Cuando la brisa del regreso comienza a posarse sobre la aldea, la Hermandad del Rocío de Córdoba celebra un rito íntimo y profundamente conmovedor.
Los rincones del alma se inundan de miradas veladas por la emoción y gargantas quebradas por la nostalgia.
Es el momento en que el Simpecado, alma visible de la filial cordobesa y representación bendita de la Virgen del Rocío, es cuidadosamente recogido para su regreso a casa.
Cada año, tras concluir la romería y cuando la marea devocional empieza a calmarse, la Casa Hermandad de Córdoba en la aldea de El Rocío acoge uno de los gestos más delicados y sentidos de toda la peregrinación. Allí, en un clima de recogimiento, se eleva la voz pausada del capellán de camino, Tomás Pajuelo, quien dedica unas palabras de despedida con tono de oración y latido de hermandad. Después, con una cadencia casi ceremonial, mística, el rezo del Ave María enmudece a los presentes, llenando el silencio de una presencia que se siente más que se pronuncia.
Son las camaristas del Simpecado quienes toman entonces el protagonismo, envueltas en una devoción que no necesita artificios. Con manos reverentes y gestos de infinito cuidado, recogen el bendito icono mariano y lo resguardan con mimo en su cajón, como si depositaran en él no solo un símbolo, sino toda una historia de fe, de camino y de hermandad. Desde ese instante, el Simpecado emprende el retorno a Córdoba, y lo hace para permanecer en el Convento de Santa Marta, donde compartirá quietud y plegaria junto a las religiosas que lo acogen cada año, hasta que la misa de Acción de Gracias lo lleve de nuevo a San Pablo en solemne traslado público.

Pero no todo queda en el silencio. Mientras el Simpecado es recogido, se multiplican las sevillanas que brotan desde lo más hondo del alma, mutadas en oración y canto de despedida. Son letras empapadas de lágrimas, de gratitud y de promesas, que ascienden como incienso popular hacia la Blanca Paloma. Y cuando la Salve de la Hermandad se eleva por última vez en la aldea, el corazón rociero de Córdoba siente que ha culminado su Pentecostés, y que la mirada de la Virgen ha quedado grabada, una vez más, en lo más íntimo del espíritu de sus hijos.
Se cierra así el capítulo de una romería vivida con intensidad, y en su clausura late una esperanza renovada: la certeza de que en una nueva romería florecerá de nuevo en el camino, y que los rocieros cordobeses volverán a encontrarse frente a frente con la Madre de los almonteños, reflejados en sus pupilas, abrazados por su ternura, cargados de fe para volver a empezar.

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