Pasada ya una semana del Via Crucis Magno, es hora de criticar… a quienes tanto han criticado desde la atalaya de la autocomplacencia. Vaya por Dios, que diría el clásico. Córdoba ha vuelto a ser escenario del escándalo más atroz de nuestros tiempos: un vía crucis magno que osa (herejía sin perdón), ocupar el espacio público. Qué barbaridad. Las calles, esas mismas por donde a diario transitan patinetes homicidas, manifestaciones multicolor y botellones de alto rendimiento, se vieron mancilladas por cofrades y cirios. El apocalipsis de la devoción.
Basta asomarse a cierta prensa o a las redes sociales para escuchar, por enésima vez, el mismo sermón laico de siempre, ese dogma del ateísmo militante que confunde la fe con la caspa, la devoción con el fascismo y el incienso con una especie de gas nervioso reaccionario. Nos explican, con aire doctoral y gesto compungido, que las procesiones «ocupan el espacio público», que «molestan». Qué horror ese residuo medieval patrocinado por la conspiración neoliberal del «turismo cofrade» y el «adoctrinamiento institucional».
Se quejan quienes pontifican con complejo de Voltaire, de la «saturación cofrade». Dicen que hay procesiones todos los fines de semana. Ojalá. La realidad es que una magna se celebra cada muchos años. Pero les irrita igual, porque el problema no es la frecuencia, sino la felicidad y la prosperidad ajena. Les repatea el éxito de convocatoria para ellos con cifras ni remotamente alcanzabies, les duele el júbilo ajeno, porque no soportan, en el fondo, que la gente sea feliz sin pedirles permiso. Les molesta 150.000 personas que sin duda alguna estamos todas equivocadas, llenando las calles, rezando, cantando, llorando o comiendo en los bares, pero sobre todo, que no los necesiten para hacerlo, porque lo que no soportan es la libertad de los demás y porque en el fondo se entristecen tiernamente en que la gente sea feliz sin pedirles permiso. Y luego hablan de libertad, claro. Libertad para ellos, que se reservan el derecho de decidir qué puede disfrutarse y qué no. Porque, por lo visto, la fe es peligrosa, pero el dogma ideológico debe de ser arte contemporáneo.
Yo confieso que hay cosas (cada vez más) que tampoco me gustan, y que hay fiestas que me empalagan. No me seduce el carnaval, del que si no hay todos los días en las calles y si en algunas casas de jartibles es porque el movimiento solo da para su fecha de don Carnal y para determinados saraos veraniegos. Me pasa igual con rallies, que me parecen una tortura acústica con patrocinador, no me entusiasma la feria, que ya a mi edad me resulta más penitencia que fiesta, con el tiempo ya no me ilusiona el acto al que más personas acuden (la Cabalgata de Reyes); de los toros tengo una opinión medida, y me reservo la que mantengo respecto a los mítines de cualquier partido político. Pero desde luego no estoy posicionado en la permanente contrariedad prohibitiva tan propia de las izquierdas. Tengo un método infalible. para soportar todos esos eventos sin exigir su abolición ni clamar porque ocupan espacio público, y que requiere poco esfuerzo y nada de ideología: CON NO IR TENGO BASTANTE. Lo recomiendo encarecidamente a los ilustrados de la aflicción perpetua, aunque dudo que lo practiquen, pues no requiere subvención ni manifiesto.
Porque si de espacio público hablamos, que alguien me explique cómo no les violenta a diario la procesión de esas horrorosas banderas palestinas que afean la ciudad, pancartas ideológicas o manifestaciones y huelgas periódicas que colapsan el tráfico en nombre de causas sagradas para la nueva religión civil. Pero esas no molestan: esas son liturgia del progreso, y además no huelen a cera, sino a rica subvención.
Córdoba vivió su vía crucis y los fieles vivimos el nuestro, que desde luego no es menor: soportar el sermón de los neoinquisidores del laicismo, tan dogmáticos como cualquier monje del Siglo de Oro, pero sin hábito ni latín. Y mientras ellos lastimeramente se quejan, los cofrades rezan, los bares se Ilenan, los hoteles prosperan y la ciudad vibra. Porque hay cosas como la fe, la ironía y la paciencia- que ni los nuevos puritanos podrán prohibir.
Así que, doctores del fastidio, respiren hondo. El incienso no mata. Lo que asfixia es la soberbia. Y al fin, cuando todo pase y el humo se disipe, quedará la misma verdad de siempre: que los más intolerantes no son los creyentes, sino los que no soportan que otros crean.





