El calendario de 2025 ya huele a incienso y a promesas renovadas, con Roma llamando a un gran abrazo de esperanza que nos toca a todos. Es como si la fe se pusiera de peregrino, buscando un aire nuevo para seguir creyendo. Y mientras el corazón del mundo católico mira al Vaticano, aquí, en nuestra Andalucía, en Málaga y Sevilla, palpita una ilusión especial: la de ver, quizás, juntas a dos de nuestras imágenes más queridas, la Esperanza malagueña y el Cachorro sevillano. Es como si la fe tuviera acento propio, con la fuerza de nuestras tradiciones.
Roma nos invita a parar, a respirar hondo y a recordar que, incluso cuando las cosas se ponen difíciles, siempre hay un hilo de luz al que agarrarse. El Papa Francisco nos habla de una esperanza que no se queda en los sueños, sino que nos empuja a tender una mano, a construir puentes donde antes había muros. Es una fe que se ensucia las manos para hacer un mundo un poquito mejor.
Y en nuestra tierra, en Málaga, cuando miramos a nuestra Esperanza, sentimos esa calma que te dice que todo va a salir bien, que no estamos solos. Su cara dulce es como el abrazo de una madre, un refugio cuando el alma duele. Y en Sevilla, el Cachorro, con esa serenidad en su rostro, nos enseña que incluso en el momento más duro, cuando parece que no hay salida, hay una esperanza que va más allá, que mira al cielo con la certeza de que el amor siempre vence.
Si algún día viéramos juntas a estas dos imágenes, sería como una conversación silenciosa, pero llena de significado. La Madre de la Esperanza junto a su Hijo, que se entrega por nosotros. Nos recordarían que la esperanza no es negar el sufrimiento, sino caminar a través de él con la certeza de que al final del camino nos espera algo más grande. Sería un mensaje para los que están pasando un mal trago, un susurro al oído que dice: «No te rindas, aquí estamos contigo».
Igual que los que harán el camino a Roma buscando un nuevo aliento para su fe, nosotros, los andaluces, encontraríamos en ese encuentro de nuestras Esperanzas una fuerza renovada. Porque la esperanza es como el motor que nos empuja cada día, la que nos dice que vale la pena seguir luchando por lo que creemos.
Pero esta esperanza, la que nos llama desde Roma y la que sentimos en nuestras procesiones, no es algo que se queda quieto. Nos pide que nos movamos, que pongamos de nuestra parte. El Jubileo nos anima a ser gente que siembra esperanza a su alrededor. Y ver juntas a la Esperanza y al Cachorro nos inspiraría a llevar esa misma esperanza a nuestras vidas, a ser un consuelo para los que sufren, a tender una mano amiga.
Así que, en este 2025, Roma será ese gran corazón que late con esperanza para todo el mundo. Y Málaga y Sevilla, a su manera, mostrarán esa misma esperanza con la fuerza de su fe y sus tradiciones. Es como si tres voces distintas cantaran la misma melodía, recordándonos que, aunque el camino sea a veces oscuro, la esperanza siempre será esa luz que nos guía y nos da fuerzas para seguir adelante. Y en nuestra tierra andaluza, esa esperanza tiene rostro de Madre y de Cristo entregado, una promesa de que nunca estamos solos.





