Hay heridas que no cicatrizan jamás. Permanecen ocultas bajo la apariencia de una vida aparentemente normal, pero continúan abiertas muchos años después, silenciosas, profundas, esperando cualquier recuerdo para volver a sangrar. Él conocía demasiado bien ese dolor. Un terrible accidente le arrebató cuanto daba sentido a su existencia. Perdió a su familia y, con ella, perdió también la fe que había heredado de sus padres y de sus abuelos. Aquellas imágenes ante las que había aprendido a rezar desde niño dejaron de significar absolutamente nada. El Cristo al que tantas veces había mirado buscando consuelo y aquella Virgen que durante años ocupó un lugar de privilegio en el altar de sus oraciones se convirtieron, de la noche a la mañana, en el símbolo de un silencio que no era capaz de comprender. Enfadado con la vida, con la suerte y hasta con el mismísimo Dios, decidió romper con todo. Renegó de aquello que había sostenido su infancia, renegó de su pasado y terminó convenciéndose de que no necesitaba a nadie para seguir caminando. Aprendió a sobrevivir refugiándose únicamente en sí mismo, creyendo que el tiempo acabaría por anestesiar un sufrimiento que, en realidad, nunca dejó de acompañarle.
Pasaron los años. Aprendió a convivir con el vacío, con la rutina y con la amarga convicción de que la felicidad pertenecía para siempre a otros. Hasta que una tarde cualquiera, de esas que parecen no tener importancia, el cielo comenzó a oscurecerse con una violencia inesperada. La lluvia cayó con fuerza, el viento destrozó el paraguas que apenas conseguía protegerle y no tuvo otra alternativa que refugiarse en el primer portal que encontró abierto. Entró empapado, respirando con dificultad mientras esperaba que amainara la tormenta. Entonces la vio. Sentada al fondo, envuelta en una serenidad imposible de describir, permanecía una mujer de edad madura cuya belleza no pertenecía a este mundo. No era una hermosura llamativa ni deslumbrante, sino una belleza serena, luminosa, capaz de transmitir paz con una simple mirada. No supo explicar por qué, pero desde el mismo instante en que sus ojos se cruzaron comprendió que aquella mujer no era humana. No pronunció una sola palabra. Ni siquiera hizo un gesto. Bastó la profundidad de sus ojos para que todos los pensamientos que durante tantos años habían permanecido encerrados comenzaran a derrumbarse. Sintió cómo algo se quebraba en su interior y, por primera vez desde aquel fatídico día, su corazón volvió a latir con una intensidad que creía olvidada.
Fue entonces cuando comprendió aquello que jamás nadie había logrado explicarle. Ella tampoco culpó nunca a Dios del odio de quienes condenaron a su Hijo. Jamás responsabilizó al Padre del sufrimiento, de la violencia ni de la crueldad de unos hombres que actuaron libremente. Si Dios había concedido al ser humano el inmenso don del libre albedrío, también había aceptado no violentar la libertad con la que cada persona escribe su propia historia. No era Dios quien había provocado aquella tragedia. No era Dios quien había arrebatado a su familia. Había sido el terrible azar de una existencia marcada por decisiones humanas, por circunstancias imposibles de controlar y por el dolor que forma parte inseparable de la condición del hombre. Comprendió entonces el verdadero significado de aquella antigua sentencia tantas veces escuchada desde niño: Dios escribe recto con los renglones torcidos. Y entendió, por fin, que Dios nunca había sido el responsable de su desgracia, sino precisamente el único refugio capaz de sostener a quien ya no encuentra fuerzas para seguir caminando. Las heridas más profundas jamás desaparecen del todo, pero sí pueden dejar de gobernar una vida cuando se abandonan en manos de quien ofrece una paz que ninguna explicación humana puede alcanzar.
Cerró lentamente los ojos. Apenas transcurrieron unos segundos. Cuando volvió a abrirlos, la mujer había desaparecido. El portal permanecía completamente vacío, pero un perfume delicado e indescriptible seguía inundando el ambiente, como si aquella presencia continuara acompañándolo silenciosamente. Salió a la calle. Había dejado de llover. El cielo seguía cubierto de nubes, pero por primera vez en muchos años sintió que la tormenta verdaderamente importante no estaba sobre su cabeza, sino que había comenzado a disiparse dentro de él. Desde aquel día regresó a los lugares que habían marcado su infancia. Volvió a entrar en aquellos templos que llevaba tantos años evitando. Se detuvo otra vez delante del Cristo al que había dado la espalda y volvió a levantar la mirada hacia aquella Madre a la que había culpado injustamente de un dolor que nunca le perteneció. Descubrió entonces una serenidad desconocida, una paz que no consistía en olvidar el pasado, sino en aprender a convivir con él sin permitir que siguiera destruyendo el presente. Porque comprendió que Dios y su Madre jamás se habían marchado. Siempre habían permanecido allí, discretamente, esperándolo en cada esquina, en cada decisión, en cada silencio y en cada lágrima, aguardando pacientemente el instante en que su corazón estuviera preparado para volver a casa.





