes a la comprensión teológica y práctica de la sinodalidad, ampliando su alcance más allá del colegio episcopal. En octubre de 2021, se puso en marcha el proceso titulado “Por una Iglesia sinodal: comunión, participación y misión”, con el objetivo de renovar estructuralmente la vida eclesial desde una clave sinodal integral, que afecte a todos los niveles de la Iglesia.

Fundamento teológico del camino sinodal

El proceso sinodal iniciado en 2021 se apoya en una convicción doctrinal de fondo: la sinodalidad es una dimensión constitutiva de la Iglesia, derivada de su naturaleza trinitaria y misionera. Así lo subraya el documento preparatorio de este camino, donde se afirma que “una Iglesia sinodal es una Iglesia de la escucha”, atenta a la voz del Espíritu que se manifiesta en el conjunto del Pueblo de Dios.

Este enfoque entronca con la eclesiología del Vaticano II, especialmente con Lumen gentium, que recalca el protagonismo de todos los bautizados en la misión eclesial. En consecuencia, el nuevo proceso sinodal ha querido superar el modelo exclusivamente jerárquico de consulta, integrando activamente a laicos, religiosos, mujeres y hombres de toda condición en las tareas de discernimiento.

Etapas del proceso sinodal

El camino sinodal se ha desarrollado en cuatro fases complementarias, cada una de las cuales ha favorecido una progresiva ampliación del diálogo eclesial:

1. Fase diocesana (2021–2022)

En esta primera etapa, las diócesis de todo el mundo habilitaron espacios de escucha a nivel parroquial y diocesano. El objetivo fue recoger las voces del Pueblo de Dios —incluidos los más alejados y marginados— a través de cuestionarios, encuentros, asambleas y otros métodos de consulta.

2. Fase continental (2022–2023)

A partir de las síntesis diocesanas, se celebraron encuentros sinodales en los diferentes continentes. Esta fase permitió una lectura contextualizada de los desafíos eclesiales, reconociendo la riqueza de perspectivas culturales, sociales y pastorales en las distintas regiones.

3. Primera sesión de la Asamblea General (octubre de 2023)

Celebrada en el Vaticano, esta Asamblea se caracterizó por una novedosa composición mixta, con la participación —por vez primera— de fieles laicos con derecho a voto. El Informe de síntesis resultante abordó cuestiones clave como la corresponsabilidad, el ministerio ordenado, la inclusión, la formación, la transparencia institucional y el papel de la mujer en la Iglesia.

4. Segunda sesión (octubre de 2024)

A partir del documento de la primera sesión, diversos grupos de trabajo preparan propuestas más concretas, de cara a la sesión definitiva. Esta fase apunta a definir criterios operativos para la implementación práctica de la sinodalidad en las estructuras eclesiales.

Recepción y horizonte eclesial

Lejos de concebirse como un proceso cerrado en sí mismo, el itinerario sinodal está llamado a provocar una transformación estructural en la Iglesia del siglo XXI. Como afirma el mismo Papa Francisco, la sinodalidad no puede reducirse a una serie de procedimientos administrativos, sino que ha de impregnar la vida cotidiana de las comunidades eclesiales, promoviendo una cultura del diálogo, el discernimiento comunitario y la corresponsabilidad misionera.

La Secretaría General del Sínodo, en su reciente misiva al nuevo Sucesor de Pedro (12 de mayo de 2025), reafirma que muchas de las propuestas recogidas en el Documento final de 2023 «ya pueden ponerse en práctica en las Iglesias locales y en las agrupaciones de Iglesias»¹, y expresa su disposición para seguir acompañando este camino con espíritu de obediencia y servicio.


¹ Secretaría General del Sínodo, Informe de síntesis de la XVI Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos, Ciudad del Vaticano, octubre de 2023, Nota introductoria.


Retos teológicos y pastorales en el proceso sinodal

El proceso sinodal iniciado por el Papa Francisco constituye, sin duda, una de las reformas más significativas del pontificado. Sin embargo, su desarrollo plantea retos de diversa índole, tanto en el plano teológico como en el pastoral y organizativo. La implementación efectiva de una Iglesia sinodal requiere no solo de estructuras adecuadas, sino de una auténtica conversión espiritual y eclesial que permita superar inercias, resistencias y visiones reductivas del ser y actuar de la Iglesia.

1. La sinodalidad como categoría teológica aún en desarrollo

Uno de los desafíos fundamentales radica en la elaboración teológica de la sinodalidad. Aunque las intuiciones del Concilio Vaticano II ofrecieron principios decisivos sobre la colegialidad episcopal y la participación de todos los fieles en la misión eclesial (Lumen gentium, n. 9 y 12), la categoría de “sinodalidad” aún no cuenta con una formulación dogmática plenamente madura.

El documento de la Comisión Teológica Internacional (La sinodalidad en la vida y en la misión de la Iglesia, 2018) ha sido un punto de partida esencial, pero queda pendiente integrar la sinodalidad en la estructura sistemática del derecho canónico, así como clarificar su relación con otros principios eclesiológicos: la primacía del Papa, la colegialidad episcopal y el sensus fidei fidelium.

2. La participación de los laicos: discernimiento y límites

El creciente protagonismo del laicado en los procesos sinodales ha generado un intenso debate sobre el alcance teológico y canónico de su participación, especialmente en cuestiones relacionadas con el gobierno y el discernimiento doctrinal.

Aunque el Papa Francisco ha insistido en que todos los bautizados poseen una dignidad común y una responsabilidad compartida, la definición de los límites y modalidades de esta participación todavía requiere una mayor elaboración, evitando tanto una clericalización de los laicos como una laicización de los ministerios ordenados.

3. Las tensiones entre unidad y diversidad

Otro reto reside en la armonización entre la unidad eclesial y la diversidad cultural. Las etapas continentales del proceso sinodal han puesto de manifiesto realidades muy dispares en relación con el papel de la mujer, el acceso a los ministerios, la acogida de personas en situación irregular o la colaboración ecuménica. Estas tensiones han de ser abordadas desde una hermenéutica de la comunión, que no homogeneice las diferencias ni sacrifique la unidad doctrinal.

En este sentido, resulta imprescindible desarrollar mecanismos de discernimiento multinivel, donde las Iglesias particulares puedan adaptarse a sus contextos sin romper la coherencia católica universal. Esto exige una cuidadosa revisión del equilibrio entre la autoridad del Romano Pontífice, la responsabilidad de los obispos y la creatividad pastoral local.

4. Conversión espiritual y hábitos institucionales

Más allá de reformas estructurales, la sinodalidad exige una auténtica conversión espiritual, capaz de transformar la manera en que se ejerce el poder, se toman decisiones y se vive la comunión. El riesgo de caer en una sinodalidad meramente procedimental, sin arraigo evangélico, está presente.

Francisco ha advertido en múltiples ocasiones sobre la tentación de convertir el Sínodo en una “encuesta de opinión” o un “parlamento”, cuando en realidad se trata de un proceso de discernimiento colectivo bajo la guía del Espíritu Santo. Para ello, es necesario formar a las comunidades en espiritualidad de la escucha, cultura del encuentro y oración compartida, superando los hábitos de verticalidad o autorreferencialidad institucional.