Estimado, amable y fiel lector. Nos encontramos en esta semana trascendental en la que descorcha el champán morado a ritmo de banda de cornetas y tambores en la terraza, el aseo o la cocina de miles de hogares en España.
La actualidad cofradiera vuelve a tomar alas tras el atracón navideño con las igualas y ensayos, los quinarios del Gran Poder o Pasión y el esperado traslado de los Javieres a los Jesuitas.
Pero hay asuntos, que por acción u omisión, llegan y desaparecen de la parrilla informativa con una volatilidad asombrosa. Y uno de los ejemplos más icónicos es la restauración del Cristo del Amor.
No es una novedad ni hay actualizaciones del mal estado del crucificado que gubiara Juan de Mesa. La imagen se consume día a día en una negrura prolongada en el tiempo, durante décadas de dejadez conservativa por parte de las sucesivas juntas de gobierno y, cómo no, de los hermanos.
Todos, dentro o fuera de la cofradía del Domingo de Ramos, son conscientes de la gravedad y la falta de responsabilidad que conlleva este aplazamiento indefinido, pero nadie, absolutamente nadie, alza la voz para pedir una solución.
Esta actitud intolerable no es ningún descubrimiento en las hermandades sevillanas, sabemos que nuestras amadas corporaciones penitenciales están repletas de hipocresía y peloteo, pero este silencio cómplice ante un informe nada más y nada menos que del Instituto Andaluz de Patrimonio Histórico, está fuera de cualquier calificativo civilizado.
El IAPH, tras la publicación de aquel análisis técnico, dictaminó que la policromía del Cristo del Amor no se encontraba en buen estado, y se recomendaba actuar en ella lo antes posible.
Pues bien, para sorpresa de absolutamente nadie, seis años después de la publicación de este documento, el centenario crucificado permanece impasible en el Salvador.
¿Qué más debe ocurrir para que se actúe sobre esta talla? ¿Tiene que caerse a pedazos? ¿Deben salir a la luz clavos podridos o huellas de repintes y barnices desacertados?
Posiblemente este alegato caiga en saco roto, pero Legatus siente la necesidad de reivindicar una restauración urgente, minuciosa y sin miramientos, para devolver a este imponente crucificado su lectura artística original, con la pátina posiblemente pálida que le imprimiera Juan de Mesa y los matices de hilos de sangre, venas o hematomas que ahora son imperceptibles en la oscuridad que envuelve al Señor.
Con dicha reivindicación, me despido hasta el próximo viernes deseándole una buena semana.





