Se queda suspendida sobre los pueblos como un velo antiguo, como si el verano quisiera cubrirlo todo con una gasa espesa que enturbia la vista y adormece el oído. Es un polvo que no cae, que no se posa, que permanece flotando como una duda. Y en ese ambiente turbio, uno recuerda cómo eran los veranos de antes, cuando las hermandades penitenciales se recogían como quien cierra un libro. Las de gloria despertaban entonces, sí, con su júbilo blanco y su música de campanas, pero las penitenciales entraban en una siesta larga, casi monástica, donde solo se movía lo imprescindible.
Era un tiempo de silencio, un silencio que tenía algo de oración, de recogimiento, de respeto por el ciclo natural de las cosas. El verano era un paréntesis, una pausa necesaria para que la hermandad respirara, para que los enseres durmieran, para que los costaleros olvidaran por un momento el peso y recordaran la gracia, pero ese silencio ya no existe, se ha ido diluyendo como se diluye la calima cuando llega el viento, aunque aquí el viento no llega nunca.
Hoy, en pleno verano, las hermandades laten como si el polvo no pesara, se firman contratos con bandas mientras el aire arde; se cambian capataces como quien gira una peonza; se confirma a unos y se releva a otros, y todo ello con una prisa que no pertenece al verano. Ahí están, por ejemplo, los equipos del Prendimiento, Nazarena y Estrella, afirmados en su sitio como si la hermandad necesitara decir: “Aquí seguimos, aunque el sol nos derrita.” Y uno no sabe si alegrarse por la continuidad o preocuparse por la velocidad.
La calima ciega, la calor vuelve torpe el pensamiento, lo ralentiza, lo hace caminar como un penitente cansado, el verano no es tiempo de claridad, es tiempo de espejismos, y aun así, en medio de esa ceguera, queremos acertar, queremos decidir, queremos mover fichas como si la hermandad necesitara demostrar que está viva a base de comunicados, el verano es tiempo de polvo, de espejismos, de decisiones que nacen más del calor que de la cabeza.
Por eso abundan los comunicados: renovaciones de capataces, cambios de bandas, anuncios de estilos musicales que no siempre responden a la identidad de la hermandad sino al deseo de demostrar que se sigue vivo, que la junta trabaja, que la hermandad respira, que no hay parón, aunque el aire esté detenido, y mientras tanto, los hermanos reciben correos, avisos, notas, convocatorias, incluso comunicados de salidas extraordinarias. Todo corre, todo se mueve, todo se acelera… justo cuando el cuerpo pide mar, sombra o piscina.
La calima no cesa, y las hermandades tampoco, quizá porque, en el fondo, la vida cofrade nunca duerme del todo, solo cambia de respiración, pero uno se pregunta si esta respiración acelerada, casi ansiosa, es buena para el alma de las hermandades, porque el verano, con su polvo y su calor, invita a la humildad, a la pausa, a la reflexión. Y sin embargo, se convierte en un escenario donde algunos quieren demostrar que mandan, que deciden, que mueven, que cambian.
La calima es traicionera, se mete en los ojos, en los oídos, en la cabeza, hace que uno vea lo que no es y escuche lo que no suena, y en ese ambiente turbio, algunos creen que cambiar una banda es un acto de gobierno, que renovar un capataz es una declaración de intenciones, que anunciar un estilo musical distinto es una forma de marcar territorio, pero todo eso es fácil, lo difícil es discernir, y en verano, con la cabeza caliente, se discierne poco.
El verano debería ser tiempo de reposo, tiempo de dejar que la hermandad respire sin sobresaltos, tiempo de permitir que el polvo se pose sobre los enseres como una bendición silenciosa, tiempo de recordar que la vida cofrade no es una carrera, sino un camino, pero ahora parece que el verano es una oportunidad para demostrar actividad, para llenar redes sociales, para enviar correos, para anunciar decisiones que podrían esperar a septiembre.
Y mientras tanto, los hermanos están en la mar, en la piscina, en la sombra de un patio donde el tiempo se detiene, allí, lejos del ruido, la hermandad se siente distinta, más verdadera, más humilde, más cercana a lo que siempre fue, un refugio espiritual, no una oficina de anuncios. Quizá por eso el verano duele, porque muestra la distancia entre lo que la hermandad es y lo que algunos quieren que parezca.
La calima no cesa, y las hermandades tampoco, pero quizá deberían aprender a detenerse, a respirar, a dejar que el polvo haga su trabajo, porque la calima, aunque molesta, también es maestra, enseña que no todo se ve, que no todo se oye, que no todo se decide con claridad, y que a veces, lo más sensato es esperar a que el aire se limpie.
El verano es tiempo de humildad. Y la humildad, en las hermandades, es una virtud ya perdida.





